En el dolmen de Las Agulillas

jueves, 20 de octubre de 2016

La Reina Cava de Pedroche. (Pedroche, ¿fundación visigoda?)



     Una de las leyendas más conocidas de Pedroche es la de la Reina Cava. Se trata de una leyenda asociada al fin del Reino de Toledo y la conquista de al-Andalus que ha sido estudiada por numerosos eruditos. Veamos primero lo que se dice de ella en las fuentes locales, para ascender luego a las nacionales.

La tradición local.
     En Pedroche se recogen distintas variantes. En la primera, Pedroche era un castillo construido por el rey godo Teodoredo, donde se reunían los hijos de los nobles para su formación. Entre ellos se encontraba Cava, hija del conde don Julián, de gran belleza y al servicio de la reina Egilona, esposa del rey don Rodrigo. Impresionado por la joven, el rey se apasionó por ella, y ante sus negativas, la violentó por la fuerza. Cava informó a su padre, el conde don Julián, que se encontraba entonces en el norte de África. Julián se hizo el tonto, y convenció al rey del peligro que había por el norte de la península, mandando allí el grueso de sus ejércitos. La circunstancia fue aprovechada por los musulmanes para invadir Hispania, y combatiendo a su lado estuvo el conde don Julián.

     Según otra versión, Florinda era la hija del conde don Julián, gobernador del norte de África, que había sido enviada a la corte toledana para adquirir la educación de una noble. El rey Rodrigo se enamoró de su belleza, y aunque la joven se resistió el rey acabó violándola. A partir de entonces fue conocida como Cava, que en árabe significa prostituta. Una criada la convenció para que le contara a su padre lo que había ocurrido, haciéndole llegar una carta. Don Julián disimuló no conocer nada, pero en secretó tramó su venganza, entrando en contacto con los musulmanes y facilitándoles su entrada en la península. En el año 711 los musulmanes cruzaron el estrecho, y el rey Rodrigo salió a su encuentro. Julián y los hijos del anterior rey, Witiza, al principio estaban entre los combatientes de Rodrigo, pero apenas iniciado el combate se pasaron al enemigo, causando la derrota y muerte de Rodrigo.

     Tras la conquista, Cava se refugió en el castillo de Pedroche, construido por Teodoredo, donde, según recoge el Cronista Francisco Sicilia Regalón, “llevó una vida llena de penitencia y virtudes, puesto que durante toda su vida ella consideró que había sido la causa indirecta de la pérdida de España. Antes de morir arrojó sus tesoros al fondo de un pozo, que desde entonces lleva el nombre de Fuente de la Cava, el mismo al que solía acudir para llorar la muerte de su hijo y maldecir su destino y al que ella misma se arrojó”. Tras su muerte, fantasmas de una mujer y un hombre armado aparecían en el torreón del castillo, hasta que un ermitaño bendijo la Fuente de la Cava, acabando con el fantasma de Florinda la Cava.


La leyenda de la pérdida de Hispania

     La leyenda de Florinda o de la Cava, como se la ha venido a conocer, se encuadra dentro de un grupo de leyendas surgidas tras la conquista de al-Andalus.

     La derrota de Rodrigo ante los invasores musulmanes fue rápida y contundente, tras la batalla de Guadalete los peninsulares no presentaron un frente unido; aunque hubiera algún foco de resistencia, muchos de los aristócratas indígenas trabaron pactos con los recién llegados que les permitían seguir manteniendo el poder en sus territorios.

     Tras los hechos, aparecieron relatos que describían los primeros momentos de la conquista musulmana a través de los personajes más relevantes: Don Rodrigo, los hijos del anterior rey Witiza y el conde Don Julián por un lado; y Tariq y Muza por el otro. Como expone Julia Hernández Juberías (autora a la que seguiremos en este epígrafe), los autores musulmanes no sólo tenían intención de dar cuenta de la conquista, sino que “a medida que avanzan los relatos, se puede observar cómo la opinión del lector está siendo dirigida con un objetivo concreto: justificar la actuación de los principales protagonistas y el desarrollo que tomaron los acontecimientos” (Julia Hernández, 1996, 163). Junto a las crónicas musulmanes existieron tradiciones propias de los mozárabes (cristianos que vivían en al-Andalus) y de los cristianos del norte, que irán añadiendo a sus versiones elementos de las crónicas árabes.

     Parece ser que tras la muerte del rey Witiza su sucesión se vio llena de polémicas. Sus hijos se consideraban sus legítimos herederos, pero la tradición germana, sancionada en el IV Concilio de Toledo, mandaba que el proceso de sucesión fuera electivo entre la elite de la aristocracia goda (los hispanorromanos quedaban relegados de poder acceder al trono. La elección de Rodrigo no fue del agrado de los hijos de Witiza, pero no era ese el único problema. En el NE, en las provincias Tarraconense, Cartaginense marítima y Narbonense gobernó otro rey, Agila, entre 710-713, que acuñó su propia moneda. “La zona catalana sólo llega a tener noticias de la existencia y reinado de Rodrigo en el 1266, cuando se traduce la obra del obispo toledano Ximénez de Rada” (J. Hernández, 1996, 168-169).
La visión de cada tradición sobre la sucesión de Don Rodrigo es muy diferente: “Las crónicas cristianas afirman casi con unanimidad que Rodrigo llegó legítimamente al poder mientras que para las fuentes musulmanas Rodrigo usurpó el trono a los descendientes de Witiza. Entre ambas posiciones se encuentran las versiones de la Crónica mozárabe de 754, un pasaje de la Crónica del moro Rasis recogido en la Crónica Sarracina y el texto que ofrece Ajbar maymu’a, en los que se defiende el acceso legítimo de Rodrigo al trono pero que, asimismo, dejan constancia de que este hecho vino acompañado de serios desórdenes internos.
Es lógico pensar que, dado el curso de los acontecimientos, éstos dieran lugar en ambas culturas al nacimiento de relatos con los que se intentó explicar el rápido y concluyente cambio de poder. Desde época temprana queda constancia de que la versión de la leyenda de la pérdida de Hispania que circulaba entre mozárabes y cristianos del Norte fue atribuida, en la misma medida aunque con ciertas diferentas, a la figura del rey Witiza hasta que esta leyenda cristiana acaba por fundirse con la versión musulmana. Entre los relatos defendidos por la tradición cristiana del Norte y musulmanes, encontramos un puente intermedio: las versiones mozárabes que utilizan y transforman a su gusto elementos pertenecientes a ambas y, ya posteriormente, aquellas versiones cristianas que, conocedoras asimismo de la tradición musulmana, refunden los dos relatos en un mismo texto hasta que la leyenda atribuida a Rodrigo termina por absorber a la protagonizada por Witiza” (Julia Hernández, 1996, 173-174).

Oliba, la hija del conde Don Julián, luego conocida como Cava o Florinda.

     “El ciclo de la conquista de Hispania da comienzo en las fuentes árabes con el fragmento que hace alusión a la violación de la hija del conde Don Julián por el rey Rodrigo. El interés que ha suscitado este episodio se ha dirigido unánimemente hacia el origen de este modelo presente, asimismo, en otras literaturas. Se ha venido defendiendo procedencias germánica, mozárabe y musulmana, todas ellas apoyadas en la existencia de tradiciones semejantes que comparten el mismo desarrollo argumental aunque en ellas se hace recaer mayoritariamente el papel femenino en la esposa y no la hija del consejero… Entre los siglos V-VII este modelo será utilizado por dos literaturas ajenas: la denomina por Menéndez Pidal ‘novela general europea’ y la musulmana que lo reproduce al menos en dos episodios recogidos por Marcos Marín: la seducción de Abriza por el rey al-Nu’man y la batalla del valle de Yarmuk…
     La primera versión cristiana del relato [de la conquista de Hispania], recogida en la Crónica de Moissac (siglo IX), no hace una referencia explícita a este episodio [de la violación de la hija del conde Don Julián]. La primera ocasión en que se encuentra, no ya simplemente mencionado sino recreado literariamente, es en una obra nacida en un entorno musulmán. La Crónica Pseudo-Isidoriana [de hacia el año 1000 d.C] es la primera obra mozárabe en la que se halla incluida la historia de Oliba, hija de Julián, conde de la Tintigana, versión cuyo desarrollo argumental es semejante al de las fuentes árabes. [El nombre en ella es Oliba]; la tradición cristiana posterior olvida este nombre para denominarla en el siglo XIV Alacaba, Alataba o la Taba, y ya en el siglo XV, Cava. La oscilación en los nombres recibidos queda patente en el fragmento recogido en la Crónica de 1344… A partir del siglo XV se intenta buscar la etimología de este nombre en el que se quiere ver una deformación del nombre hebreo de Eva. Posteriormente, el nombre se convierte en epíteto, haciéndolo proceder del término árabe cava (ramera) por lo cual se necesitaba buscar otro nombre para la hija del conde, que pasa a llamarse Florinda…

     El relato que recoge la Crónica Pseudo-Isidoriana ofrece elementos que se hallaban ya presentes en la ‘novela general europea’ de la que Menéndez Pidal ofrece dos ejemplos: la obra de Procopio de Cesárea (m. hacia s. VI d.C.) y la narración recogida por Fredegario (s. VII d.C.) protagonizada por el emperador Avito y la mujer del senador Lucio, siendo los francos el pueblo invasor… La influencia de la versión musulmana de la conquista puede explicar por qué el episodio de la violación está presente en la versión mozárabe mientras que se halla ausente de la crónicas cristianas anteriores y contemporáneas a ella…

