En el dolmen de Las Agulillas

martes, 29 de diciembre de 2015

Pastoreando dólmenes: menhir de los Frailes (Villanueva de Córdoba).


     La zona a unos 5-8 km al sur de Villanueva de Córdoba, en el arco comprendido entre las carreteras a Adamuz y Obejo, es especialmente rica en monumentos megalíticos levantados durante la Prehistoria Reciente, en el Calcolítico o Edad del Cobre, hace unos cuatro o cinco mil años. En el sureste, por los pagos de las Almagreras y las Navas, Ángel Riesgo describió cinco megalitos (o sus restos tumulares) durante sus excavaciones de 1921-1935. Además de ellos, por este sector, concretamente en los Frailes o Serrezuela, unos 6,5 km al SE de Villanueva, se encuentra una muy interesante concentración de megalitos, pues en unos 650 metros se encuentran un menhir, tres dólmenes y, acaso, un crómlech.


     Estos monumentos se encuentran unos 400-500 metros al norte del cordel de Montoro, y en la ladera sur de un poderoso crestón granítico que tiene la orientación dominante en el batolito de los Pedroches, NW-SE.

Menhir de los Frailes.

     Hace unos 35 años que mi amigo Antonio Fernández me llevó a ver una roca singular que había localizado en la finca propiedad de su familia, y a la que denominó con acierto "monolito". Es uno de los escasos menhires conocidos en el norte de Córdoba; si cuando tratamos del otro del que tengo constancia, el menhir de Torrecampo, comprobamos que se encontraba casi escondido en el valle de un pequeño arroyo, este parece que se quiso hacer bien visible, pues se encuentra sobre una pequeña loma amesetada que domina el paisaje al sur y al oeste.



     Se trata de una roca de una pieza de granito rojizo, tallada someramente, con el cuerpo ligeramente cuadrangular y el extremo superior redondeado (se advierten los retoques laterales), lo que permite calificarlo de faliforme. Sobresale 110 cm del suelo, con caras de entre 40 y 48 cm.


 


      Ya comentamos al hablar del de Torrecampo que se han expuesto numerosas hipótesis para interpretar el significado de los menhires, y la peculiar forma de este de los Frailes permite asimilarlo a una de ellas, el que fuera como un elemento masculino que entrase en el femenino, la Tierra, para fecundarla y producir abundantes frutos (no olvidemos que cuando se construyeron la agricultura y la ganadería se habían convertido en la principal actividad económica). A falta de documentos escritos, poco más podemos hacer que conjeturar.
     En su cara sur cuenta con unas oquedades, que los especialistas denominan "cazoletas", una de las formas de decoración más características de este tipo de megalitos en España y resto de Europa, y que en la comarca de los Pedroches también encontramos en los restos del dolmen de los Fresnillos, también en el término de Villanueva, y situado unos 7 km al oeste del menhir.

 
     El menhir, por sí mismo, ya es sumamente interesante por su rareza, pero lo que lo convierte en más fascinante son los sepulcros megalíticos que se hayan en sus proximidades a unas cotas más bajas, y que el menhir parece dominar desde su elevada planicie. Además, cada uno de estos megalitos es de una forma diferente.

Los Frailes I (cista dolménica).

     El primero de estos sepulcros se haya a un centenar de metros al oeste del menhir, existiendo contacto visual entre ambos.


     Se puede definir como una "cista dolménica", como una especie de "caja" construida con ortostatos de granito, y acaso con una cubierta que se perdió con los tiempos, pues se encuentra bastante deteriorado, sin tener atisbo alguno de una cubierta tumular que lo cubriese.

 
 
     Es de pequeño tamaño, 106 cm en sus dimensiones norte-sur. Conserva cuatro ortostatos en pie y dos caídos; el más alto sobresale 45 cm del nivel del suelo. El granito de las rocas es de color rojizo, similar al del dolmen.


     Su tamaño es demasiado pequeño para albergar el cadáver de un adulto, e incluso de niños, por lo que podría ser el lugar de una inhumación secundaria, es decir, que los restos humanos se habrían introducido en él después de un tratamiento inicial. Esta modalidad de megalito, tipo cista dolménica, no es frecuente en la comarca de los Pedroches, donde son mucho más usuales los sepulcros de corredor e incluso algunas galerías dolménicas.

Los Frailes II (sepulcro de corredor).

     Unos 500 m al WNW del menhir se encuentra el segundo dolmen, fácilmente perceptible en el paisaje por conservar el túmulo de tierra que lo cubre, aunque no hay contacto visual desde él con el menhir.

 

     Al aproximarnos a él podemos comprobar que se trata del tipo que los especialistas denominan "sepulcro de corredor", en el que existen un recinto o cámara, y un pasillo de acceso, bien diferenciados el uno del otro.


     El pasillo tiene una orientación de 82º E, orientación dominante en la mayoría de megalitos de la comarca. También es frecuente en ella que los dólmenes cuenten en su cara oeste con un único y gran ortostato de cierre, como es este caso, que tiene 103 cm de alto, 59 cm de ancho y 29 cm de grosor máximo. Sus lados norte y sur conservan tres ortostatos, apreciándose en las inmediaciones varios más sueltos. Sus dimensiones son también modestas, 183 cm en el eje este-oeste y 91 cm en el norte-sur. En este caso, está hecho con materiales graníticos de color gris (con el gran crestón granítico que hay en las inmediaciones de los dólmenes, no escasean los materiales de construcción para ellos, precisamente).


Los Frailes III (galería dolménica).

     Como a 170 m al WNW del sepulcro de corredor (y a menos de 700 m del menhir) se encuentra el tercer megalito, que también destaca en el paisaje, aunque lo he marcado con un círculo rojo para mayor comodidad:


     Está también "desnudo", ahora no tiene un túmulo de tierra y piedras que cubra sus ortostatos, pero en la fotografía de arriba se atisba que sí lo tuvo inicialmente.


     Su morfología es diferente a los dos anteriores, un recinto alargado en el que no se puede distinguir una cámara de un pasillo de acceso, siendo del tipo denominado "galería dolménica". Conserva seis ortostatos (de granito gris) cinco de ellos en pie y el sexto, que lo cierra al oeste, tumbado.


     La orientación en su eje mayor es de 90º E, decididamente al saliente. El ortostato vencido del oeste tiene 114 cm de ancho, y de alto, visibles, 115 cm.


¿Y un crómlech?

     Cuando fui el otro día con Juanito me percaté que a algo más de medio centenar de metros del primer dolmen, la cista dolménica de los Frailes I, existe un círculo de piedras de buen tamaño y unos tres metros de diámetro:


     Al principio pensé que podría tratarse de los restos de una antigua cabaña de pastores, pero, normalmente, la tapia de piedras con la que se construían estaba compuesta por mampuestos de mucho menor tamaño que los que se aprecian en superficie, y, además, existen en la finca numerosas edificaciones en la que podían haber habitado los caseros, sin necesidad de recurrir a chozas. Así que di opción a plantear otra hipótesis mucho más atractiva, aunque con todas las reservas (porque los ortostatos, al menos lo visible de ellos, son de pequeño tamaño): podría tratarse de un crómlech.
     Este es otro de los tipos característicos de megalitos (junto con los menhires y los sepulcros dolménicos), cuyo nombre deriva de la lengua bretona, viviendo a significar "corona de piedras". Se conocen en la Bretaña francesa, en Gran Bretaña, Escandinavia y la Península Ibérica, siendo el más famoso de todos ellos el de Stonehenge. Pero hasta ahora no había tenido conocimiento de ellos en la parte oriental de los Pedroches (es posible que exista alguno en la occidental, por Belalcázar).
     Si para el menhir y los megalitos funerarios no tengo duda alguna, en este caso, la verdad, lo apunto como posibilidad de que fuera eso, un crómlech.

¿Necrópolis pétrea?

     ¿Cómo interpretar estos vestigios? La imaginación es una maravilla de la mente humana, pero para el análisis histórico de unas sociedades ágrafas puede ser sumamente peligrosa, y si algo debe llevarnos de la mano para comprenderlos ha de ser el sentido común. 
     La proximidad de todos ellos hace pensar que podrían haber estado relacionados. También me parece muy significativo que, estando tan cercanos los sepulcros unos de otros, cada cual sea de un tipo diferente. Se ha comprobado en otros lugares que, aunque fueran tumbas colectivas, el número de cadáveres depositados en ellos era escaso, y que en absoluto acogían a toda la comunidad, sino a determinados miembros de ella. Me da la impresión de que son a modo de panteones familiares a los que, de tanto en cuanto, se trasladaban los restos de algunos de sus miembros fallecidos para una deposición secundaria. Sepulcros de distintas familias (o clanes, o como se quiera denominar), que disponía de su propio espacio funerario, protegidos todos ellos por un eterno pastor pétreo, el menhir de los Frailes.


domingo, 8 de noviembre de 2015

"Por aquí pasó Abderramán III" (Puente califal en el camino del Armillat sobre el arroyo de Navalatienda, Villanueva de Córdoba).

