En el dolmen de Las Agulillas

sábado, 27 de julio de 2013

El origen de la advocación de la Virgen de Luna

       Cuál es el motivo por el que la Virgen de Luna recibió tal nombre es una cuestión que ha suscitado diversas opiniones.
       Antonio Merino Madrid considera que la construcción de su santuario a mediados del siglo XV estuvo condicionada por el conflicto entre los vecinos de los Pedroches y el hambrón señor de Santa Eufemia, que intentó usurpar todas las tierras de realengo que pudo. Parece que es una hipótesis que está bien traída, pero no trata sobre lo que estamos indagando, el motivo de la advocación, de ese nombre tan peculiar.
       Con tal nominación, Luna, son muchos los que se han ido de cabeza a relacionarla con el Apocalipsis 12,1 (“En esto apareció un gran prodigio en el cielo, una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y en la cabeza una corona de doce estrellas”). Sin embargo, los especialistas en arte le atribuyen a esta forma de representar a la Inmaculada Concepción de María un origen no demasiado antiguo, de finales del siglo XV. Desde Flandes y el norte de Francia, donde surgió esta forma de representar a la Inmaculada, se habría expandido por el resto de Europa. Durante la Edad Media ni un marianista convencido como Bernardo de Claraval, ni un maestro teólogo como Tomás de Aquino tomaron en consideración que María hubiese sido concebida de forma distinta al resto de los humanos. Serían los franciscanos, y luego los jesuitas, quienes promovieron que  tuvo que ser Inmaculada desde antes de su nacimiento para poder ser la Madre de Dios. Así que hasta este momento, siglo XV, no hubo representaciones iconográficas de María Inmaculada, porque tal concepto no existía. Ninguna representación de la Virgen de la Iglesia bizantina o ninguna Maestà medieval italiana tuvo nunca ninguna luna a sus pies.
       Escribe un especialista en iconografía cristiana, Louis Réau: Los... atributos de la Inmaculada Concepción están tomados del Apocalipsis 12,1... La luna, que nunca se representa llena como en la Crucifixión, sino recortada en forma de creciente, evocaba la castidad de Diana. Después de la victoria de Lepanto, la cristiandad gustó interpretar el creciente de la luna bajo los pies de la Virgen Inmaculada como un símbolo de la victoria de la Cruz sobre la Media Luna turca". Con el barroco español esta forma de representar la Concepción Inmaculada se elevó a las altas cimas del arte (Alonso Cano, Murillo, Zurbarán...), y también a su popularización.
       Pero como sabemos que el santuario de la Virgen de Luna es anterior a que los primeros flamencos representaran a la Inmaculada con la luna a sus pies, se ha descartar esta hipótesis.