     La tradición cristiana del Norte debió conocer igualmente este elemento de la ‘novela general europea’ pero los textos consultados ponen de manifiesto que en las versiones cristianas tempranas este episodio se halla ausente o bien alterado ya que la violación es transformada en deshonra al incumplir el rey la promesa de matrimonio dada a la muchacha que termina convertida en concubina. Las distintas versiones cristianas a las que hemos tenido acceso muestran claramente que, aun cuando termine por introducirse en ellas el motivo de la violación o deshonra de la hija del conde, este episodio carece del significado que le otorga la tradición musulmana ya que la pérdida de Hispania sigue recayendo, sin vacilación, en los diversos pecados del rey Witiza y, en igual medida, en la traición de los hijos de Witiza y de sus concejeros más cercanos, Julián, conde de la Tangitana. La transformación del episodio de la violación en deshonra ha querido explicarse por el hecho de que la mayor parte de los redactores de las versiones cristianas y mozárabes eran monjes, a los que este elemento no agradaría. Esta teoría no explicaría, sin embargo, la relativa o escasa importancia que este relato guarda en estas versiones cuyo objetivo, en nuestra opinión, es el de no desviar la atención de un hecho que todas ellas recogen: la participación de los hijos de Witiza en la entrada de los musulmanes y la función de intermediario entre ambos grupos que desempeñó Julián. Esta intención queda patente en algunas de las versiones, según las cuales la participación de Julián (recordemos que se le describe como uno de los consejeros más cercanos de Witiza), estuvo motivada en primer lugar por el deseo de ayudar a los hijos de Witiza a recuperar el trono. Una vez que Julián accede a participar en la trama estas versiones añaden que, además, le movían razones personales al haber deshonrado Rodrigo a su hija…

     El episodio de la violación de la hija del conde Don Julián desempaña una función primordial en la versión musulmana al ser el factor que desencadena la entrada en la península del ejército musulmán. Las versiones de este relato que hemos encontrado coinciden en el desarrollo de la trama: la hija de Julián, siguiendo las costumbres de los nobles de la época, es enviada al Palacio Real de Toledo para completar su educción, añadiendo algunas fuentes que al mismo tiempo se concertaban matrimonios entre los hijos de los notables, enlaces que eran favorecidos por el rey… La versión de Ibn Abd al-Hakam… podría formar parte de una tradición oral cuyo origen es difícil de establecer: ‘Julián había enviado a una de sus hijas a Rodrigo, señor de al-Andalus, para que éste la educara y enseñara y Rodrigo la violó. Este hecho llegó a conocimiento de Julián, que dijo: “No veo más castigo ni más retribución que enviar a los árabes contra él”. Julián envió un mensaje a Tariq que decía así: “Yo te hare entrar en al-Andalus”…’.La versión ofrecida por Ibn Abd al-Hakam recoge los elementos principales del relato que serán reproducidos más tarde por otros autores…
     La influencia musulmana en las versiones mozárabes y cristianas tardías ha sido ya mencionada; sin embargo, esta influencia debió de darse, asimismo, en el otro sentido. Es curioso observar el diferente marco en el que la tradición árabe y la primer versión mozárabe, recogida en la Crónica Pseudo-Isidoriana, localiza la acción. Mientras que para ésta última el rey, informado de la extraordinaria belleza de la hija del conde, la hace acudir a su palacio de Sevilla, las fuentes árabes, ya desde la primera versión conservada, sitúan la acción en Toledo y bajo unas circunstancias diferentes: la muchacha había sido enviada al Palacio Real para completar su educación. El hecho de que este relato conociera esta costumbre, cuya existencia está confirmada y que se mantuvo en la corte de los reyes de León y Castilla, herederos de la tradición institucional y cortesana hispano-gótica, indica la presencia en el relato de información que debió de proceder de fuentes o informadores cristianos al tanto de las prácticas de la corte visigoda” (Julia Hernández, 1996, 177-183).

     En definitiva, la leyenda de la Cava, hija del conde Don Julián, pertenece a una tradición literaria conocida en el mediterráneo en los siglos VI y VII, tanto en ámbitos cristianos como árabes. La primera vez que aparece la historia de Oliba en la literatura mozárabe es el año 1000, en la Crónica Pseudo-Isidoriana, por lo que intentar relacionar a la leyenda de la Cava con los eddas islandeses no parece posible, éstos se escribieron dos siglos más tarde que la crónica mozárabe.

El castillo de Pedroche.

     Toda leyenda surge de algún hecho real. En la de la cava de Pedroche hemos de desdeñar que la presunta hija del conde Don Julián residiera en el castillo de Pedroche; quizá ese hecho histórico es que durante la etapa visigoda hubiese una fortificación en Pedroche, como recogen las variantes de la tradición de Pedroche.

     En ambas se dice que fue mandado construir por Teodoredo. Hubo dos monarcas con tal nombre, más conocido como Teodorico. Ambos gobernaron el reino de Tolosa, al norte de los Pirineos, y sus relaciones con Hispania fueron escasas. Teodorico II vino a combatir a los suevos, a los que derrotó en la batalla del río Órbigo, cerca de Astorga, regresando a la Galia tras cumplir su cometido.

     En absoluto se puede considerar que la mayor parte de la península estuviese en sus tiempos, primera mitad del siglo V, bajo control visigodo, pues nominalmente pertenecía al Imperio romano, aunque éste careciera de medios para imponerse. Es en este tiempo también cuando, ante el vacío de poder, las aristocracias locales asumen el mando en algunas ciudades y regiones, pasando a ser prácticamente autónomas, como Córdoba. Por lo tanto, parece bastante improbable que ninguno de los dos reyes Teodorico construyese castillo alguno en Pedroche; lo cual no quita que otro monarca pudiera haberlo hecho levantar.

     El lugar, como recoge la tradición local, se encontraba en un camino hacia el centro de la península, en una antigua vía romana, que dejó de usarse en la Plena Edad Media al habilitarse otros caminos pero que tomó nueva fuerza rehabilitándose con la Mesta, y pasando a formar parte de la Cañada Real Soriana.

Fash al-Ballut.

     En cuanto a las crónicas cristianas de los siglos V al VIII ningún texto que haya llegado hasta nosotros ofrece información alguna de los sucesos producidos en el norte de Córdoba durante le época visigoda. Juan de Biclaro hace referencia a la rebelión de la ciudad de Córdoba frente al emperador Agila, al que derrotaron, mataron a su hijo y se apoderaron del tesoro real; de cómo la ciudad continuó insumisa ante el nuevo rey Atanagildo, resistiendo sus ataques, y cómo, finalmente, Leovigildo la conquistaba a sangre y fuego en 572. Pero de lo que hoy son los Pedroches, repito, no hay nada escrito en esa época. Gracias a la arqueología, la epigrafía o la numismática, sabemos que el norte cordobés tuvo un nutrido poblamiento durante el tiempo del Reino de Toledo, pero nada en absoluto de su articulación territorial, administración o fiscalidad, por ejemplo. Podemos irnos a la documentación posterior, de al-Andalus, por si pudiéramos inferir alguna información de tiempos anteriores.
     Como es sabido, el norte de la actual provincia cordobesa perteneció a una cora (provincia) denominada Fash al-Ballut (a la que también se incluían comarcas colindantes de las actuales Ciudad Real y Badajoz). Hay un par de elementos que avalan que la cora como tal estaba perfectamente definida a finales del siglo VIII.

     Uno es el testimonio del cadí (juez) Sulayman b. Aswad, quien estando próximo a cumplir cien años (lunares) les mostro a sus amigos una carta que le había enviado el emir Hisam I a su padre, Aswad b. Sulayman, juez de la parte norte de Andalucía, del Llano de las Bellotas y comarcas vecinas, en el que se le ordenaba recaudar y distribuir ciertas contribuciones que se detallaban en el documento, y al dorso del cual estaba anotada la fecha de nacimiento de Sulayman b. Aswad. Hisam I gobernó entre los años 788-796, periodo en el que nació el famoso cadí Sulayman b. Aswar.
     El otro es la nisba de dos personas nacidas en la cora. La nisba es la parte del nombre árabe que indica el lugar de origen, la filiación tribal o ascendencia de una persona. Si algún andalusí tenía al final de su nombre la nisba “al-Ballutí” es porque había nacido en la provincia de Fash al-Ballut.
     Hubo bastantes personajes que portaron esa nisba, pero voy a destacar a dos de ellos. El primero, Abu Hafs Umar ibn Su’ayb Aliz al-Balluti, participó en el famoso motín del arrabal de Saqunda del año 818. Tras la expulsión de los amotinados encabezó a varios miles de ellos, que desde Alejandría conquistaron la isla de Creta en el año 825.
     El segundo fue Ayyub al-Abid al Balluti, del que cuenta Rafael Pinilla (1990, 176): “Asceta y hombre pío. Fue considerado en vida como un santón, y se le atribuían facultades milagrosas contra calamidades de la Naturaleza. Ibn Hayyan narra una anécdota suya, a propósito de una rogativa contra cierta plaga de langostas que sembró el hambre en todo al-Andalus, durante el reino de Abd al-Rhamán II (año 207 H. / 822 d.C.) e Ibn Sa’id cita otra en la que hizo llover después de una prolongada sequía”.
     Por las fechas en que se produjeron los hechos protagonizados por estos personajes, años 825 y 822, se infiere que debieron nacer en las décadas finales del siglo VIII, en un lugar plenamente conformado y nominado, Fash al-Ballut, que le dio su nombre, Ballutí.Resulta evidente que la provincia de Fash al-Ballut existía a finales del siglo VIII.
      Fash al-Ballut no tiene nada que ver con la administración territorial romana. Con Roma el norte de Córdoba estaba integrado en el convento jurídico cordobés, mientras que con los omeyas éste aparece desvinculado de la antigua Colonia Patricia.