Otra primicia de este blog sobre historia y arqueología del norte de Córdoba: un puente sobre el camino del Armillat, de la etapa del Califato de Córdoba.


     Hace unos meses un señor que había estado trabajando por la zona las Navas, próxima y al sur de Villanueva de Córdoba, me comentó que un día de fuerte tormenta el agua llegó a tapar el puente romano sobre el arroyo de Navalatienda. ¡Vaya! ¿Un puente romano? Algo sin duda interesante, que había que comprobar. Así que recabé la atención de Juanito, pues, fuera lo que fuera que viéramos, ya sólo un paseo por la Dehesa de la Jara, con una temperatura primaveral y la naturaleza renaciendo con las lluvias otoñales, merecía la pena.
     Sabiendo la zona y arroyo, hubiera sido poco complicado localizar el puente siguiendo su curso, pero más rápido aún fue preguntarle a mi amigo Antonio Jurado, un corredor de fondo que conoce a la perfección la red de caminos de esa zona. Y sí, lo conocía, llevándome al lugar. Así que desde aquí va mi agradecimiento a ambos.

El entorno.

     El puente se encuentra unos seis kilómetros al sur de Villanueva de Córdoba, y doscientos metros aguas abajo del lugar de unión del arroyo de la Fuente del Madroño con el de Navalatienda.


     El camino actual queda a menos de un centenar de metros al este del puente, pero desde él se comprueba que el trazado antiguo no corresponde con el que usa hoy, sino que se dirige al norte para converger ambos trazados unos doscientos metros más allá. Es presumible que cuando se cercó la propiedad con paredes de piedra se decidió trasladar el camino por el margen de la finca, para que no la atravesara. En la siguiente fotografía aparece en primer plano la caja del camino primigenio; el puente se atisba entre dos encinas, hacia el centro izquierda:


     Este camino es llamado actualmente camino de las Huertas de Navalmilano, pero hace un milenio era el Balat al-'Arus, "camino de la Montaña", conocido en la bibliografía actual más popularmente como camino del Armillat, la principal vía de comunicación entre Córdoba y Toledo durante el califato cordobés.


     El sitio concreto donde se encuentra se halla el puente es un auténtico cuello de botella en el que convergen varios arroyos que recogen las aguas de una considerable extensión de terreno y que pasan por ahí tras unas lluvias intensas. El lecho del arroyo es rocoso y abundan en las inmediaciones numerosas rocas de granito que sirvieron como material de construcción.

Descripción.

     El puente está prácticamente orientado norte-sur, elevándose su calzada sobre una obra de piedras de granito que la sustenta. La calzada está bien delimitada por dos hileras de piedras. Se pueden distinguir tres partes en él, los dos tramos a cada lado del arroyo y el vano central donde iría el tablero. La calzada mejor conservada es la del tramo norte, de 8,75 m de longitud y una anchura de 1,72 cm en su parte central:


     A ambos lados del arroyo se levantan dos estribos formados por mampuestos tallados y dispuestos mayoritariamente a soga, junto con numerosos ripios de relleno. En el lado del sur el estribo está bien conservado (1,90 m de anchura), pero unas zarzas ocultan la continuación de la calzada en dirección a Córdoba:


     No puede considerarse una obra de sillería, es decir, una "obra hecha con sillares bien trabajados y de juntas finas", pero sí se aprecia robusta, tal y como se muestra en el inicio del estribo de la parte norte:


     La unión entre los mampuestos fue con argamasa de cal, como se aprecia en este detalle:


     No tiene actualmente tablero, la parte superior de rodaje. Tampoco creo que nunca tuviera un arco de piedra, sino que desde el principio se pensó y fabricó para sostener un tablero horizontal de madera. El vano central tiene una luz, una anchura máxima, de 2,57 cm entre los dos estribos, elevándose 1,38 m sobre el nivel del arroyo en el estribo sur.



Adscripción cronológica.

     No existe ninguna inscripción que permita apuntar sobre su época de construcción, ni materiales cerámicos visibles incrustados en él que pudieran afinar sobre la época en que se levantó, mas no creo que sea del periodo romano. Tiene poca semejanza con otros puentes de esa época conocidos en la provincia de Córdoba, como el puente sobre el arroyo Salado (Villa del Río, Córdoba), con una obra íntegra en piedra y sillares bien trabajados:

(www.iaph.es/)

     Por lo que he visto en vías romanas que transitan por el batolito granítico del norte de la provincia de Córdoba, donde la dureza del sustrato permitía que en grandes tramos fueran una via terrea, era usual en los ingenieros romanos empedrar algunos tramos en pendiente cercanos a corrientes fluviales, como puede verse en la calzada que unía Eporai (Montoro) y Solia (Majadaiglesia, El Guijo); este tipo de obra está ausente en el puente del arroyo de Navalatienda.



     El camino del Armillat pasó en la Baja Edad Media a la red de caminos de la Mesta, pero parece una obra excesiva para que sólo pasara por él el ganado eventualmente, porque una cuestión básica es quién pagó la obra, por qué y para qué.
     Tampoco hay constancia de que en la Edad Moderna o incluso hasta comienzos del siglo XX las autoridades locales de Villanueva se plantearan realizar estas obras de infraestructura en caminos públicos. Según pude leer en el primer semanario de Villanueva, Escuela y Despensa, los arreglos realizados en los caminos hacia 1913-1915 eran amortizados por los propietarios de las fincas que se servían de él; considero que este puente sobrepasa las necesidades (y costes) de un propietario particular.
     Por eliminación queda por analizar la Edad Media, que es precisamente el tiempo al que se adscribe el camino del Armillat, donde se encuentra el puente. Para dirigirse desde el valle del Guadalquivir al centro de la Meseta, romanos y visigodos emplearon el camino de la Plata, pero al presentar graves problemas estratégicos (podía convertirse en una ratonera, como les ocurrió a los liberales de Villanueva de Córdoba y Pozoblanco que en 1835 fueron masacrados por una partida carlista en la Garganta, ya en la provincia de Ciudad Real), el califato cordobés construyó en el siglo X un nuevo camino a la medida de sus necesidades, el camino del Armillat. Discurría paralelo y a pocos kilómetros al oeste del de la Plata, igual de corto y rápido que él, pero tras abandonar la actual provincia de Córdoba al cruzar el río Guadalmez, salvaba las estribaciones de Sierra Morena por los puertos del Mochuelo y San Juan, y no por la Garganta y el Horcajo. El inconveniente que tenía es que, sobre todo para subir el escalón de la sierra desde el Guadalquivir, necesitaba de unas obras de infraestructura, especialmente puentes, que requerían un mantenimiento continuo. Mientras el gobierno de Córdoba fue fuerte y tuvo recursos este camino estuvo en uso, pero al colapsar el Califato el camino dejó de mantenerse para acabar abandonándose. Volvería a tener uso ya en el siglo XIV, formando parte de los caminos de la Mesta, como se ha comentado.
     El sistema de construcción del puente sobre el arroyo de Navalatienda es el usual de esta época: "En la Alta Edad Media, los puentes que se levantaban eran generalmente de vigas, con tablero de madera colocado sobre pilas de piedra o pilones de madera" (Jesús Ávila Granados, "Puentes fortificados medievales", La Aventura de la Historia 205, 2015, pág. 78). En este caso el tablero se apoyaba sobre unos estribos pétreos, que le conferían mucha mayor resistencia. Además, en ese punto el arroyo tiene un lecho de granito, sobre el que se podría levantar un pilar central de apoyo. Es una obra sólida, recia y práctica, sin grandes complejidades técnicas de construcción y fácil de mantener si se contaba con unas cuadrillas de obreros al uso de los antiguos peones camineros, algo que el Califato podía permitirse al ser su principal arteria para dirigirse al centro peninsular desde Córdoba..

     Así que hay un puente sobre un camino de al-Andalus, levantado según las técnicas de la Alta Edad Media, que no cuenta ni con la forma ni con los elementos de los puentes levantados en otras etapas, como la romana: parece evidente que se trata de un puente construido durante el Califato cordobés.
     Este verano Juanito fue a una actividad del Museo Arqueológico de Córdoba dirigida a los niños, en concreto "Un día en la corte Omeya". Les mostraban los distintos personajes de la corte, de los reinos cristianos que le época... así que como a Juan ya le sonaba algo este tiempo le comenté: "Por este puente pasó Abderramán III". "¿En una carroza?", me preguntó. "Probablemente, sí, pues era el monarca más poderoso de su tiempo" (además, las crónicas no lo describen, precisamente, como un avezado jinete). Esas actividades infantiles promovidas por el Museo de Córdoba son una maravilla para fomentar la "cantera", pero si puedes conocer el pasado "al natural", con verdaderos objetos y testimonios de los tiempos antiguos, (y con un absoluto respeto para con ellos) creo que se incentiva más la curiosidad de los pequeños, con la esperanza que de mayores conozcan y defiendan su patrimonio histórico.


miércoles, 14 de octubre de 2015

Al principio, fueron los caminos (en el origen de Villanueva de Córdoba).