       Fue Juan Ocaña Torrejón (1963, 6) el que presentó una hipótesis sumamente atractiva, que, aunque carezca de una prueba literaria, epigráfica o arqueológica, no resulta en absoluto descabellada: el origen de la advocación de "María de Luna" estaría en los cultos de los pueblos del norte de Córdoba anteriores a la romanización y posterior cristianización. Exponía como argumento varias advocaciones astrales de la comarca y zonas adyacentes, a las que he he añadido tres más: además de la Virgen de Luna en los Pedroches, están la Virgen del Sol en Adamuz y Montoro (Córdoba); la Virgen de la Estrella en Espiel (Córdoba); Almadén, Agudo y La Viñuela (Ciudad Real); y Santos de Maimona (Badajoz). Ocho advocaciones marianas relacionadas con los astros (que no son las más frecuentes, precisamente) en un espacio no demasiado amplio parece que sobrepasan ampliamente la barrera de la casualidad, y que entre ellas existe una relación causal. Y esa relación puede existir, porque la zona donde se encuentran las vírgenes de Luna, Sol o Estrella, es la región que fue llamada por Plinio como "Beturia de los túrdulos", y es conocida la "importancia de las especulaciones astrales entre los pueblos de la Hispania indoeuropea" (Marco Simón, 2008, 294) [adelanto, aunque ya se desarrollará en el blog, D. m., que se puede encuadrar a los Pedroches en este ámbito, pues lo ibérico, aquí, deslumbra por su absoluta ausencia].
       Dentro de la misma perspectiva, de sincretismo entre el cristianismo y religiones anteriores, puede contemplarse la tradición según la cual la encina donde se apareció la Virgen ofrece bellotas con su silueta. Sería reveladora de antiguos cultos dendrolátricos, de adoración a elementos naturales como los árboles. (Recordemos que la tradición del árbol de Navidad se la inventó San Bonifacio cristianando a los germanos, aprovechando para expandir su nueva fe elementos religiosos de los nativos paganos, en este caso un árbol perenne que simbolizaba al árbol del Universo.) La Virgen de la Encina de Ponferrada (León) y la de Baños de la Encina (Jaén) también tienen la misma característica, las bellotas de la encina donde se encontró a la Virgen conservan su figura en la cáscara.
       El nemeton, la claridad sagrada en el bosque, fue el espacio sagrado por excelencia entre los pueblos de la Hispania indoeuropea (es decir, entre los pueblos de Hispania que hablaban lenguas indoeuropeas). "El propio árbol constituye uno de los elementos que pueden simbolizar el axis mundi, sus raíces se hundiéndose en la tierra y sus ramas tocando el cielo" (Marco Simón, 1994, 357). El propio nombre de los sacerdotes galos, druidas, proviene del radical protoindoeuropeo *deru-, *dru-, "roble, encina". "Diversos rituales relacionados con el bosque y los árboles han persistido hasta tiempos muy recientes en algunas zonas del ámbito peninsular que nos ocupa [los pueblos hispanos de habla indoeuropea]... En Manjarrés (Rioja) se siguieron celebrando cultos mágicos en un prado situado al sureste del pueblo rodeado por enormes robles -auténtico nemeton, en consecuencia-, lo que acarreó la condena sistemática de los párrocos del lugar. Y en localidades de la zona de Nájera ha existido la costumbre de colocar imágenes de la Virgen en oquedades de los troncos arbóreos, en lo que parece la cristianización de cultos mucho más antiguos, y la tradición dice que fueron los ángeles los que pusieron la imagen de la Virgen de Valvanera en un roble" (Marco Simón, 1994, 358).
       Hay más indicios en los Pedroches de cultos fisiolátricos prerromanos, como la Virgen de Piedras Santas de Pedroche, o la Virgen de la Peña de Añora; posibles lugares de culto en espacios naturales que fueron asimilados para la religión cristiana. Pues aunque a partir del siglo IV hubo facciones de integristas cristianos que intentaron acabar con el paganismo por la fuerza (como se cuenta en la película Ágora de Alejandro Amenábar, narrando la muerte de Hipatia), los espíritus más inteligentes optaron por otra vía, menos violenta y más eficaz.
       Como afirma Louis Réau, "desde siempre hubo lugares sagrados que parecen llamar a la oración y que el pueblo había continuado frecuentando pese a cualquier excomunión. La Iglesia se adelantó marcándolos con el signo de la cruz. Numerosas iglesias cristianas fueron simplemente "instaladas" en los templos paganos... La Iglesia intentó conservar no sólo los lugares de culto, sino también las denominaciones. Así, según la tradición, San Florentino de Borgoña habría ocupado el lugar de un templo de Flora". Es interesante para nuestro objetivo esta observación de que se quiso mantener no sólo el lugar, sino también el nombre.
       El Papa San Gregorio Magno se lo explicó bien a los monjes misioneros que se fueron a cristianar a los paganos de Inglaterra a finales del siglo VI: "Es a saber, que los templos de los ídolos de ese país no deben ser destruidos, sino solamente los ídolos que están en ellos; prepárese agua bendita y rocíense con ella esos templos, constrúyanse altares, colóquense reliquias... pues la gente no debe ver sus templos arruinados, para que más de corazón abandone su error y esté mejor dispuesta a acudir a los lugares que acostumbraba a conocer y a adorar al verdadero Dios... Pues es sin duda imposible arrancar de una vez todos los abusos de unas mentes endurecidas, así también el que ve que tiene que subir a un sitio muy alto, lo hace por grado o por pasos, y no a saltos". (Con reflexiones así es comprensible que a este monje convertido en Papa le pusieran por sobrenombre "Magno".)
       Por todo lo expuesto, no es sólo posible, sino hasta probable, que la Virgen de Luna recibiera tal denominación como consecuencia del sincretismo, de la fusión interactiva, de cristianismo y cultos fisiolátricos de los pueblos prerromanos de la comarca que, por sus características generales, se relacionan con los de los otros pueblos de esa parte peninsular conocida como Hispania indoeuropea (en la acepción explicada arriba).