     Conocemos relativamente bien la administración territorial de la comarca durante este tiempo, gracias al trifinio de Villanueva de Córdoba. Hacia donde está actualmente esta población confluían los territorios de tres ciudades. Dos de ellas, Epora (Montoro) y Sacili (Alcurrucén, Pedro Abad) estaban al sur, junto al rio Guadalquivir, mientras que la tercera, Solia (Virgen de las Cruces, El Guijo) se hallaba al norte del trifinio. Esto quiere decir que la jurisdicción territorial de Epora y Sacili llegaba en tiempos romanos hasta Villanueva, siendo quizá la frontera entre estas dos ciudades y su vecina Solia la divisoria de cuencas entre el Guadiana o Guadalquivir, o algún otro hito como una calzada que discurriera en dirección W-E. Como sabemos que en época almorávide la linde meridional de la cora de al-Balatita estaba situada muy al sur de Villanueva, se desprende que los límites por el sur de Fash al-Ballut no dependieron de la administración territorial romana.

Comentaba en otra entrada que no encuentro razones para que la administración musulmana tuviera interés alguno de comportase de modo distinto de la romana, y dejara de tener a los actuales Pedroches dentro de la órbita de la capital cordobesa, pues por esa tierra transitaban los caminos que unían a la capital de al-Andalus con Toledo y el centro peninsular. Recuerdo haber leído la opinión de que esta vinculación surgió durante la guerra civil de finales de la República romana, estableciéndose la comarca a modo de glacis defensivo que protegiera a Córdoba de posibles ataques de Sertorio. Hay que entender que al tener la categoría de kura, provincia, contaba con un gobernador propio (que atendía a cuestiones fiscales, administrativas y militares) y un cadí, juez, que entendía de cuestiones jurídicas y religiosas.
     La cuestión es si la administración territorial andalusí se creó de nuevas o es heredera de otras anteriores. Historiadores actuales consideran que eso último pudo ser así, e igual expuso el historiador de la etapa omeya Ahamad al-Razi, que los musulmanes mantuvieron la división provincial que se encontraron a su llegada. Esto explicaría que la cora Fash al-Ballut estuviese plenamente conformada a finales del siglo VIII. Pues si esta provincia en absoluto tiene relación con la administración territorial romana lo único que nos queda es que fuera una herencia de la etapa visigoda o una fundación de los emires de al-Andalus que, como digo, no encuentro lógica.

Pedroche, ¿fundación visigoda?

     Las fuentes documentales contemporáneas a la etapa visigoda son escasas y no dan mucha información, como se comentaba no hay nada ninguna referencia a Pedroche en particular o el norte de la provincia de Córdoba en general. Sobre fundación de ciudades los textos cristianos hablan de la creación por Leovigildo de dos ciudades, Recópolis y Victoriaco. Pero el historiador musulmán al-Himyari (autor del siglo XV que estudió la historia de al-Andalus basándose en narraciones anteriores), escribe sobre Montoro: "Esta ciudad fue construida por Recaredo, hijo de Leovigildo, rey de los godos; fue este rey quien unificó las sectas cismáticas del país, puso fin a las herejías, suprimió las controversias religiosas y creó ochenta diócesis con otros tantos obispos. Fijó su residencia en Toledo. Edifició grandes iglesias en diversas regiones de al-Andalus y también fue el que reconoció el dogma de la Trinidad".

     Epora era el nombre de la actual Montoro en tiempos romanos, una de las escasas federadas con Roma. Acaso con la crisis del Imperio del siglo V desapareciera como urbe, al haber perdido su funcionalidad de centro administrativo. Pero su posición era muy estratégica, en la antigua Via Herculea que comunicaba la Bética con Roma por el litoral mediterráneo, y, además, a caballo entre Sierra Morena y la campiña cordobesa. La rehabilitación urbana de la antigua Epora era beneficiosa para Recaredo, que contaba con un punto fuerte para marcar a la tradicionalmente levantisca ciudad de Córdoba, controlando uno de los principales caminos que la comunicaban con el centro peninsular. Creo que con Pedroche ocurrió algo similar.
     Los textos de historiadores musulmanes que hagan referencia a Pedroche son bastante tardías, el primero es al-Idrisi, a mediados del siglo XII, en una cita muy conocida pero que merece la pena recordar: "Desde Córdoba a Ritraws (Pedroche) hay cuarenta millas. El castillo de Pedroche está bien construido, bien poblado y dotado de altas fortificaciones. Sus habitantes son valientes y emprendedores cuando se trata de rechazar al enemigo. La región, tanto en la montaña como en el llano, está cubierta de encinas, cuyas bellotas superan en calidad a todas las del mundo. Los habitantes se esfuerzan por conservarlas y cuidarlas, pues sus frutos les proporcionan una buena cosecha y son de gran utilidad en años de hambre".

     En cuanto a las fuentes arqueológicas, un par de lápidas del siglo XI revelan que había un cementerio musulmán en donde debía de estar en una ciudad andalusí, fuera del perímetro urbano e inmediato a un camino. Pero si existía una cora debía de haber necesariamente una ciudad en la que residiese el gobernador y el cadí dictase justicia. Las dos únicas ciudades que conocemos en la zona de Fash al-Ballut correspondiente a la actual provincia de Córdoba eran Bitraws (Pedroche) y Gafiq (Belalcázar).
     No hay, repito, ninguna cita literaria o documento arqueológico o epigráfico que relacionen la fundación de Pedroche con la monarquía visigoda, pero si fuera solo por los documentos cristianos no sabríamos de la habilitación urbana de Montoro por parte de Recaredo. Pues a este rey sí que le interesaba que el norte de Córdoba dejara de depender directamente de Córdoba capital.
     Ya hemos comentado el largo tiempo que la ciudad tuvo un gobierno autónomo, sin reconocer a la monarquía goda, combatiéndola incluso por las armas. A Recaredo, o su padre Leovigildo, sí que le interesaba controlar los actuales Pedroches, dado que por la comarca transitaban los caminos más cortos y prácticos que unían el valle del Guadalquivir con el centro de la Meseta. A tenor de los restos romanos conocidos, no parece que estuviese muy habitada, lo que facilitaba que pudiesen llegar a la comarca nuevos habitantes, pues había otro grave problema al sur: los bizantinos.

     Tras llegar a mediados del siglo VI, los imperiales ocuparon buena parte de la franja meridional peninsular, e incluso si se confirma que la basílica de Coracho (Lucena, Córdoba) se rehabilitó para adaptar la estructura anterior a la liturgia bizantina, significaría que los imperiales se asomaban a la campiña cordobesa. Ante el peligro que suponían esas tropas en zonas tan ricas, con los precedentes insumisos de los cordobeses, en los Pedroches se podría conformar una segunda línea ante ambos problemas; la capacidad ganadera de la comarca (patente hoy en día) favorecería la entrada de nuevas gentes, pues el registro arqueológico de ese tiempo muestra una auténtica explosión demográfica que surge ex novo, sin relación de continuidad con tiempos anteriores.
     Por estas razones pudo, quizá Recaredo, ordenar erigir Pedroche, como capital de una nueva provincia acorde a sus intereses, circunstancia que posteriormente mantuvieron los musulmanes con la cora de Fash al-Balut.

lunes, 10 de octubre de 2016

Evocando los buenos viejos tiempos germanos (broche tipo “Cástulo” del Museo de Villanueva de Córdoba).



     El museo de Historia de Villanueva de Córdoba cuenta con una interesante vitrina de la etapa “hispanogoda”. No se trata de grandes piezas arquitectónicas, sino de pequeños objetos de la vida doméstica o del mundo funerario. Son en concreto una quincena de piezas cerámicas (jarros sobre todo, pero también ollas y platos); collares; platos de vidrio, tan peculiares de los Pedroches; el fragmento de una inscripción en mármol del siglo VII; y numerosos pequeños bronces, en su mayoría pertenecientes a broches de cinturón. No son objetos tan espectaculares como canceles o placas decoradas, pero su estudio puede permitirnos conocer datos de la economía, de la producción, del comercio de las personas que los usaron, y hasta de sus rituales y sus modas.

     Valga como ejemplo un broche de cinturón conservado en el museo, con número de inventario 1765. Es de pequeño tamaño, 6,2 cm de longitud por 3,5 cm de anchura máxima, y un peso de 39 gramos. Se trata de un broche rígido, en el que la placa y la hebilla están fundidas en una sola pieza. La hebilla tiene forma oval, mientras que la placa es rectangular, con un espacio para un cabujón central, y decoración biselada que surge desde el mismo hacia los vértices y laterales. Cuenta con dos escotaduras en la parte de la hebilla que se une a la placa; en el centro de la misma cuenta con un orificio circular para insertar el hebijón, hoy perdido. La parte posterior tiene cuatro pequeñas arandelas para asirlo al cuero.

 
       Los broches de este tipo han sido estudiados por Joan Pinar en sus tesis, a los que denomina “Broches de placa rígida rectangular con decoración biselada: tipo Cástulo”. Además del broche de Cástulo que da nombre al tipo, este autor cita otros nueve ejemplares similares, que unidos al del Museo de Villanueva suponen once para el total de la península. De ellos siete proceden de Soria, Segovia y Salamanca. Solo dos, el prototipo de Cástulo y el depositado en el Museo de Villanueva de Córdoba, se encuentran en la antigua Bética.


[Broche tipo “Cástulo” procedente de Estebanvela, Segovia, datada en las dos últimas décadas del siglo VI.]