     No sabemos cuándo surgió Villanueva de Córdoba (a finales del siglo XII, no). El documento más antiguo que la cita (con su primer nombre de Encina Enana) es de 1437, por lo que presumiblemente el nacimiento podría haber sido a finales del siglo XIV o comienzos del XV.
     En cuanto a los motivos para su fundación, Juan Ocaña Torrejón consideró que podrían haberse debido a los caminos, y creo que es una hipótesis bien acertada. Parece que Pozoblanco también surgió al amparo de la Cañada Real de la Mesta hacia el siglo XIV. Siglos más tarde, Conquista se fundó en 1579 por una provisión de Felipe II con el objetivo de crear una población estable en un "camyno donde an muerto por salteadores muchos honbres", eligiéndose para ello una venta en el Camino de la Plata llamada Casas Pajerizas (también conocida como Casas Pajizas, Porquerizas o Venta del Reogal). Desde finales del siglo XVIII comenzaron a asentarse vecinos de Villanueva junto a las ventas de Azuel, Cardeña y del Charco (en el entonces término de Montoro), aumentando en población hasta conseguir su independencia administrativa en 1930. Todas estas son localidades que surgieron de los caminos.
    Tras la definitiva inclusión del norte de Córdoba en el reino de Castilla desde mediados del siglo XIII se produjo una reordenación de las principales vías de comunicación entre el centro de la Meseta y el Valle del Guadalquivir: los caminos hacia Toledo por el oeste (Pedroche o Belalcázar) dejan de emplearse para tomar el más corto y cómodo Camino de la Plata (que por el norte de Córdoba transitaba por Adamuz y Conquista). Y aparece una nueva red de caminos relacionados con el tránsito ganadero de la Mesta, fundada a finales del siglo XIII y organizada a mediados del XIV.
     La Cañada Real Soriana entraba en tierras cordobesas al cruzar el río Guadalmez, transitando por El Guijo, Pozoblanco y continuando hacia el sur. Tras cruzar el Guadalmez se separaba de la Cañada Real un ramal que, dejando a su derecha a Torrecampo, continuaba hasta los parajes donde se halla Villanueva de Córdoba, y aquí se dividía en tres caminos: el llamado de Encina Enana a Adamuz; el camino del Rongil, que se dirigía a Obejo; y el camino del Armillat.
     Este camino del Armillat fue el camino principal entre Toledo y Córdoba durante el califato de Al-Andalus, en el siglo X, pero colapsado éste, y necesitado el camino de un costoso mantenimiento para salvar las primeras estribaciones de la sierra, el camino se abandonó en el siglo XI, para tomar el descrito por al-Idrisi y que transitaba por Pedroche. (Del mismo modo, la Cañada Real era una antigua vía romana, en desuso durante gran parte de la Edad Media, y revitalizada con la Mesta.)
     Por las fuentes documentales árabes se conoce que tras cruzar el Guadalmez en dirección sur, había en el camino del Armillat un manzil o posada llamada Calyena. El sufijo "-ena" es claramente tardorromano, mientras que el prefijo hace mención a un antiguo propietario llamado Cayo. No sabemos si tiene relación con Villanueva, pero parece que no debieron estar muy alejadas.
     El camino del Armillat [color rojo en el mapa] pudo ser el origen de Villanueva de Córdoba. Discurría por las calles Laguna del Pino, Sol, Nieve, Cruz de Piedra, Ventura, las Cañadas, Torrecampo, para continuar al norte en dirección al Puerto Mochuelo. Precisamente, en la calle Ventura existía una inscripción árabe fechada en el año 1002 (el mismo en que murió Almanzor), de carácter conmemorativo, aunque se  sabe a qué hacía referencia (en la actualidad, se encuentra en el Museo Arqueológico de Córdoba):


     Ya convertido en vía pecuaria, este camino del Armillat pudo configurar el primer eje urbano de Villanueva, auque, como ya observada don Juan Ocaña Torrejón, con una ligera variante respecto a su trazo original: en la calle Sol, en su cruce con la de San Blas, comienza una pronunciada cuesta que culmina en el Cerrillo de la Nieva. Para evitarla, desde el callejón de los Mazacotes iría a su izquierda, y por la calle Empedrada alcanzar la Fuente Vieja, que podría haber sido el primer foro urbano. Cerca de ella, en la esquina de las calles Cerro y Conquista (frente al teatro), estuvo la cárcel vieja, acaso construida cuando en 1499 se dieron las primeras autoridades. El final de la calle Cerro enlazaría con el trazado del antiguo camino califal.
     Como comentaba, desde mediados del siglo XV el Camino de la Plata se convirtió en el más importante entre Toledo y Córdoba. El Concejo de Córdoba había propuesto al rey en 1394 que se franquiciaran una docena de ventas donde los viajeros pudieran acogerse a viandas y a lo menester hubieran, así que se pobló de ventas, cuyos nombres suenan a todos los jarotes: Venta Orán, Venta los Locos, Venta Velasco o Ventas Nuevas.
     El viajero que se dirigiera al norte por el Camino de la Plata, tras pasar Adamuz y llegar a las inmediaciones de la actual estación del AVE, podría dirigirse hacia Villanueva y continuar hacia Pedroche, la principal localidad de la época en la comarca. Al entrar en la población actual el camino discurría por las calles Adamuz, Córdoba, San Sebastián, Real, Plaza de España. Desde aquí el viajero podía proseguir hacia Pedroche por la calle Herradores, o buscar de nuevo con el Camino de la Plata tomando las calles Mártires, Conquista, Cruz de Piedra y Navaluenga.
    Este camino, que desde el de la Plata iba hacia Pedroche [color azul en el mapa], se convirtió en el nuevo eje urbano de Villanueva. Una amplia explanada, la plaza actual, donde el agua subterránea es abundante, fue a partir de entonces el núcleo de la vida social jarota. Se levantó allí la iglesia de San Miguel, aunque en el mismo camino también se levantaran dos ermitas en el siglo XVI, la de Jesús y la de San Sebastián. Quizá como consecuencia de la nueva categoría de Villa adquirida en 1553, se construyó un edificio para el Concejo municipal, la Audiencia; igualmente, se edificó en la plaza un pósito para almacenar los cereales (el actual ayuntamiento). Como en todas las poblaciones de entonces, junto a la iglesia principal se hizo el cementerio, que se mantuvo allí hasta 1813, cuando se construyó uno nuevo junto a la ermita de San Gregorio (hoy en día, los jardines de la biblioteca).
     A partir de los padrones parroquiales he podido establecer los límites urbanos de Villanueva de Córdoba en 1771, como se muestra en el mapa adjunto (nótese que entonces no existía la calle Olivo, que se abrió a comienzos del siglo XX):

 
En él se han marcado los dos caminos sobre los que surgió y fue articulándose la actual Villanueva de Córdoba. El del Armillat se quedó se forma marginal, formando el límite de la población




martes, 13 de octubre de 2015

Villanueva de Córdoba NO surgió en los últimos años del siglo XII (errores históricos en el Diario Córdoba).

     El día de la romería de la Virgen de Luna, el pasado domingo 11 de octubre, iba por el camino del santuario cuando oí a un señor mayor explicar el origen de Villanueva a las personas jóvenes que iban con él. No los conocía, pero por su acento, claro seseo, denotaba no vivir habitualmente en esta localidad, y el que participara en su romería, y se interesara por su historia, me hacían presumir que sus orígenes estaban allí. En concreto, ese señor les decía a sus acompañantes que Villanueva nació a finales del siglo XII.
     Eso es algo completamente incorrecto, pero es precisamente la información que había aparecido en el Diario Córdoba del 9 de octubre, en la página 7 de un monográfico dedicado a la Feria del Jamón Ibérico de Villanueva de Córdoba:


     No sé quién es el autor, pues sólo aparecen las iniciales B. R. Z., pero sí puedo garantizar que el artículo es flojillo tirando a malo. Por ejemplo, copio su primer párrafo: "La villa actual de Villanueva de Córdoba surgió en los últimos años del siglo XII con el nombre de 'Encinaenana'. Según los historiadores, su fundación habría sido debida a vaqueros de Pedroche establecidos en ella desde comienzos de ese siglo". Esa fue la opinión de Juan Ocaña Prados (página 23 de su libro "Historia de la Villa de Villanueva de Córdoba", de 1911): "Sábese por datos adquiridos, dignos de crédito, que Villanueva de Córdoba empezóse a fundar en los últimos años del siglo XII, siendo sus primeros pobladores unos vecinos de Pedroche, villa de muy remota antigüedad, que en el año 1155 fue ganada a los moros por el Emperador Alonso VII, adquiriendo gran importancia y haciéndose famosa por su poderío y extensa jurisdicción, que comprendía todo el terreno que hoy constituyen los términos de las siete villas de los Pedroches".
     Pues no, podemos disculpar a don Juan Ocaña, pero eso es algo plenamente superado, y ningún historiador serio actual le da el menor crédito. No hay nada en absoluto que indique que Villanueva naciera en el siglo XII.
     Alfonso VII conquistó a mediados del siglo XII Pedroche y otras plazas y castillos del norte de Córdoba y zonas aledañas de Extremadura y Castilla-la Mancha, y el lugar se convirtió en la frontera entre los contendientes. A esto se unió que la gran mayoría de caminos entre el valle del Guadalquivir y el centro de la Meseta transitaran por los Pedroches, lo que hizo de la comarca una zona altamente insegura. Por ejemplo, en el año 1172 el conde Sancho Ximenez y las milicias de Ávila saquearon Écija (Sevilla) y la campiña cordobesa, retirándose al norte por el vado de Montoro en el Guadalquivir. Sus perseguidores tomaron otro camino más corto para interceptarlos, por Pedroche, y cuando llegaron a esa ciudad la encontraron deshabitada. Si la población más importante de la zona, protegida por un castillo, no pudo conservar a sus habitantes, parece altamente improbable que aparecieran otras nuevas a finales del siglo XII. Como dicen las abuelas de tierras, no estaba entonces el horno para bollos. (Más bien, para tortas.)
     Si, como parece lo más probable, la actual población de Villanueva surgió donde está como consecuencia de los caminos de la Mesta, habría que esperar a que esta surgiera a finales del siglo XIII, y se organizara a mediados del XIV, para que naciera la entonces Encina Enana. Podría haber sido a finales del siglo XIV o comienzos del XV.
     De hecho, el documento más antiguo en el que aparece el nombre de la población es de 1437, dado a conocer por don Miguel Muñoz Vázquez en la "Revista de Feria de Villanueva de Córdoba" de 1989:


     Se trata de una declaración en la que un vecino de Adamuz manifestaba que tenía una posada denominada del Guijo, y que se la había quemado un "ome de Ensina Enana", un hombre de Encina Enana, por lo que le había pedido 500 maravedís de indemnización. Gracias a nuestro accidental pirómano, el primer jarote documentado aunque desconozcamos su nombre, sabemos que en 1437 había un núcleo de población llamado Encina Enana, y que así era conocido por las poblaciones vecinas. No tenía carácter de villa, por lo que su consideración sería la de "lugar".
     En definitiva, lo más probable es que Villanueva de Córdoba apareciera a finales del siglo XIV o comienzos del XV, en absoluto en el siglo XII.

     Continuando con el artículo, al tratar de la arquitectura local y monumentos más representativos, el autor vuelve a lucirse, pero como Cagancho en Almagro: cita la iglesia de San Miguel, la Audiencia, el actual Ayuntamiento y los conventos de las Obreras y Cristo Rey (ambos del siglo XX). Omite las dos ermitas del siglo XVI, una de ellas, la de San Sebastián, en uso actual como parroquia:


     Al tratar de las casas, dícese en el artículo: "El granito, tan abundante en nuestra tierra, ofrece una arquitectura arquitrabada de gran solidez, dando lugar a una estética de gran belleza". Como es sabido, el término "arquitrabado" hace mención al sistema arquitectónico que emplea elementos de cierre horizontales, desconociendo el arco y la bóveda. Pues precisamente la arquitectura tradicional jarota, especialmente la surgida a partir de las desamortizaciones de mediados del XIX, se basa en las bóvedas de arista y arcos con ligera herradura:





     Como las casas de las fotografías de arriba las hay a cientos en Villanueva, y su interior es cualquier cosa menos "arquitrabado". Extraña que en el artículo se hable de "nuestra tierra" (o de "los que nos visitan"), y luego no se conozca el interior de sus casas.

     La guinda del pastel es el comentario bajo la fotografía que ilustra el artículo: "Esencia. La cultura del jamón ibérico de bellota, muy arraigada en este pueblo cordobés". Nací en este pueblo cordobés, vivo en él, me preocupo por su historia y su carácter, y jamás pensé que tuviéramos una "cultura del jamón ibérico de bellota". ¿Y por qué no también otra de ibérico de recebo? Como también diría una abuela local, eso es una gilipollá como un demonio de grande. Incluso habría que consultar la obra de don Pancracio Celdrán para saber en qué categoría de estulticia se puede adscribir al autor de esa sandez, pues sólo alguien especialmente obtuso, y encantado de serlo, puede creer que existe una "cultura del cerdo ibérico de bellota".
     El cerdo, per se, no genera ningún tipo de ámbito cultural; es una parte más de la gran diversidad de las dehesas; y son ellas, su peculiar modo de génesis y aprovechamiento, y el sustrato en el que se desarrollan, los que engendran parte de las condiciones de creación de la cultura jarota (otra buena parte está por las pizarras). De todas formas, le preguntaré a una amiga de Pontevedra si en su tierra tienen una cultura de lacón con grelos.

     Me molesta tener que escribir sobre estas cuestiones, pero me molesta mucho más, vamos, que me cabrea, el escaso respeto con que se trata la historia de mi tierra, sea desde los medios de comunicación o académicos de la capital cordobesa. Y más cuando confunden a la buena gente que quiere acercarse a ella transmitiendo información caduca, errónea e indocumentada. Si querían hacer un artículo digno, serio, riguroso y ameno podrían haber contactado con Bartolomé Valle Buenestado, por ejemplo, catedrático de Geografía y Cronista de Villanueva de Córdoba. Entre B. R. Z. y B. V. B. hay una gran diferencia, de tamaño sideral. Mientras que el segundo debiera de ser el que redactara los artículos que mostraran al público en general a Villanueva, sus gentes, sus dehesas y su cultura, el primero tendría que ir a conocer y guardar los gorrinos en su hábitat natural, pues para escribir sobre Villanueva, su economía o patrimonio cultural, demuestra no estar cualificado en absoluto.
     El papel lo aguanta todo. Sólo hay que acercarse a cierta prensa provincial para comprobarlo.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La cora de Fash al-Ballut: ¿herencia visigoda?

      Según el historiador del siglo X al-Razi la articulación política y administrativa de al-Andalus se basó inicialmente en la que se encontraron los musulmanes al llegar a la península. Algunos investigadores actuales comparten esta opinión, mientras que para otros el marco territorial de al-Andalus no tuvo que ver nada con los precedentes romano y visigodo. 

     El norte de la actual provincia de Córdoba estuvo encuadrado durante al-Andalus dentro de una demarcación (cora) conocida como Fash al-Ballut. Para intentar conocer su origen analizaremos sus límites, antigüedad, y especialmente, su relación (o no) con las administraciones territoriales anteriores de la comarca, en las etapa romana y visigoda.


     El norte de la actual provincia de Córdoba fue conocido ya a finales del siglo VIII como Fash al-Ballut (Campo o Llano de las Bellotas), aunque el viajero Idrisi, a mediados del siglo XII, llamara a la zona al-Balatita (Provincia de las Bellotas). Ya vimos que se trataba de una cora, de una división de la administración territorial de al-Andalus, que se articulaba en tres niveles: de menor a mayor, la qarya o alquería, iqlim (circunscripción) y kura (provincia). Así que cualquier lugar o persona se podía encuadrar en el territorio de una aldea (qarya), que a su vez pertenecía a una circunscripción (iqlim) de tal provincia (kura).

Límites por el sur de al-Balatita en los Pedroches.

     Se pueden conocer los límites meridionales de los tiempos finales de la cora. Tras la conquista de la capital cordobesa por Fernando III en el año 1236 comenzó la ordenación del territorio. Para ello se emplearon los cánones castellanos (concejos, parroquias), pero manteniendo la antigua división administrativa andalusí. En el último tercio del siglo XIII las parroquias de Obejo (en la sierra cordobesa) y de Pedroche establecieron su límite, magníficamente estudiado por E. Ricardo Quintanilla González (2003), cronista de Obejo. El límite del alfoz de la parroquia de Obejo vendría a corresponder con el de al-Balatita.



     Como puede comprobarse en el mapa de arriba, el límite sur de la Provincia de las Bellotas es casi coincidente con el del batolito granítico de los Pedroches. Las sierras colindantes con la planicie granítica estarían directamente bajo el control de la ciudad de Córdoba.
     Al este del meridiano de Villanueva de Córdoba es difícil precisar cuáles fueron los límites de la cora. Si los límites del Arcedianato de Pedroche en el siglo XIII eran herederos directos de la administración territorial almohade, al-Balatita se extendería hacia el este hasta el actual limite entre Villanueva de Córdoba y Cardeña (Montoro hasta 1930).