(Fotografía de José María Espallargas Herrera en http://ceres.mcu.es/)


     Sobre este tipo “Cástulo” escribe el especialista Joan Pinar (p. 156 de su tesis): “La morfología general de este grupo de broches puede ponerse en relación con el contexto formal marcado por las piezas de tipo Sucidava y sus variantes, originarias del Mediterráneo oriental y que circularan y serán imitadas por todo el espacio mediterráneo a mediados y durante la segunda mitad del siglo VI. Al mismo tiempo, su forma rectangular y su decoración indican vínculos estrechos con los grandes broches articulados con decoración biselada de mediados del siglo VI hallados en Hispania y la Galia meridional”.

     Los broches tipo Sucidava son broches de cinturón en bronce de origen bizantino. Están hechos en una sola pieza, con hebilla rectangular y placa perforada:


(Fotografía de Katalin Escher, Plaques-boucles byzantines et apparentées de la période VIe-VIIe siècle trouvées en France, https://rae.revues.org/8164?lang=en )


     Como se puede observar en la fotografía de arriba, ambos tipos (las bizantinas Sucidava y las hispanas Cástulo) comparten el ser rígidas, formar la hebilla y la placa un único cuerpo, y tener la hebilla cuadrada. También, como observa J. Pinar, el tipo Cástulo está relacionado con grandes broches con decoración biselada de mediados del siglo VI, pero que no son rígidos, sino articulados (la hebilla y la placa son partes independientes que se articulan con un pasador), como este procedente de Uxama, Soria:

(Zeiss, 1935, lámina I.)

     El broche de Cástulo que da nombre al tipo es el único que ha aparecido contextualizado, y de cuyo estudio se pueden inferir algunos datos. Apareció en una tumba de la necrópolis de la Puerta Norte, y se data en el último tercio del siglo VI:

(Fotografía: Bautista Ceprián del Castillo en http://ceres.mcu.es/)

     Como el de Villanueva es de tipo rígido, pero se diferencia de él en su modo de unirse al correaje, con cuatro clavitos que mantenían sujeta una plaquita de hierro en su superficie inferior. Este es un modo de sujeción más antiguo (como se puede observar en el broche articulado de Uxama) que el de las arandelas del broche de Villanueva, que es el modo usado en los broches de tipo liriforme; quizá esto indique que el broche del Museo de Villanueva sea algo más reciente que el de Cástulo, aunque no demasiado, datándose quizá ambos en el mismo tiempo, las tres últimas décadas del siglo VI. Como me comentaba amablemente Joan Pinar, este tipo de broches como el de Villanueva son “una especie de ‘fusión’ de rasgos de los broches articulados con decoración incisa y los broches de placa rígida”.

    La hebilla del broche de Villanueva también se aparta del estándar del tipo, pues no es cuadrado (derivado del tipo bizantino Sucidava), sino ovalado, al estilo de los broches de cinturón articulados “germanos”.

     Lo interesante de este broche es el tiempo en que se fabrica. Es en la época en que Leovigildo y su hijo Recaredo están intentando imponer su autoridad, creando un estado central fuerte con capital en Toledo, una monarquía que toma como modelo la del Imperio bizantino y en la que no caben diferencias étnicas o religiosas que puedan suponer disensiones y enfrentamientos al poder real. Es por eso que Recaredo ordenó que los godos abandonaran su tradición arriana en el III Concilio de Toledo (año 589), convirtiéndose en masa al catolicismo: la corona buscaba una alianza con la jerarquía eclesiástica para afianzar su poder. Pero no todos los godos lo aceptaron con alegría, y alguna parte de la aristocracia reaccionó en contra.

     La primera rebelión estuvo encabezada en 587 por el obispo Suna de Mérida y un noble llamado Segga, siendo ambos derrotados y exiliados. En Toledo fueron la reina madre Goswinta (madrastra de Recaredo) y el obispo arriano Uldila quienes se rebelaron; el obispo fue exiliado y la Goswinta murió sin conocerse las causas. Tampoco tuvo suerte la encabezada por Argimundo, dux de la Cartaginense, que fue descalvado y encerrado de por vida en un monasterio. En el noreste, en la Narbonense, los protagonistas fueron el obispo Araloco y los condes Granista y Wilgiderno los que encabezaron una guerra civil que provocó numerosas bajas, siendo sometidos por el dux Claudio. Los rebeldes le pidieron ayuda a los francos, y, curiosamente, éstos se la prestaron, a pesar de que eran católicos como quería serlo Recaredo: o sea, católicos apoyando a herejes arrianos en contra de otro rey católico. (Ya se lo dijo Lobo Lobate a Cabrín Cabrate: ante la necesitate, no hay pecate…)

     Como ya postuló Zeiss en 1935, el cambio de las modas de vestuario que se producen a finales del siglo VI (se abandona la tradición germana de broches cuadrados y articulados, para imponerse los de origen bizantino, como los rígidos y los liriformes y sus derivaciones) puede deberse al cambio de mentalidad que se produce tras el III Concilio de Toledo. Para la monarquía ya no hay godos arrianos e hispanorromanos católicos, sino súbditos con igualdad de deberes para con ella.

     Las fuentes literarias muestran una cierta oposición a la conversión por una parte, quizá pequeña, de la nobleza y elite religiosa (la mayor parte de obispos arrianos se pasó con armas y cartucheras al catolicismo, manteniendo su rango). No sabemos qué ocurrió entre la mayoría de descendientes de “germanos” pertenecientes a clases inferiores. Su poder de oposición no debía de ser mucho, pero acaso algunos lo demostraran de otro modo. Frente a los nuevos cinturones que tenían sus precedentes en el Mediterráneo oriental, el del Museo de Villanueva parece una “reacción” ante ellos, manteniendo el diseño clásico germano articulado (placa cuadrada y hebilla oval), aunque con las “innovaciones tecnológicas” propias de los últimos años del siglo VI: rígida y con pequeñas arandelas que sustituyen a los remaches en las esquinas para asirlo al cuero. Un cinturón, en definitiva, con el que alguien pretendiera mostrar orgulloso su origen “germano” en esos convulsos tiempos de cambio y de disolución de etnicidades. Es solo una hipótesis.

     (Mi agradecimiento para Gabriel Duque, Concejal de Cultura de Villanueva de Córdoba, y David Rey y Eva Vacas, voluntarios que están trabajando en el Museo de Villanueva de Córdoba. Y mi reconocimiento expreso para Joan Pinar y Fernando Pérez Rodríguez-Aragón por su amabilidad y compartir sus conocimientos.)



martes, 30 de agosto de 2016

Personas, casas y calles de Villanueva de Córdoba en 1865



     He trascrito el padrón de Villanueva de Córdoba correspondiente a 1865 elaborado desde la parroquia local. En él se recogen las calles, casas y personas que habitaba en cada una, lo que, como ya se ha comentado, lo convierte en un muy interesante documento para la demografía o el urbanismo, pues el modo de elaborarlo, yendo de casa en casa y anotando los datos de cada persona, demuestra ser muy fiable.


     Se anotaba de cada casa el nombre y apellidos de sus moradores, edad y estado civil; por ejemplo, después de cada matrimonio se daban solo los nombres de sus hijos. A veces la casilla del estado civil permanece en blanco para algunas parejas; no creo que sea por olvido (que alguno habría), sino que eran lo que hoy se denomina “parejas de hecho”.

     Dentro de cada casa se seguía distinguiendo también entre sus vecinos; más que por unidades familiares, el concepto de “vecino” estaba relacionado con “unidades contributivas”: un matrimonio con seis hijos era un vecino, mientras que un viudo que viviese solo era también un vecino.

     Las fechas de elaboración constan en el primer partido, 01 marzo 1865; y el segundo, 16 febrero1865. No se fecha cuándo se hizo el tercero, pero dado que en él figura una niña que tenía 15 días, y que nació el 20 de enero, se deduce que se elaboró el 04 febrero 1865.

     En resumen, en 1865 Villanueva de Córdoba estaba formada por 52 calles y una plaza. Había 1.120 casas, de las cuales solo nueve estaban cerradas. La población estaba compuesta por 1.824 vecinos y 6.581 habitantes, lo que da una media de 3,61 personas/vecino, o de 5,87 personas/casa.

    En la trascripción he preferido hacer calles completas, en vez del itinerario que hacían los párrocos: en la calle Real interrumpían la relación de ésta al llegar a la calle Atahona, para continuar con la calle Real. Se han mantenido los nombres de las calles de la época, aunque he adaptado la ortografía a la actual.

     El padrón íntegro se puede descargar pinchando en el siguiente enlace:

jueves, 28 de julio de 2016

El ensanche urbano de Villanueva de Córdoba (1865-1919).



En la revista de feria de Villanueva de Córdoba de este año mi aportación ha sido sobre el ensanche urbano de la localidad entre 1865 y 1919. El espacio estaba limitado a un A4, así que he preparado una versión ampliada para el blog.