Antigüedad de la cora de Fash al-Ballut.

     La que se consideró tradicionalmente la referencia más antigua a esta provincia se databa a mediados del siglo IX, durante el reinado de Muhammad I. Pero en las mismas fuentes textuales árabes nos encontramos con una referencia directa mucho más antigua, otra indirecta pero igualmente evidente de una mayor antigüedad, y, por otro lado, un indicio en la misma existencia y nombre de Fash al-Ballut.
     Recordemos que en la Historia de los Jueces de Córdoba de al-Jusani se cuenta en la biografía de un cadí natural de los Pedroches, Sulayman b. Aswad, cómo, poco antes de cumplir cien años lunares, mostró a sus amigos un documento en el que su padre, Aswad b. Sulayman, había anotado la fecha de su nacimiento. Tal documento era una carta dirigida por el emir Hisam I a Aswad b. Sulayman, juez de la parte norte de Andalucía, del Llano de las Bellotas y comarcas vecinas, en el que se le ordenaba recaudar y distribuir ciertas contribuciones que se detallaban en el documento. (Esta era una de las funciones de los jueces militares, cargo que tuvo el padre de Sulayman b. Aswad). Dado que Hisam I gobernó entre los años 788-796, quiere decirse que la cora de Fash al-Ballut estaba perfectamente formada y definida a finales del siglo VIII. Se comprueba también que la parte al norte de Córdoba, "el Llano de las Bellotas y comarcas vecinas" estaba bajo la autoridad de una persona; un motivo podría haber sido la ausencia o escasez de núcleos urbanos de entidad en la que asentarse. (Durante el califato fue frecuente que un gobernador tuviese a su cargo varias provincias, entre ellas Fash al-Ballut, lo que hizo suponer a algunos que la cora habría desaparecido entonces. No parece que fuera así, pues hay referencias específicas a cadíes de Fash al-Ballut en tiempos de los dos primeros califas, y que la costumbre de agrupar a Fash al-Ballut con otros territorios para que fueran gobernados por una sola persona venía de tiempos antiguos.)
     Otro dato que confirma la antigüedad de Fash al-Ballut al menos a finales del siglo VIII es la nisba "al-Balluti". La nisba es la parte del nombre árabe que hace mención al origen étnico, tribal, familiar o geográfico de una persona. Una persona que lo portó fue Abu Hafs Umar ibn Suayb al-Balluti, quien en el año 818 participó en el famoso motín de Saqunda, en el que los cordobeses de este arrabal al otro lado del río se rebelaron contra el emir. Tras ser derrotados muchos salieron para el exilio; un grupo de ellos, liderado por Umar al-Balluti, logró apoderarse de la isla de Creta, en donde se mantuvo su dinastía casi siglo y medio. Dadas las fechas y los hechos, Umar debió de nacer en los últimos años del siglo VIII, o como mucho en los inicios del IX, y dada su nisba, Fash al-Ballut debía existir ya cuando él nació.
     El tercer elemento que podría remontar la antigüedad de Fash al-Ballut a los primeros tiempos de al-Andalus es su propio nombre, que implica la existencia de un encinar, que fuera descrito en el siglo X por al-Razi o en el XII por al-Idrisi. Como bien sabemos quienes vivimos en la gran Dehesa de la Jara, la dehesa es fruto de la intervención humana en el monte mediterráneo, eliminando el matorral para favorecer el crecimiento de arboleda y pastos, creando un espacio, seminatural, susceptible de un aprovechamiento agropecuario. Las excavaciones realizadas en el poblado madrileño de Gózquez, habitado entre los siglos VI-VIII, muestran que el paisaje alrededor de la aldea aparentemente fue desforestado, con grandes áreas de praderas para pastos que favorecerían la aparición de una economía mixta, apoyándose tanto en la agricultura como en la ganadería: eso es precisamente una dehesa.
     Las excavaciones realizadas por Ángel Riesgo en los Pedroches entre 1921-1935, más los hallazgos posteriores, muestran que la comarca de los Pedroches tuvo tuvo una población relativamente abundante durante la etapa visigoda; así que si los musulmanes denominaron a estas tierras como el "Llano de las Bellotas" es porque cuando llegaron ya se encontraron los encinares.

La administración territorial romana.

     Durante el periodo romano la comarca de los Pedroches estaba integrada dentro del convento jurídico de Córdoba. Conocemos relativamente bien la administración territorial de la comarca durante este tiempo, gracias al trifinio de Villanueva de Córdoba. Hacia donde está actualmente esta población confluían los territorios de tres ciudades. Dos de ellas, Epora (Montoro) y Sacili (Alcurrucén, Pedro Abad) estaban al sur, junto al rio Guadalquivir, mientras que la tercera, Solia (Virgen de las Cruces, El Guijo) se hallaba al norte del trifinio. Esto quiere decir que la jurisdicción territorial de Epora y Sacili llegaba en tiempos romanos hasta Villanueva, siendo quizá la frontera entre estas dos ciudades y su vecina Solia la divisoria de cuencas entre el Guadiana o Guadalquivir, o algún otro hito como una calzada que discurriera en dirección W-E. Como sabemos que en época almorávide la linde meridional de la cora de al-Balatita estaba situada muy al sur de Villanueva, se desprende que los límites por el sur de Fash al-Ballut no dependieron de la administración territorial romana.


     No alcanzo siquiera a atisbar ningún interés en el gobierno omeya por desvincular el norte de la actual provincia de Córdoba del control directo de la capital omeya, qué beneficio le podría suponer esa situación. A menos que, como dijera Ahmad al-Razi (historiador de cabecera omeya), los musulmanes mantuvieran la división provincial que existía a su llegada. Y sí existe un tiempo, en la segunda mitad del siglo VI, en la que podría haber producido la ruptura política y administrativa entre Córdoba y el norte de la actual provincia

La desconocida etapa visigoda.

     Para el periodo posterior romano no disponemos de ninguna fuente documental (literaria o arqueológica) que nos ilumine sobre la cuestión de la administración del territorio durante la etapa hispanovisigoda, y entramos en lo que es el campo de las conjeturas, aunque intentando aplicar el sentido común: no hemos de suponer que sólo existió lo que se ha conservado en las fuentes literarias, pero si se plantean argumentos desde conjeturas, el esfuerzo de razonamiento ha de ser superior.
     La base para la articulación política y administrativa del reino de Toledo fueron las ciudades. Ignoramos si en el norte de Córdoba existió algún lugar de población con tal categoría. En la Virgen de las Cruces, lugar donde estuvo con gran probabilidad, la ciudad romana de Solia, hay evidencias de su actividad entre los siglos I d.C. y comienzos del IV d.C., pero sólo hay un fragmento de inscripción de época visigoda. El baptisterio tetralobulado en la actual ermita y una pátena litúrgica de finales del siglo VII o comienzos del VIII indican la existencia de una iglesia, aunque no su pervivencia como ciudad.
     Tampoco sabemos cuándo se produjo la fundación de la que fuera capital de Fash al-Ballut, Bitrawsh (Pedroche), si fue en el periodo de al-Andalus o ya estaba antes, aunque en la tradición local de la comarca se han mantenido leyendas sobre su origen visigodo.
     Me parece muy significativo que Fash al-Ballut estuviera desvinculada territorial, administrativa y jurídicamente de la capital cordobesa en la etapa musulmana, cuando había estado bajo su órbita en el periodo romano. Las únicas circunstancias históricas que conozco que pudieran haber provocado tal ruptura se produjeron en el siglo VI. El que los documentos que nos han llegado de esa no nos digan nada sobre esto, repito, no quiere decir que no se produjera, obviamente.
     Tras el colapso del Imperio romano y las migraciones a comienzos del siglo V, las aristocracias nativas coparon el poder, y en muchos casos no estaban dispuestas a cedérselo a unos nuevos soberanos, visigodos, que decían ser portadores de la legitimidad. Dentro de esta óptica, y no desde las tensiones religiosas, hay que entender la lucha entre Agila y los cordobeses.
     En el año 550 el rey Agila entraba en Córdoba, y según San Isidoro de Sevilla, profanó la iglesia del mártir local Acisclo, usándola como establo. Los godos eran arrianos frente al catolicismo de los hispanorromanos, pero no solían emplear la fuerza en materia religiosa; su peculiar confesión era una manera de afirmar su identidad grupal, siendo una minoría de la población hispana.
     Los cordobeses derrotaron a Agila, apoderándose del tesoro real y matando a un hijo suyo. Agila tuvo que retirarse a Mérida y unos pocos años después fue asesinado allí, eligiendo la nobleza a Atanagildo. El nuevo rey había llamado en su apoyo a los bizantinos, pero Justiniano, que se había apoderado del norte de África y gran parte de la península itálica, aspiraba a reconquistar Hispania para sus dominios. Las tropas imperiales se asentaron en una franja costera, con ciudades importantes como Cartagena. No hay constancia de que dominaran directamente Córdoba, pero su sola cercanía haría que los monarcas visigodos tomaran medidas, como copiar a los bizantinos e instalar colonos militares de forma permanente cerca del enemigo en tierras reales a cambio de sus servicios. La nobleza goda habría ido asumiendo a la vez más funciones militares y fiscales.
     Atanagildo reconquistó Sevilla, pero fracasó en los intentos de apoderarse de Córdoba (566-567 d.C.). En el año 572, ya en el reinado de Leovigildo, se produjeron numerosas revueltas campesinas que obligaron al rey a someter a muchas ciudades y fortalezas. En Córdoba habitaban los potentiores, la gran aristocracia latifundista hispanorromana, que no estaba en absoluto contenta con el intento de unificación y control del territorio peninsular por parte de Leovigildo. En ese mismo año de 572 Leovigildo logró conquistar Córdoba tras un sangriento asalto nocturno.
     Once años después, derrotado Hermenegildo se refugió en Córdoba. En la ciudad existía una guarnición bizantina, que fue sobornada por Leovigildo, apresando luego el rey a su hijo rebelde. La presencia de tropas imperiales aprovechando la coyuntura demuestra lo delicado de la situación.
     ¿Es posible que durante el tiempo en que duró la insurrección cordobesa la comarca de los Pedroches hubiera quedado fuera de su control directo? ¿O fue esa insurrección la que obligó a algún rey, quizá Leovigildo, a crear una entidad territorial ajena al ámbito de la capital cordobesa? Era una zona no lejana de la frontera, susceptible de un aprovechamiento agropecuario capaz de generar los excedentes suficientes para mantener al campesinado y equipar guerreros. Y, creo que especialmente, porque por la comarca discurrían los caminos más cortos y rápidos entre Toledo y Córdoba.
     Quizá fuera entonces, en la segunda mitad del siglo VI cuando se creara una circunscripción territorial acorde con los intereses del Reino de Toledo, desligada de la levantisca ciudad de Córdoba y con la que se encontraron los musulmanes tras arribar a la península, conservando sus límites pero dándole un nuevo nombre acorde a su esencia geográfica: Fash al-Ballut.

viernes, 21 de agosto de 2015

La liosa transmisión de apellidos (II) durante la Edad Moderna: el apellido Rojas de Villanueva de Córdoba.

     Me comentaba el otro día un amigo que había comprado los escudos de su primer apellido y el de su esposa. Como motivo decorativo pueden quedar la mar de monos, pero, desgraciadamente, lo más probable es que esos "escudos" nada tengan que ver con la familia de mi amigo. Este es un estereotipo falso pero muy arraigado, y para desmontarlo hay que ir, como Jack, por partes. Veamos primero que són los "escudos de armas", luego las familias o linajes para concluir con un ejemplo práctico de nacimiento y transmisión de apellidos.

Los escudos heráldicos.

     Durante la Plena Edad Media los caballeros acudían al combate con una armadura que los cubría por completo, lo que imposibilitaba su reconocimiento. En el siglo X, pero sobre todo ya iniciado el XI, es cuando surgen en Francia, Inglaterra, Alemania y España los escudos de armas, como un modo de distinguir a los caballeros en los combates. También eran un signo de identidad. Dado que en el equipo militar de la época el escudo defensivo era la pieza que tenía una superficie más amplia, susceptible de ser decorada, fue el lugar preferido para dibujar los símbolos de cada guerrero. Al principio, los escudos eran personales, como signo de identificación militar exclusivamente, pero avanzando el tiempo su uso se extiende a la familia, ampliándose también a mujeres y religiosos
     Si en su origen fueron distintivos de los guerreros que necesitaban identificarse durante el fragor de la batalla, evolucionó para convertirse en un símbolo de distinción de una familia o linaje. Además de los guerreros y sus familias, posteriormente, los blasones también fueron usados por los miembros más acomodados del estado llano, y más adelante pasaron a identificar estados, poblaciones o corporaciones.
     En el siglo XV se comienza la ordenar la materia con la instauración de reglas heráldicas, pues la primitiva adopción de escudos era algo voluntario y de carácter personal, careciéndose entonces de normas de regulación de su uso. Ocurría que algunas personas no se conformaban con recibir el blasón de sus antepasados, sino que preferían uno particular. [No eran de la opinión de Clotulfo, personaje de "La venganza de Don Mendo": "Que en la más alta torre / luzca el pendón de su abuelo, / que no hay un pendón más grande, ni más noble, ni más viejo." Obviamente, esas personas preferían pendones nuevos.]

Apellidos hereditarios.

     Según el DRAE, apellido es el nombre de familia con el que se distinguen las personas. También tiene otra acepción como sobrenombre o mote.
     La función del apellido es servir de complemento al nombre, pues dada la repetición de nombres cuando en la misma población vivían varias personas como el mismo nombre, había que distinguir a unos de otros, como "Juan el de la Fuente" o "Juan el Herrero".
     Los apellidos comenzaron a fijarse durante la Edad Media, con la aparición de documentos legales y notariales. Los escribanos anotaban junto al nombre del interesado el de su padre, profesión u origen, con el fin de identificarlo plenamente. Al principio, esta documentación fue exclusiva de las élites, pero la paulatina extensión de la documentación notarial (ventas, herencias, transmisiones...) como la de los archivos parroquiales, hizo que se extendiera al conjunto de la población el uso de un distintivo junto al nombre de pila, que acabaría convirtiéndose en nuestros apellidos hereditarios.
     Para la formación de este segundo nombre hubo distintos caminos. Uno de los más antiguos habría sido el empleo de algún apodo o mote. Se ha valorado que, incluso actualmente, se mantiene en las zonas rurales la costumbre de emplear apodos para denominar a alguna persona, y que estos motes se heredan: del mismo modo, se hicieron hereditarios los segundos nombres o apellidos.
     En Castilla, León y Navarra se hizo tradición emplear como apellido el nombre del padre de la persona, seguido del sufijo "-ez", con el significado de "hijo de". Así, por ejemplo, Juan Pérez venía a significar "Juan, hijo de Pedro" (en ruso, sería Ivan Petrovich). Estos apellidos, denominados patronímicos, son los más abundantes actualmente en España (de los veinte apellidos más frecuentes, solo dos no tienen este origen en el nombre paterno: Moreno, el 15º más frecuente, y Romero, el 18º).
     No siempre se usó el nombre del padre de este modo, algunos lo tomaron de modo natural (sin el "-ez"), o añadiendo la preposición "de". García o Martín era, a la vez, nombres de pila y apellidos patronímicos: Juan Martín, "Juan, hijo de Martín"; Francisco García, "Francisco, hijo de García".
     Veamos un ejemplo de estos tiempos, un documento fechado en 1295 referente a una donación que hace un matrimonio cordobés. Él se llamaba Fernando Meléndez, hijo de Melén Peláez y doña Velasquita, y ella era Sancha González, hija de Gonzalo Ibáñez de Palma y doña Urraca Fernández. Salta a la vista que los apellidos de ambos derivan directamente del nombre de sus padres.
     En el mismo documento se citan a otras personas, como Fernando Pérez el carbonero, o Pedro Martín el Rubio: ambos sobrenombres, apodos o profesiones, acabarían por convertirse en apellidos hereditarios.
     Éstos surgen como tales, a transmitirse de padres a hijos, hacia los siglos XIII y XIV: en cuanto a la documentación legal o notarial, cualquier persona o familia que tuviera alguna propiedad o derechos estaba interesada en hacer constar un nombre hereditario, como identificativo de su familia, para hacer constar y valer sus derechos sucesorios.
     Al principio, hubo una libertad absoluta para adoptar el segundo nombre o apellido. En el siglo XV aparecen más o menos consolidades los apellidos hereditarios, debido en parte a la instauración en las parroquias de los libros de bautismos, matrimonios y defunciones. Pero no en todos los sitios fue así. Ya comprobamos cómo hasta mediados del siglo XVIII la mitad las personas que contraían matrimonio en Villanueva de Córdoba contaban con apellidos que no guardaban relación alguna con los de sus padres (en estos casos sí la tenían mayoritariamente con los apellidos de sus abuelos.) No sería hasta la instauración del Registro Civil en 1870 cuando se fijase el uso obligatorio y de carácter hereditario de los apellidos paternos, y quedara fijada la forma de escribirse el apellido (Sanz, por ejemplo, fue en su origen la abreviatura de "Sánchez", convirtiéndose en apellido propio.)
     Uniendo los dos epígrafes, escudos y apellidos, se colige que el escudo representa a una familia o linaje determinado (el linaje es la ascendencia o descendencia de cualquier familia). Pero no todas las personas con el mismo apellido pertenecen al mismo linaje: los más de tres millones de españoles que tienen a García por apellido no descienden de la misma persona, sino de un número indeterminado de personas que se tenían a García por nombre de pila, y lo transmitieron como apellido patronímico. Por lo tanto, no todas las personas con igual apellido, especialmente patronímico, tienen "derecho" al mismo escudo". La única manera objetiva y fiable de conocer el linaje de cada persona, la ascendencia o descendencia de una familia, es ir remontándose generación a generación en la documentación conservada en registros y archivos.