     Desde el último tercio del siglo XIX a las dos primeras décadas del siglo XX Villanueva de Córdoba tuvo un considerable aumento de población: de los 6.581 habitantes que se registraron en el padrón parroquial de 1865 (había también 676 inscritos en el actual término de Cardeña) se pasó a las 11.861 personas registradas como población de hecho en el censo de 1920, lo que supone un incremento del 180% en poco menos de medio siglo.
     Ello fue consecuencia de los grandes cambios estructurales de mediados del siglo XIX, especialmente tras la desamortización de bienes comunales promovida por Pascual Madoz en 1865. Hubo distintas formas en estas tierras pasaron a manos privadas, aunque en demasiados casos el proceso fue cualquier cosa menos limpio:
     “Sobre la ‘picaresca’ en la venta de bienes nacionales hay materia para escribir un extenso libro… siendo muy incompletas las relaciones que figuran en el Boletín Oficial de Ventas, en que muchísimas fincas no pasaron por su control, sin embargo un simple y detenido examen nos trae el convencimiento de que los compradores de las fincas de las Siete Villas de los Pedroches fueron personas desconocidas de por aquí, y que después mediante un sobreprecio o prima (por eso se llamaron primistas) los repasaban a los que después fueron compradores(Bermudo, 1972, 116).Una vez adquirida [la finca] la repasaban a los compradores locales, y si estos no acudían a la reventa, el comprador se declaraba en quiebra y la finca salía nuevamente a subasta por un precio equivalente al 85% de la primera adjudicación… La especulación, pues, debió estar muy extendida” (Valle, 1985, 247-248).
     Para evitar que la acción de los primistas, auténticos especuladores profesionales, hiciera que las mejores tierras del término de Villanueva fueran a parar a manos ajenas a la localidad, y cuando se preveía que en breve saliesen a subasta los quintos de la Dehesa de la Jara, un grupo de hombres notables de Villanueva convocó una reunión el 1 de enero de 1867 abierta a toda la población, con el fin de crear una asociación para comprar cuantas tierras pudieran adquirir. Para ello se creaba un capital social de 4.000.000 de reales, dividido en cien acciones de 40.000 reales y décimas de 4.000 reales. Según constaba en los estatutos, “4º. Todos los vecinos de esta villa tienen derecho a formar parte de la asociación, inscribiéndose por el número de acciones o décimas. 5º. Si hubiese muchos vecinos que, no pudiendo tomar una décima ni asociarse con otros para reunir su importe y solicitasen pertenecer a la asociación, con el fin de admitir a los que se hallen en ese caso se subdividirán las décimas en cuatro partes de mil reales cada una, que será el mínimo a que pueden suscribirse” (Ocaña, 1977, 37)…
     “Los móviles primarios para la constitución de esta sociedad fueron la sentencia de 1866, que manifestaba el firme convencimiento de la administración de sacar a subasta la dehesa de la Jara; el convencimiento de que si no se acudía directamente a la compra la adjudicación recaería en manos de un especulador; la incapacidad económica de los particulares para hacerse con la totalidad de la dehesa y la conveniencia de que las tierras a desamortizar pasaran a los propios vecinos, ya que éstas eran las mejores tierras del término” (Valle, 1985, 249-250).
     En resumen, los quintos de la Jara de Navas Altas y Navas Bajas, con una superficie de 1.726 fanegas, fueron adquiridos por 34 propietarios (media de 32,7 hectáreas por propietario). Los quintos de Vivanco, Moralejo, Polizar, Navalmilano y Atalayuela, con 3.892,5 fanegas de extensión, lo fueron por 70 personas (media de 35,8 hectáreas por propietario).
     En conjunto, 104 nuevos propietarios, muchos de los cuales podrían vivir con su trabajo en sus 55 fanegas de tierra. La operación de compra de los siete quintos de la Jara supuso un desembolso de 549.460,5 pts. (La sociedad para la compra de los quintos de la Jara había aportado en 1867 un capital en reales, pero la venta se produjo en pesetas dado que la escrituración de la misma se produjo en 1872, y la peseta como unidad monetaria española entró en vigor en octubre de 1868.) Los distintos quintos se sortearon y se distribuyeron entre los socios en función del capital aportado por cada cual (Bermudo, 1972, 145-151).

     Las dos dehesas del caudal de propios de Villanueva de Córdoba, la dehesa de Peña Martos y la de Navaluenga, se vendieron en momentos y procedimientos distintos. La primera, de 236 hectáreas de extensión, fue adjudicada en la subasta hecha en 1862 a D. Pedro Higuera Arévalo, quien la fraccionó en quince parcelas que vendió posteriormente (Bermudo, 1972, 139-140).
La dehesa de Navaluenga, de 1.234 hectáreas y situada extramuros de Villanueva, fue la última propiedad comunal en privatizarse, empleando el mismo método que para los quintos de la Jara. Una sociedad de 170 socios aportó el capital necesario para su compra, escriturándose la misma en 1901 (Bermudo, 1972, 155-156).

     Muy diferente fue el proceso seguido en la Dehesa de la Concordia, donde hoy se extiende el olivar de sierra. Con más de 30.000 hectáreas de extensión, por su acusado relieve, su escasa aptitud agronómica y por estar cubierta de monte apenas si tuvo otro aprovechamiento en los siglos XVII y XVIII que el de pastoreo para ganado cabrío (Valle, 1985, 243). A partir de finales del XVIII, pero especialmente durante el siglo XIX, comenzó a roturarse.
     El proceso, según investigó D. Manuel Moreno Valero, comenzaba a partir de una Ejecutoria de S. M. fechada en 1795, “por la que se daba a las Siete Villas de los Pedroches y a la de Obejo potestad para conceder a sus vecinos el terreno que necesitasen para formar, cualquiera que lo solicitase, una heredad rústica dentro de las 46.960 fanegas” de la Dehesa de la Concordia (Moreno, 1987, 46). Tras ser aprobada la solicitud por los ayuntamientos de los Pedroches y el de Obejo, el solicitante debía amojonar el terreno, y posteriormente pasaba a descuajarlo, a eliminar el matorral, arrancándolo. En el terreno limpiado se plantaban olivos, árboles frutales y vides, dejando también los chaparros que se convertirían en encinas.
     Las personas que habían roturado parcelas “las poseían como verdaderos dueños, haciendo con ellas las mismas operaciones de disposición como si fueran propietario del pleno dominio, otorgando escritura de transmisión mortis-causa y en compra venta” (Bermudo, 1972, 112). Pero existía un grave problema, ya que “parte de las tierras ocupadas seguían siendo bien comunal y, en consecuencia, corrían el riesgo de ser desamortizadas, ya que habían sido declaradas enajenables” (Valle, 1985, 244).
     Buscando una solución definitiva al problema, D. Antonio Félix Muñoz, alcalde de Pozoblanco y apoderado de las otras seis villas de los Pedroches, apoyado por su hijo, D. Pedro Muñoz de Sepúlveda, Diputado en las Cortes Constituyentes, solicitaron a las mismas una Ley que reconociera la plena propiedad de los roturadores que habían limpiado parcelas en la Dehesa de la Concordia, haciéndolas productivas. El Regente del Reino, el Capitán General D. Francisco Serrano y Domínguez, sancionó el 21 de diciembre de 1869 la Ley de Roturaciones Arbitrarias, por la que se concedía el dominio completo de sus parcelas a los agricultores que demostrasen tener arraigadas en las parcelas olivos, vides y chaparros (Bermudo, 1972, 134). Podría decirse que fue una auténtica revolución agraria que se basó en el principio de “la tierra, para el que la ha sudado”, pasando a ser propiedad de quien la había hecho productiva.

     En cuanto a la desamortización de los bienes de propios de Montoro (que incluye al actual término de Cardeña), su proceso fue similar a lo que hemos visto arriba. Los primeros compradores, procedentes sobre todo de la Campiña de Córdoba y la de provincia de Jaén, se vieron defraudados, pues su intención era la de explotar esos terrenos y se encontraron que estaban poblados de matorral, que exigía un laborioso proceso y limpieza del mismo (trabajo que desconocían por completo) para poder poner en explotación el terreno. “Poco a poco se fueron desprendiendo de los predios comprados, que vendieron a los vecinos de Villanueva de Córdoba en su mayor parte, en el periodo comprendido entre el último tercio del siglo XIX y principios del XX” (Bermudo, 1972, 160). Estos vecinos de Villanueva sí sabían qué debían de hacer para hacer productiva esas tierras, adehesándolas, que pasaron a formar parte del término municipal de Cardeña cuando se independizó de Montoro en 1930. Por este motivo estas dehesas son las más jóvenes de los Pedroches.

     Consecuente con este proceso fue la creación de grandes latifundios en Cardeña y Montoro, pero también la aparición de una numerosa clase de pequeños y medianos propietarios, que ya no trabajaban eventualmente en pequeñas superficies comunales que arrendaban a los ayuntamientos, sino que al ser propia invirtieron en ellas todo su esfuerzo, trabajo e ilusiones. Con el incremento de población aumentó también el tamaño de Villanueva de Córdoba a partir del último tercio del siglo XIX, con la creación de nuevas calles y casas. Al pertenecer muchos de sus dueños y constructores a esa clase que comentábamos de pequeños y medianos propietarios que podían vivir, más o menos, de sus terrenos; al contar casi con los mismos recursos, los nuevos edificios resultaron muy homogéneos. El Cronista local Bartolomé Valle Buenestado lo definió acertadamente como “ensanche”, pues coincide en el tiempo y en los fines con los de Barcelona y Madrid.
     Podemos conocer con bastante precisión cómo y cuándo se produjo este aumento de la extensión de Villanueva de Córdoba por tres documentos:

Padrón parroquial de 1865. Desde el Concilio de Trento los párrocos estaban obligados a llevar un registro de su feligresía. Además de los bautismos, matrimonios y entierros que se produjeran en su parroquia, el párroco debía comprobar el cumplimiento pascual, para lo cual elaboraba anualmente un padrón de las personas de su parroquia, anotando de cada una su nombre y apellidos, edad y estado civil (y relación con otros miembros de ese domicilio, por ejemplo, el número de vecinos). Para ello el párroco se desplazaba casa por casa y calle por calle, dejando constancia escrita de su labor. Así, estos padrones se muestran muy fiables, y además de la gran cantidad de datos demográficos que se pueden extraer de ellos, son también una útil herramienta urbanística, pues permite conocer la extensión de la localidad y las áreas edificadas dentro de ella.



Gracias a él sabemos que ese año Villanueva de Córdoba contaba con una plaza y 52 calles (aunque las dos Cañadas actuales contaban como una, y la la actual calle Conquista estaba dividida entonces en calle Conquista Baja y Calle Conquista Alta) y 1.120 casas (sin incluir el pósito y cárcel, la Audiencia y edificios religiosos).


     El segundo documento son las Ordenanzas Municipales de Villanueva de Córdoba de 1904. En su primer capítulo define los distritos, barrios y calles que componen la localidad.


El tercero es un mapa urbano de Villanueva de Córdoba realizado por el Instituto Geográfico y Estadístico, fechado el 14 febrero 1919.



     Comencemos por el recinto urbano de 1865. Ese año el viajero que llegara desde Córdoba por la hoy calle homónima (entones calle Tetuán) podía recorrer el perímetro de la población jarota marchando por las calles Peñascal, Plazoleta, Sol (Callejón Largo), (Pozo de)  Nieve, Cruz de Piedra, (Cruz de) Ventura, Castillejos (Calle Torcida), Casas Blancas, Fuente, Egido, Industria (Callejón del Cañaveral), Viveros, Juan Ocaña (Dehesilla), Torno Alta, María Jesús Herruzo (Callejón de la Reina), para ir a donde salió. –Junto a los nombres actuales se han puesto los de entonces, entre paréntesis.–
     Si se comparan los padrones parroquiales de 1771 y 1865, se constata que, prácticamente, aparecen las mismas calles, lo que varía es un mayor número de edificios en el más reciente. Ello se debe a que no toda la superficie urbana estaba edificada; algunas calles contaban con un pequeño número de casas. En 1865, por ejemplo, la calle Torcida [Castillejos] tenía 19 viviendas, cinco de ellas en la acera de los impares; en la calle Casas Blancas había las actuales doce primeras, lo cual quiere decir que la gran manzana entre esta calle, la de la parte de la calle Torcida sin edificar, y la calle Cañada Alta era una zona de corrales o huertos.
De los padrones parroquiales conservados se comprueba el gradual crecimiento urbano. En el de 1882 se registraron tres casas en la que se denominaba calle de la Cruz de la Virgen de Luna (la calle Luna actual), mientras que en 1883 ya eran seis las casas habitadas en esa calle.

     Las ordenanzas de 1904 son muy interesantes igualmente, tanto por la aparición de nuevas calles correspondientes a la primera fase del ensanche del urbanismo jarote, como a las ausencias. El que no aparezcan en él algunas calles como Pedroche, Contreras, Quevedo, Atahona, Torrecampo o Rey son meras omisiones a la hora de hacer el inventario. Pero hay otras que considero muy significativas, como las de la calle Olivo y Moral. Entre la calles Moral, Cerro, Torrecampo, Egido, Pedroche y Quevedo había una extensísima zona de corralones solo rota parcialmente por las calles Juan Blanco, Bailén y Rey. En el año 1900 se decidió abrir una calle desde la del Moral a la calle Egido, que tomó el nombre de calle Olivo; a la par, se urbanizaban la calle Moral y la Plaza del Carmen (llamada entonces calle de Piedas Altas). Y esta gran labor se estaba iniciando este año de 1904.
     Un callejón que se urbaniza en esta etapa en el interior del núcleo urbano es la Calleja del Santo. El callejon que había delimitado el lado este de Villanueva, el antiguo callejón Largo, se convierte en la calle Sol. Este fue el proceso seguido: entre 1865-1904 se fueron levantando casas en callejones y caminos que se convirtieron en calles. Al oeste nació la citada calle Luna, y al este se levantaban casas en el Callejón Largo (calle Sol), mientras que al NE en el inicio del camino a Conquista nacía la calle Navaluenga. Pero el auténtico ensanche de este tiempo, tanto por el volumen de edificios como por la superficie, se produjo al suroeste: calles Génova, San Miguel, Nueva, Libertad, Fomento, Moreno de Pedrajas, Independencia y San Cayetano: en conjunto unas 56 hectáreas edificadas de nueva construcción.
     En la actualidad, estas calles suponen el conjunto más característico de la arquitectura tradicional de Villanueva de Córdoba. En la siguiente fotografía se muestran los típicos edificios del ensanche de las décadas finales del siglo XIX, con las primeras casas de la calle Moreno de Pedrajas.

 
      Las casas eran una adaptación al medio rural y a la economía agropecuaria: gruesos muros de una vara (unos 83 cm) de piedra de granito trabada con barro y bóvedas de aristas para soportar el peso que cargaba el piso superior, la “cámara”, donde se almacenaba el cereal, patatas, matanza, aceite… El pasillo era muy ancho, de dos varas, para permitir pasar a la mula cargada con las alforjas, que contaba con una cuadra al final del edificio. Tanto para mantenerla como para las necesidades domésticas, se excavaba un pozo en el patio, frecuentemente de “medianía”, entre dos casas, que amortizaban así mejor su coste. En esta fotografía se muestra una casa típica del ensanche, con reformas en su interior pero manteniendo íntegra su estructura:


     Adaptadas a los tiempos actuales, este tipo de edificios tiene sus ventajas. Con el agua del pozo se pueden regar las macetas, hacer la limpieza de la casa o llenar piscinas infantiles; todo ahorro en el agua potable de la red, es bueno. También los recios muros de granito y las bóvedas crean un microclima doméstico en una tierra que soporta el rigor del verano y el invierno. La casa es fresquita en verano, y templada en el invierno, el contraste al entrar de la calle es más que notorio. E incluso en plenas olas de calor en los dormitorios de las habitaciones centrales no son necesarios aires acondicionados ni incluso ventilador. En definitiva, aunque fueran pensados para otras cosas estos edificios de cien o ciento veinte años de antigüedad resultan muy prácticos hoy en día.

     El plano de 1919 fue levantado por los topógrafos en trabajo de campo, y podemos conocer por él las nuevas edificaciones desde 1904. Las más significativas son la creación de la calle Liceo al oeste, San Martín al sur, San Blas y Zarza al este, y las calles Progreso y Dos de Mayo al suroeste.
     Pero aún no estaba la calle San Bernardo, sin duda alguna la calle más democrática de Villanueva de Córdoba, pues fue creada por la iniciativa y la obra del pueblo. En el plano de 1919 se observa que sólo tenían salida al sur, hacia el Calvario, mientras que el centro urbano está en la dirección opuesta. Copio lo que escribe Juan Ocaña Torrejón en su Callejero de Villanueva de Córdoba (p. 105) de la calle San Bernardo, sobre lo ocurrido en 1920: “En varias ocasiones sus vecinos [de calles Progreso y Dos de Mayo] solicitaron el que fuese suprimido aquel taponamiento y se les diese fácil salida que les evitara el dar el rodeo para llegar al resto del poblado, pero como aquello requería la desapropiación de parte de los cercados, y aquí siempre se ha huido por las autoridades el tomar esta clase de medidas, las súplicas quedaban en promesas. Los vecinos decidieron tomarse la justicia por su mano y en una noche hicieron desaparecer las viejas paredes que les entorpecían el paso, tanto al final de sus calles como aquellas otras que podían ofrecer paso a las de Génova y Luna, empezando a hacer uso de ello.

La autoridad quiso castigar aquel atropello, pero ante la satisfacción que ello produjo en el pueblo y la conformidad con lo hecho por parte de los dueños de los solares afectados, se sino a aceptar el hecho consumado, y pronto se vendieron solares de aquellos cercados formando amplia calle”.
     Otra calle de la que podemos deducir su historia a partir de las ordenanzas de 1904 y el plano de 1919 es la calle Génova. Hoy conocemos como tal a la que va desde el Calvario a la calle Pozoblanco. En el padrón de 1865 figura la calle de la Sal (por estar en ella el estanco donde dispensaba el monopolio), desde la calle Pozoblanco al cruce de Navas y Juan de López. La calle Carmona iba desde aquí hasta la calle Juan Ocaña, que era la extremo edificado de Villanueva hasta finales del XIX. Entre 1865 y 1904, se tomó el eje Callejón de la Sal – Carmona para crear una nueva calle, la de Génova, que proseguía hasta el Calvario. En 1910 el concejal Alfonso Gañán propuso que los tres tramos o calles, Sal, Carmona y Génova, recibieran en conjunto el nombre de calle Génova.

     En la tabla siguiente se detallan los nombres de las calles de Villanueva que aparecen en los tres documentados citados de 1865, 1904 y 1919:
 
     Como en el padrón de 1865 figura el número de edificios de cada calle, es fácil trasladar los datos a un plano actual, y lo mismo se hizo con los datos de 1904 y 1919. El resultado es el plano que se muestra en la revista de feria, y que se trae también al blog. De la labor final de infografía se ha encargado mi amigo Esteban Noci Capitán, aparejador municipal, tarea en la que ha colaborado también María del Carmen Madero Muñoz. Va mi reconocimiento para ellos, porque el resultado ha sido impecable.



martes, 19 de julio de 2016

¿Un jarro "musulmán" en una sepultura "visigoda"? (Mejor, "mozárabe".)