Un ejemplo de la complejidad en la transmisión de apellidos: Rojas de Villanueva de Córdoba.

     Mis dos abuelos tuvieron por apellidos Palomo Rojas, y mi abuela paterna fue Rojas Zamora. Al hacer el estudio de la genealogía familiar comprobé que en los tres casos el apellido Rojas procedía de la misma persona, Antonio de Rojas.
     Se casó el 22-04-1725, y según consta en su partida de matrimonio los padres de Antonio de Rojas fueron Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez.:



      Antonio de Rojas nació el 04-03-1702, y en su partida de bautismo:


también consta que sus padres fueron Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez. Esta disparidad de apellidos entre una persona (Rojas, en nuestro caso) y el de sus padres (Sánchez de Luna y Martínez) fue frecuente (como se ha apuntado antes) hasta mediados del siglo XVIII en Villanueva de Córdoba.
     En la gran mayoría de casos esta divergencia se explica porque los apellidos se transmitían de abuelos a nietos, así que busqué la partida de matrimonio de sus padres, Pedro Sánchez de Luna y Francisca Martínez. Éste se produjo el 04-02-1686:


     En este documento se dice que los padres de Pedro Sánchez de Luna fueron Juan de la Cruz del Castillo y Ana del Pozo, y los de Francisca, Antón Delgado y Francisca Ruiz la Paloma. (Era también frecuente que la misma persona apareciera con distintos apellidos en la documentación: Francisca Martínez cuando tiene a su hijo Antonio, y Francisca Ruiz cuando se casa.)
     Durante años estuve confuso por completo, al no poder comprender de dónde le había venido el apellido Rojas a mi ancestro, hasta que un día, al revisar su partida de bautismo, me percaté en un detalle que se me pasó por alto la primera vez:

    La madrina de bautismo de Antonio de Rojas fue María Ruiz la Rojas. La sorpresa fue mayúscula. Así que Antonio debía su apellido no a los de sus padres o abuelos, ¡¡sino al de su madrina!!


     Volviendo al origen del artículo, los escudos heráldicos, si una persona natural de Villanueva con el apellido Rojas acudise una de las numerosas páginas que hay en la red sobre la materia, al consultar su apellido se encontraría un escudo como éste:

y este comentario: "Su primitivo solar radicó en el lugar de las Rojas, de cuyo nombre se derivó el apellido; ese lugar, hoy villa, que pertenece al partido judicial de Briviescas y provincia de Burgos, y se tiene por seguro que allí tuvo su arranque la familia..." (descripción y escudo tomados de   http://www.blasoneshispanos.com/, entrada en linaje "Rojas").
      La verdad es que no sé qué relación pudo tener María Ruiz la Rojas con los Rojas de Briviescas, pero Antonio de Rojas, tatarabuelo de mi tatarabuelo, ninguna.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Pregón de la feria de Villanueva de Córdoba 2015

     He tenido abandonado al blog durante todo el mes de julio, porque a primeros del mes la Corporación Municipal me propuso que diera el pregón institucional de la Feria y Fiestas de Villanueva de Córdoba de este año. Ser el representante de tu pueblo es un honor, pero también es una gran responsabilidad, y por ello dediqué todo mi esfuerzo al pregón.
     El domingo pasado tuvo lugar su lectura en la Biblioteca Municipal. Desde hace cuatro años se vienen editando los pregones anuales en unos pequeños libritos, y hasta que se edite voy a incluir en este blog una parte de mi pregón. Éste constaba de tres partes: ferias, fiestas y Villanueva de Córdoba; copio la segunda, la referente a las fiestas.



2.- FIESTAS.

2.1.- El carácter de las fiestas.

Las fiestas son el segundo elemento a considerar. Aunque parezca una contradicción, las fiestas son una cosa muy seria. El mismísimo Yahvé, poco dado a las bromas, se lo dejó bien claro, y por escrito, a Moisés en sus tablas de la ley: santificarás las fiestas; él mismo se había tomado un día de fiesta tras la creación del Universo.
Creo que las fiestas tienen su causa primera en una característica de nuestra especie que nos distingue del resto de homínidos: la capacidad para entrar en la mente del otro, para saber lo que piensa. Los conocimientos y la experiencia se multiplican y se transmiten, tanto horizontalmente, entre los miembros de un conjunto, como verticalmente, de generación en generación. Esto nos llevó a evolucionar no como individuos, sino como grupo. Pero esta común unión puede generar tensiones, tanto en las relaciones de los individuos entre sí como entre diferentes grupos. Así que de tanto en cuanto haya que realizar ritos o ceremonias que reafirmen el carácter grupal de una comunidad. Al unirse a la perspectiva religiosa, los ritos y celebraciones impusieron el acatamiento de los principios que permitían la cohesión y el orden sociales.
El carácter comunitario de las fiestas ha sido resaltado por quienes las han analizado desde un punto de vista sociológico y antropológico. Por citar a dos grandes, Émile Durkheim consideraba que la fiesta primitiva era como una efervescencia colectiva, una de las formas elementales de la vida colectiva y la expresión de una solidaridad mecánica. El uno totalitario predomina sobre el átomo individual. Don Julio Caro Baroja, en su obra El carnaval, define a la fiesta como el hundimiento del individuo en el subconsciente colectivo.
El tiempo es un componente esencial de la fiesta, pues, además de su carácter de cohesión social, la fiesta es una ruptura del hábito, la negación de lo cotidiano y la trasgresión de las normas establecidas. El tiempo festivo es universal y cósmico, se produce y reproduce constantemente; hay un nacimiento, un desarrollo y una muerte de la fiesta, lo que sirve para generar y regenerar la cultura de un grupo social.
La fiesta es también el momento de inserción en la comunidad de nuevos miembros, que asumen los valores culturales del grupo, o de reencuentro de los que se encuentran diseminados.
Al igual que el sueño nos sirve para eliminar los residuos de la actividad diaria, las fiestas son también las ocasiones que sirven de catarsis, de limpieza purificadora de la comunidad.
La fiesta, pues, se nos muestra como una Jano Bifronte (o el águila imperial de los Austrias de nuestro escudo), con dos caras aparentemente opuestas pero que forman parte de un único cuerpo, de una única realidad social: ceremonias y ritos de cohesión social de carácter grupal, pero también “regocijo dispuesto para que el pueblo se recree”, como dice el DRAE.
Hasta prácticamente mediados de la década de 1960, cuando la cultura del ocio estaba aún por descubrirse, eran muchas familias que vivían en los campos durante meses, y tenían en esos pocos días de feria el único escape anual a la rutina de las labores agrícolas. Y como tal era vivida, con el regocijo que ofrece lo escaso.
Hoy en día nuestros hábitos han cambiado, los motivos que dieron lugar al cambio a agosto de la feria ya no se dan, y quizá fuera positivo que la feria volviese a septiembre, al primer martes de septiembre, por ejemplo, para que no coincidiera con las vacaciones de agosto de la mayoría de la población, ni tampoco con el calendario escolar. Nuestra feria y fiestas locales deben potenciarse, pues no debemos olvidar que constituyen un elemento primordial de nuestra identidad grupal, tanto para nosotros mismos como ante las comunidades vecinas.

2.2.- Otras fiestas de Villanueva de Córdoba.