     En el año 912 (300 de la hégira), Aslam ben Abdelaziz, hombre con fama de culto y preparado, fue nombrado cadí (juez) de la ciudad de Córdoba poco después de que Abd al-Rhamán III llegara al poder. Cuenta al-Jusaní en su Historia de los jueces de Córdoba (en la traducción de Julián Rivera) la siguiente historia de él:
     “Había en Córdoba un hombre [de raza española] que hablaba solo el romance [y ni siquiera era musulmán], de esos rebeldes que se habían rendido por capitulación en las plazas fuertes que [hasta entonces] se habían mantenido independientes sin obedecer [al monarca de Córdoba]; este señor tenía una mujer noble musulmana, la cual imploró protección al juez Aslam ben Abdelaziz. Este acogió su demanda y empezó a instruir diligencias en el asunto. Era entonces canciller del imperio Béder ben Ahmed, el cual gozaba de gran predicamento con Abderrahmen III. Apenas iniciado el proceso por el juez Aslam, presentósele Yala, de parte del canciller Béder, y le dijo:

- El canciller te saluda y te dice que esos señores que hablan en romance [españoles no arabizados], los cuales solamente se han rendido o capitulado mediante pacto, no se les debe tratar con desdén; tú sabes perfectamente qué es lo que debe hacerse para cumplir lo pactado; convendría que no intervinieses entre ese español latinado y la esclava que está en su poder.

- Dile de mi parte, contestó Aslam, que estoy obligado, por todos los juramentos, a dejar todos los asuntos de la curia, para dedicarme exclusivamente a ejecutar, contra ese señor latinado, todo lo que manda la ley religiosa a favor de esa mujer libre musulmana que está en poder de ese hombre.

Yala se marchó; pero volvió inmediatamente a decir al juez:

- El canciller te saluda y dice: yo no me opongo a que se cumpla la ley, ni siquiera considero lícito el hacerte tal recomendación o solicitud; sólo te ruego cumplas lo que de derecho se debe a esos aliados con quienes el monarca ha pactado. Tú sabes muy bien las consideraciones que les debe guardar, y eres hombre razonable que está muy enterado de lo que en tales casos se debe hacer”.

     El pasaje es suficientemente claro y elocuente, no presenta equívoco alguno. Resultan evidentes algunas cuestiones:
* No en las marcas alejadas, sino en la circunscripción de Córdoba (que era sobre la que tenía jurisdicción el cadí de la capital), en el corazón del mismo poder omeya, dos siglos después de la conquista se habían mantenido prácticamente independientes señores locales que no hablaban el árabe ni se habían convertido al Islam.
* Estos señores “latinados”, que eran descendientes de la antigua aristocracia hispanogoda, habían conservado su posición gracias a los pactos entablados por sus ancestros, contando con una amplia base social que sustentaba su poder, en el que la religión era un elemento más para su autoafirmación y control social.
* Tal era su fuerza que atentaban contra las leyes religiosas islámicas, al tomar como esposa o esclava a una mujer de religión musulmana. Incluso alguien tan poco dado a andarse con chiquitas, como Abd al-Rhamán III, les guardaba la cara, llegando a recomendar a la máxima autoridad jurídica de su reino que tuviera consideración con uno de esos señores, con quien, al entonces emir (califa pocos años después), le había costado tanto llegar a un pacto por el que aceptara el poder central omeya.

     La epigrafía confirma la presencia de cristianos en el norte de la provincia de Córdoba durante el siglo X. En la finca del Retamalejo (Adamuz), próxima al actual pantano del Guadalmellato, se encontró en 1914 la lápida del abad Daniel, fallecido en el año 930 (o sea, en el mismo en que Abd al-Rhamán III decidió convertirse en califa). Por el lugar debe ponerse en relación con el convento de San Zoilo Armilatense, uno de los existentes en las sierras cordobesas durante la etapa omeya.

 (Lápida del abad Daniel, año 930. Fotografía en R. Frochoso Sánchez, 2012, 19.)

     Unas décadas después, en tiempos de Almanzor, el monasterio del Armilat (también denominado “Armillat”) aparece citado en unos versos del visir Abu Marwan Abd al Malik. En un debate con Sa’id “El lingüista”, que no dejaba de alabar a Irak frente a Almanzor, dijo: “Y habló Abu-l-Ula (Sa’id “El lingüista) con vanidad, no por el vino de Qutrabbul y Kaluwad // ya que era de Armillat nuestra bebida el llamar a un convento hace perder el juicio y nos llena de indecencia” (R. Frochoso Sánchez, 2012, 14-15). [Qutrabbul y Kaluwad son lugares del actual Irak.] De estas palabras se deduce que en el monasterio se elaboraba vino (imprescindible para la liturgia cristiana, por otro lado) cuyos excedentes se vendían, llegando a consumirse incluso en las más altas instancias de la corte: llamar “nuestra bebida” al vino producido en el monasterio es manifiestamente elocuente.
     Las fuentes literarias y la epigrafía muestran la pervivencia de cristianos en el norte de la actual provincia de Córdoba. (Hay bastantes más, además de las expuestas. En la misma biografía del juez Aslam ben Abdelaziz narrada por al-Jusaní se cuenta la historia de un cristiano que se presentó ante él solicitando la muerte para sí mismo, al modo de los mozárabes cordobeses que hicieron lo mismo a mediados del siglo anterior. O la lápida con el epitafio de Johanes Eximius (m. 312/925, conservada en el Museo Romero de Torres de Córdoba.)
     La documentación arqueológica vendría a reafirmar esta ausencia de completa islamización en lo que es la comarca de los Pedroches durante al menos el tiempo del emirato, empleando un ritual funerario que nada tenía que ver con lo prescrito por el Corán. Recordemos lo ocurrido con Umar ibn Hafsún.
     Era muladí, es decir, de religión musulmana pero descendiente de una familia aristocrática nativa. Durante casi cuatro décadas fue una auténtica pesadilla para varios emires, manteniéndose fuerte desde su fortaleza de Bobastro (Málaga), donde construyó una basílica tras convertirse al cristianismo. Murió en el año 917, y su hijo continuó la resistencia hasta ser derrotado por Abd al-Rhamán III en el año 928.
     Un par de meses después de la conquista de Bobastro, el futuro califa visitó la ciudad, y ordenó exhumar el cadáver de ibn Hafsún. Según se narra en la Crónica anónima de Abd al-Rhamán III al-Nasir los presentes pudieron confirmar su apostasía: “Sus miserables despojos aparecieron enterrados, a la manera cristiana, sin duda alguna, ya que el cadáver fue hallado mirando al oriente y con los brazos cruzados sobre el pecho”.
     De este pasaje se pueden extraer varias conclusiones:
* Existían en al-Andalus en el siglo X diversos rituales de enterramiento, que estaban en función de la cultura o civilización a la que perteneciera cada cual.
* El ritual funerario, como rito de paso, pone en relación al difunto con el mundo de los vivos, o más en concreto con una determinada parte de él, con la que se identifica y reafirma.
* Los diferentes rituales eran conocidos y reconocidos por los contemporáneos.

     Este amplio exordio creo que es necesario para presentar al protagonista de esta entrada, un jarro de barro, un objeto modesto pero cargado de historia.
     El 26 mayo 1928 Ángel Riesgo encontró ocho sepulturas en un cerro del lugar llamado Navalazarza (Cardeña). Según narra en sus apuntes de campo, en la finca se construyeron unas cuadras modernas, y al cimentarlas aparecieron las sepulturas. Tanto por el número como por el lugar, un cerro, podría tratarse de un lugar de hábitat tipo “aldea”, con un número de habitantes superior y una perduración en el tiempo mayor que el otro modelo, tipo “granja”. Las sepulturas las denomina “de tipo corriente”, el más frecuente en el norte de Córdoba: una fosa de planta trapezoidal, con lajas verticales revestiéndola y cubierta por grandes losas.
     Navalazarza es un paraje colindante con las Aguilillas, estando entre ambos la divisoria de los términos municipales de Villanueva de Córdoba y Cardeña. Por el extremo de las Aguilillas colindante a Navalazarza discurría el Camino Real de la Plata, una antigua vía romana en uso durante la etapa visigoda que dejó de emplearse a partir del califato de al-Andalus (siglo X), al habilitarse caminos hacia Toledo más al oeste de la provincia de Córdoba.

 
     Es un lugar muy interesante, pues en las Aguilillas descubrió Ángel Riesgo 67 sepulturas, y 22 más en Navalazarza, es decir un tercio del total de 291 que halló en el norte de la provincia de Córdoba. Otros elementos arqueológicos de la época por la misma zona son las tumbas excavadas en la roca. Hay una en Ventas Nuevas (Villanueva de Córdoba), a 1,2 km al NW de la linde de las Aguilillas y Navalazarza (en su cruce con la actual carretera de Villanueva de Córdoba a Cardeña); y otra a 2,3 km al NE, en las Valsecas (Cardeña). [El modelo general de las tumbas talladas en la roca del norte de Córdoba, a excepción de las agrupaciones de la Haza de las Ánimas (Torrecampo), es el de tumbas aisladas o en parejas; en el caso de estas dos de Ventas Nuevas y Valsecas están separadas por 3,2 km.]
     En las sepulturas del norte de Córdoba no se encuentran broches de cinturón, hebillas o fíbulas que nos permitan establecer al menos una cronología relativa, a excepción de una hebilla de hierro encontrada precisamente también en Navalazarza, y para la que encontramos otras similares en yacimientos de inicios del siglo VIII.

(Hebilla de hierro encontrada en una tumba de Navalazarza, Cardeña. 
Fotografía: Museo Arqueológico de Córdoba.)