La feria de agosto, antes de San Miguel, es la fiesta que celebra de forma institucional la comunidad de Villanueva de Córdoba, pero hay en el ciclo anual otras que también pueden definirse de jarotas, tanto por su forma o por la manera de manifestarse.
La primera en el calendario es la de San Sebastián, el 20 de enero. Es la fiesta de los aceituneros, pues era en esos días cuando se estaba desarrollando la plena recolección de aceitunas. Es una fiesta jarota en tanto otras localidades cercanas celebran la misma fiesta días antes, el de San Antonio. Cuando las gentes pasaban largos periodos en los olivares, este era un día especial; la víspera del Santo se hacían grandes candelas en los cortijos, visitándose unas faneguerías a otras y culminando la velada con cantos y bailes. Hoy en día, las candelas que se hacen en lo Alto del Santo, junto a la ermita de su titular, mantienen esta tradición.
Prosiguiendo en el calendario, a la espera de la primera luna llena de la primavera, la Semana Santa se inaugura en Villanueva diez días antes del Domingo de Ramos, en una procesión exclusivamente jarota: La procesión de las Velitas. Su origen pudo estar en el traslado de la imagen de la Virgen de los Dolores desde la iglesia de San Miguel a la ermita de Jesús, en la calle Real, aunque luego acabara consolidándose como uno de los elementos más singulares de la cultura jarota, pues junto a la Virgen, los protagonistas de ella son los niños, que la acompañan portando velas, cuyo adorno tradicional eran azucenas de papel. El desfile de los niños acompañando a la Virgen de los Dolores es absolutamente entrañable y lleno de emotividad, y sientes que es el futuro de Villanueva el que pasa delante de ti.
Cincuenta días después del Domingo de Resurrección, en el Lunes de Pentecostés, tiene lugar la que considero la auténtica fiesta nacional jarota: la romería de la Virgen de Luna, en la que su imagen es traída desde su ermita a Villanueva, donde permanece hasta el segundo domingo de octubre, en que es llevada de nuevo al santuario. El que podamos hacer hoy esta romería no fue gratuito, nuestros antepasados jarotes tuvieron que luchar, y no solo en sentido metafórico, para realizarla. Los primeros pleitos con otro municipio cercano datan de 1589, reactivándose durante 1681-1685. No cejamos en nuestro empeño, y cada año celebramos su llegada. La procesión del Lunes de Pentecostés en Villanueva de Córdoba es como el Aberri Eguna o la Diada jarota, pero con la diferencia de que es mucho más antigua, y no es artificial, sino que  nació del pueblo, quien la mantuvo y la vive con júbilo. Es cuando se muestra de modo inequívoco el, digamos, sentimiento nacional jarote. Por eso, cuando se produjo el gran éxodo migratorio de los años 60-70 del pasado siglo, en los dos lugares donde residían más personas naturales de Villanueva, en Barcelona y Madrid, se crearon hermandades de la Virgen de Luna. Fue usual entre los emigrantes andaluces que, para reafirmar su identidad al residir en otros lugares, se unieran o crearan cofradías de la Virgen del Rocío. A los jarotes que habitaban en Madrid o Barcelona no les hacía falta, nuestra Virgen de Luna era el símbolo, el icono de nuestra comunidad, Villanueva de Córdoba, lo que la representaba y lo que la definía. No nos hacía falta nada más, y mucho menos si era ajeno a nuestra tradición. Bien visto, ¿cuántos pueblos hicieron lo que nuestros paisanos allí, seguir manteniendo su cultura, ritos y símbolos, allá en tierra extraña?

miércoles, 1 de julio de 2015

Descarga libre del libro "Historia de la Cooperativa San Miguel de Villanueva de Córdoba (1959-2011)"

     Este libro podría haber sido publicado en marzo de 2013, pero circunstancias ajenas a mi voluntad y deseos hicieron que naciera dos años después. Bien está lo que bien acaba, dicen por estas tierras.
     La edición en papel fue de un millar de ejemplares, que prácticamente se han repartido entre los socios y trabajadores de la cooperativa, más los que la Diputación Provincial de Córdoba reparte en bibliotecas públicas.
     Juani Moreno, que se encargó de la maquetación de la obra, la ha pasado a formato .pdf para que quien lo desee la pueda descargar:

Historia de la Cooperativa San Miguel de Villanueva de Córdoba (1959-2011)


Salmorejo jarote: un fósil gastronómico de época cervantina.

     Algo que siempre me ha atraído es la historia de la vida cotidiana de la gente que habitó antes que nosotros en las dehesas de los Pedroches: conocer cómo eran las casas dónde vivían (la arquitectura tradicional), los nombres que tenían esas personas, de qué se alimentaban... Vamos a tratar, precisamente, de un plato típico de Villanueva de Córdoba, el salmorejo jarote (recordemos que jarote es el gentilicio de los naturales de Villanueva).


     Durante la visita del Papa Juan Pablo II a España en agosto de 2011 fue agasajado con un menú de platos tradicionales españoles, entre los que se incluía un salmorejo cordobés con huevos de codorniz cocidos y jamón ibérico (aunque sin ajo).
     Cuatro siglos antes, el Diablo Cojuelo llevó a don Cleofás a la Venta de Orán (sita a unos 13,5 km al SE de Villanueva, y a 4,5 km de la actual estación del AVE), donde se comieron un salmorejo con perdigón y conejo, supongo que rico, rico, rico. (Aunque en la obra de Vélez de Guevara, publicada en 1641, dice "Venta de Darazután", ésta se encuentra a medio camino de Toledo y Ciudad Real, mientras que el Cojuelo iba a una venta "que es en Sierra Morena". Además, hay varias referencias en el mismo capítulo a Adamuz, que es la villa más próxima a Venta de Orán en dirección a Córdoba).
     La cuestión es: ¿comieron Su Santidad y don Cleofás el mismo plato? Al menos, se llamaba igual.
     El salmorejo, palabra derivada del latín salemuria, es, según el DRAE, una especie de gazpacho que se hace con pan, huevo, tomate, pimiento, ajo, sal, agua, vinagre y aceite, todo ello muy desmenuzado y batido para que resulte un puré. El salmorejo cordobés que le sirvieron a Juan Pablo II es una sabia mezcla de pan, aceite, tomate, vinagre y sal, con otros aditamentos (para unos básicos, para otros prescindibles) como ajo, pepino o pimiento, batido para tener la textura de un puré más bien espeso, y al que se adorna con jamón y huevo cocido.
     En el Tranco V del Diablo Cojuelo, cuando entran en la Venta de Orán piden de comer al ventero, y este les contestó "que no había quedado en la venta más que un conejo y un perdigón, que estaban en aquel asador entreteníense a la lumbre.
     -Pues trasládenlos a un plato, dijo don Cleofás, señor Ventero, y venga el salmorejo, poniéndonos la mesa, pan, vino y salero".
     Considerando que el tomate es un ingrediente fundamental del salmorejo cordobés, pero que era un desconocido aún en los huertos españoles a mediados del siglo XVII, y que tardaría un siglo en llegar a las mesas -al igual que el pimiento-, lo que tomaron el Cojuelo y su compañero en la Venta de Orán no pudo ser el denominado hoy salmorejo cordobés. Además, éste no tiene entre sus ingredientes básicos la carne de caza o de ave. La conclusión es evidente: aunque tuvieran el mismo nombre, "salmorejo", Juan Pablo II (2011) y don Cleofás (1641) tomaron platos bien distintos. (Hay, sin embargo, quien considera que el salmorejo es uno y cordobés, cual califato Omeya: No hay más Salmorejo que un único Salmorejo. Pues no, es plural y poleteísta, como el gazpacho.)
     Sabemos cómo era el salmorejo que se tomaba en las ventas de Sierra Morena en el siglo XVII porque se ha conservado en la gastronomía de Villanueva de Córdoba. Si el arroz en paella caracteriza a la cocina levantina, los asados a la castellana o la fabada a la asturiana, el salmorejo jarote, que no es un puré, sino una sopa fría, puede ser considerado como el "plato nacional jarote" por excelencia.
     Sus ingredientes básicos los tenía a su disposición cualquier ventero de los que describiera don Miguel: aceite, sal, vinagre, huevos cocidos y ajos asados que se preparaban rápidamente mientras seguían entreteniéndose a la lumbre el perdigón y el conejo (sustituidos hoy por el prolífico pollo). En un dornillo, tallado en el nudo de una encina, el ventero ponía las yemas de los huevos cocidos, los ajos asados, aceite, sal y vinagre. Los majaba hasta formar una crema suave, a la que se incorporaban la clara de los huevos y los trozos del perdigón, conejo (o pollo). Al conjunto se le echaba agua fresquita del pozo, en la cantidad suficiente y necesaria para dotarlo de una textura acuosa: el salmorejo jarote no es una crema o un puré, sino una sopa fría.
     Así se ha conservado hasta nosotros, y seguimos tomándolo en Villanueva del mismo modo que pudo hacerlo Cervantes en las ventas que tan bien conocía, aunque ahora se puedan incorporar elementos postcolombinos, como pimiento y tomate asado, con los que el salmorejo jarote casa muy bien.
     Bien visto, es un plato apropiado para el verano caluroso de Sierra Morena, por su aporte de líquidos, oligoelementos y vitaminas. También es equilibrado por sus grasas, en las que domina el aceite el oliva, y el ligero aporte proteínico del pollo, conejo o perdigón, junto a la clara del huevo.
     Es una receta que se transmitió de generación en generación, y aunque no fuera de consumo habitual, sino para días especiales como podía ser una boda, se mantuvo en el ámbito deméstico. Desde hace unos años salió de él para incorporarse en los menús de restaurantes locales o banquetes nupciales, con muy buena aceptación para quienes no lo conocían. Los jarotes, claro está, seguimos disfrutando de nuestro salmorejo.