     Esta ausencia de elementos de vestuario puede deberse al tipo de ceremonias fúnebres empleadas, en el que el finado se depositara en la tumba no con sus mejores galas, sino con un simple sudario, por ejemplo. Aunque el rito funerario de estos tiempos no fue inmutable, incluso en el mismo yacimiento se observan cambios sustanciales en apenas dos siglos:
     En la necrópolis madrileña de Gózquez de Arriba se muestra una evolución del ritual funerario a lo largo del tiempo de su ocupación. En la fase I se patentizan enterramientos con una abundante presencia de objetos de adorno y elementos de vestuario: anillos, collares, pendientes, broches de cinturón de placa rectangular… Se fecha en el siglo VI.
     Durante la fase II hay elementos de vestuario más moderno, a la ver que se observan enterramientos más austeros, con menos presencia, o casi ausencia total, de objetos de adorno; se le adjudica una cronología del siglo VII.
     Durante la fase III, ya en el siglo VIII, no hay broches de cinturón liriformes, a la par que aparecen los dos únicos recipientes cerámicos en el interior de la tumba.

     Volviendo a las sepulturas descubiertas en Navalazarza en mayo de 1928, el dueño de la finca se quedó con dos jarros, mientras que Riesgo rescató tres piezas, que define así en sus notas de campo:
1 escudilla o plato Nº 55. Arcilla rojiza, tosco, forma irregular, mide 21,5 cm diámetro, 7,5 su mayor altura y 68 cm perímetro de la boca, sin tornear.
1 puchero o vaso Nº 56. Arcilla rojiza, fina, torneado. De 10,5 cm alto por 7 cm diámetro de la boca.
1 jarro Nº 57. Asa de jarro con trozo de boca y panza, con 8 incisiones adornándolas. Arcilla roja tosca, mide de largo 13 cm.”
     Por la simple descripción básica se constata algo que ya vimos en la pequeña necrópolis de la Viñuela, la coexistencia de una pieza elaborada con torno alto de alfarero (nº 56), y otra escudilla “tosca, de forma irregular”, elaboradas a mano (nº 55).
    De esta necrópolis del norte de Córdoba que estamos viendo, lo peculiar de ella es el jarro nº 56. Ya aparece en una fotografía en blanco y negro tomada por el propio Riesgo, en el que se observa su perfil: sobre un cuerpo de tendencia globular se levanta un cuello grueso y desarrollado, cilíndrico, de diámetro poco inferior que el máximo del recipiente, con una ancha boca circular. Carece de asa, y en la fotografía no se aprecia si la tuvo o no.

(Jarro nº 56 en la numeración de Ángel Riesgo, procedente de una sepultura de Nazalazarza, Cardeña. Fotografía de Ángel Riesgo Ordóñez.)

     En otra fotografía más reciente se aprecian las líneas del torno de alfarero y el color anaranjado de la pasta; también parece, más que verse, intuirse, que la pasta es depurada, sin grandes inclusiones, coincidiendo con la descripción de Riesgo de “arcilla fina”.

(El mismo jarro nº 56. Fotografía: Museo Arqueológico de Córdoba. Nº inv. CE027924a.)
 
     Da la impresión de ser un recipiente para beber con su boca redondeada y amplia, distinto de los cuencos de época visigoda para el mismo fin. También es diferente de los jarros de ese tiempo, con su cuello estrecho, más apropiado para verter líquidos que para beber.
     Según nuestro conocimiento actual, las cerámicas “modeladas” (como la escudilla nº 55 de la misma necrópolis de Navalazarza) tienen una proporción considerable entre mediados del siglo VII y el VIII en contextos rurales interiores de la península, a la par que “se acusan contrastes entre registros materiales coetáneos de yacimientos urbanos. Así, en las ciudades de gran peso histórico en esta etapa, como Mérida y la propia Córdoba, se invierte la tendencia expuesta y la producción es mayoritariamente a torno rápido desde avanzado el siglo VIII”, acaso por el impulso del Estado emiral para la creación de alfares profesionales que sustituyeran a las vajillas caseras, reactivando el comercio a partir de los centros urbanos.
     Otra característica de la cerámica del emirato es la diversidad dentro de un modelo básico: “Podría decirse que los modelos –necesariamente en plural– admiten múltiples variantes en los perfiles, mientras que los prototipos son heterogéneos por definición” (Miguel Alba y Sonia Gutiérrez, 2008, 586).
     Este jarrito (o jarrita), nº 56 en la numeración de Riesgo, con cuerpo globular y un cuello muy desarrollado y cilíndrico tiene una gran coincidencia tanto formal como tecnológica con una de las formas más características de las cerámicas de al-Andalus: “Una de las características más universales de la cerámica emiral es la difusión y generalización de un recipiente de boca ancha, con cuello cilíndrico alto y cuerpo globular, destinado a beber y englobado en la denominación genérica de jarrito/a. Estas piezas se suelen realizar en pastas claras y porosas adecuadas para contener líquidos y responden a una tradición claramente islámica que sustituye en las pautas de consumo a las formas abiertas tipo cuenco características de la vajilla romana fina. Tanto es así que, en nuestra opinión, constituye uno de los mejores indicadores materiales y cronológicos del proceso de islamización” (Miguel Alba Calzado y Sonia Gutiérrez Lloret, 2008, 602; lo remarcado en negrita es una aportación personal).


(Miguel Alba y Sonia Gutiérrez, 2008, 603. 
Procedencia: Mérida (1, 9, 10 y 11); Tudmir (2 y 3); Bayyanna (Almería) (4, 5 y 6); Córdoba (7)

     María del Camino Fuertes Santos comparte la misma opinión al estudiar la cerámica del yacimiento cordobés de Cercadilla: “Tal vez una de las formas más comunes del mundo islámico sea la de los jarritos globulares de cuello cilíndrico. Estas piezas pueden ir decoradas o no… Es en este momento cuando surgen estos jarros/as, seguramente a final del siglo VIII o en el siglo IX, una vez que ya está más asentada la población foránea, o más islamizada la población cordobesa” (Fuertes, 2010, 140).

 (Jarra de Cercadilla, Córdoba. En Mª del Camino Fuertes, 2010, 36.)

     Los jarritos de cuerpo globular y cuello cilíndrico y desarrollado también aparecen en Saqunda, el arrabal cordobés al otro lado del río que cuenta con una cronología desde la segunda mitad del siglo VIII hasta el año 818, en el que fue arrasado tras su famosa rebelión. Uno de los jarritos encontrados aquí carece de asa.

(Jarros de Saqunda, Córdoba. Mª Teresa Casal et al., 2005, 220.)
 
     Desde finales del siglo IX se constata la presencia de jarros con un cuello grueso y cilíndrico en el interior la Meseta, con numerosas variantes, algo característico de la época.

 
(Jarros andalusíes procedentes de la Meseta. M. Retuerce, 1998.)

     Así pues nos encontramos que en esta necrópolis de Navalazarza, junto a un plato (nº 55) descrito como tosco, de forma irregular (es decir, modelado completamente de forma manual o con torneta), hay un jarro (nº 56) torneado y de “arcilla fina”, decantada. Este jarro podría haberse fabricado en algún alfar cordobés, y su presencia en Navalazarza (Cardeña) podría explicarse por la proximidad del lugar al Camino Real de la Plata, vía de comunicación entre Córdoba y Toledo hasta que durante el califato (siglo X) se habilitara el “Camino del Armillat” (nombre que deriva por pasar este camino por el monasterio citado junto al Guadalmellato).

     Da la impresión de tratarse de un jarro “de al-Andalus” en una tumba “visigoda”. Más que una paradoja, este jarro parece ser una muestra de los tiempos (más apropiado es denominarla una sepultura “mozárabe”, aunque por sus características formales sea similar a las de la etapa visigoda).
     Durante los dos siglos posteriores a la conquista hubo varios estamentos compitiendo por el poder. Por un lado, la dinastía Omeya, que tuvo muchas dificultades para mantenerse a finales del siglo IX, hasta que Abd al-Rhamán III logró imponerse en la siguiente centuria; por otro, las propias estructuras de los llegados (árabes, bereberes, sirios), y, por último, los poderes locales. Los descendientes de la antigua aristocracia hispanogoda que habían mantenido sus cuotas de poder gracias a los pactos de sus antepasados; señores latinados que no hablaban árabe ni se habían convertido al Islam, y que vivían en la propia cora de la capital omeya, Córdoba.
     En el siglo X los monjes del monasterio del Armilat seguían elaborando un vino que luego tomaba Almanzor con sus amigos. Bien visto, y fuera de connotaciones religiosas, a los emires de al-Andalus les interesaba que continuara habiendo cristianos en sus tierras porque, como tales, estaban obligados al pago de unas contribuciones de las que estaban exentos los mahometanos.
     Las tumbas de la necrópolis de Navalazarza nada tienen que ver con el ritual funerario islámico: una fosa en el suelo, estrecha, con orientación norte-sur (hacia la Meca) y el cadáver depositado sobre su costado derecho. Y, por supuesto, sin ningún depósito ritual. Ya vimos en el blog cómo la peculiar orientación de las tumbas islámicas (distintas a las cristianas, en las que el finado, como ibn Hafsún, miraba al oriente) podría indicar la presencia de una tumba ya musulmana en una necrópolis de tradición hispanogoda y que, por la época, debe denominarse "mozárabe".
     En estas circunstancias, este jarro podría indicar que a finales el siglo VIII o incluso el IX hubo gentes en las actuales tierras del norte de Córdoba que se siguieron enterrando con los mismos usos y costumbres que sus abuelos hispanogodos. Aunque la jarra que metieron sus deudos en la sepultura de Navalazarza posiblemente hubiese salido de un alfar cordobés sarraceno.