En el dolmen de Las Agulillas

miércoles, 22 de abril de 2015

Encina Enana, Villanueva de Córdoba, Villanueva de la Jara: distintos nombres para el mismo lugar

     El lunes seis de mayo de mil cuatrocientos noventa y nueve los miembros del Cabildo de Córdoba aprobaron "la petición del lugar de Encina Enana, en que mandan que de aquí en adelante se llame Villanueva de Córdoba, y que haya un alcalde y escribano en la dicha villa".
     Encina Enana, pues, fue el primer nombre que tuvo la localidad. Su origen quizá esté en el camino del Armillat (la principal vía de comunicación entre Córdoba y Toledo durante el califato cordobés), que discurría por algunas de las actuales calles de la población. Las fuentes documentales dicen en el siglo X que en este camino, y al sur del río Guadalmez, existía una posada para su servicio, llamada Qalyena, aunque no sabemos dónde estuvo situada y si pudiera tener alguna relación con el origen de Villanueva. En la calle Ventura de Villanueva de Córdoba, por donde transitaba el camino del Armillat, existió una inscripción árabe conmemorativa datada en el año 392 de la Hégira (noviembre 1001 - noviembre 1002).
     (En tiempos más recientes para los que contamos con una abundante documentación, sabemos que Conquista se fundó a partir de una provisión de Felipe II de 7 agosto 1579 para crear una población estable en un "camyno donde an muerto por salteadores muchos honbres", en concreto el Camino de la Plata , la vía de comunicación más importante entre la Corte y el centro de la Meseta con el Valle del Guadalquivir; el lugar elegido fue una venta de dicho camino, conocida como Casas Pajerizas, Casas Pajizas, Porquerizas o Reogal.
     Ya a finales del siglo XVIII comenzaron a asentarse algunas familias junto a las ventas de Azuel, Cardeña y Venta del Charco, que atendían a otro camino que subía desde Montoro, a la vera del Guadalquivir, adentrándose en el centro peninsular; en 1839 contaba con una población estable. Estas poblaciones surgieron de forma espontánea, no tienen una fecha de fundaciòn concreta como Conquista, pero todas comparten que el catalizador de su origen fue una venta junto a un camino. En este sentido, resulta interesante conocer que a finales del siglo XVIII hubo dos intentos de formar poblaciones al norte del entonces término de Montoro (actual Cardeña), en Ventas Nuevas y Navalamoheda, por parte, respectivamente, de D. Antonio López Madueño y el sacerdote D. Juan Burno Ruiz, y que ambos fracasaron.)
     La primera referencia documental a Encina Enana la aportó don Miguel Muñoz Vázquez en la Revista de Feria de Villanueva de Córdoba de 1989: se trataba del traslado de una escritura fechada en 1437 en la que uno de los comparecientes citaba a un "ome de Ensina Enana" (un hombre de Encina Enana):


     Algunos habían considerado que, en realidad, el prístino nombre habría sido Encina Nava, pero en el documento del siglo XV se lee sin ningún género de dudas "Ensina" (lo de la "s" supongo que se debe a que el escribano era de Adamuz, tierra de seseo...).
     Desde 1499 ya es Villanueva de Córdoba. Como bien ha analizado Juan Gregorio Nevado Calero (2005, 28), "al cambiar el nombre de Encina Enana escogieron uno que asume la identificación jurídica y al mismo tiempo el ámbito jurisdiccional: por un lado villa y por otro Córdoba. Seguro que fue un acto de inteligencia y valentía mezclado con audacia", porque, en puridad, no tenía la condición de villa (lo que consiguió en 1553), sino que era un "lugar" dependiente de Pedroche. Este investigador (2005, 27-28) aclara lo que es un "lugar": "Lo que identifica esta palabra es que no tiene jurisdicción, está sujeta a otra entidad local superior. Similar es la identidad de aldea, si bien es una expresión que por norma general va acompañada del nombre de la villa a la cual pertenece y tiene un gran peso social y económico en el territorio. Si repasamos todas las referencias documentales que identifican a Villanueva de Córdoba, incluso cuando se llamaba Encina Enana, se puede comprobar que nunca escribieron que era una aldea de Pedroche, siempre dicen que es un "lugar" que pertenece a una determinada jurisdicción, con ello expresan la inexistencia de vínculo directo entre el pueblo matriz y el nuevo centro de población".
     Esta interpretación, sin un nexo entre el origen de las primeras gentes de Encina Enana y Pedroche, es novedosa, pues la tradición (recogida por Juan Ocaña Prados en 1911) decía que Villanueva tuvo su origen en 1348, con vecinos de Pedroche que escapaban de la peste. En realidad, eso es lo que dice Luis María Ramírez de las Casas-Deza en 1839, pero refiriéndose a Torrecampo. Parece que Ocaña conoció la cita y la adaptó para Villanueva.
     Otra hipótesis sobre el origen de la mayor parte de las villas de los Pedroches (la más comúnmente aceptada a pesar de su carácter legendario) las hace proceder de Pedroche. Es lo que escribió en 1660 el franciscano Fray Andrés de Guadalupe en su Historia de la Santa provincia de los Ángeles, y que Ocaña Torrejón recogía en su obra de . Lo transcribo con la ortografía actual para hacer más cómoda su lectura :
"Por ser Pedroche en aquellos tiempos [finales del siglo XII] villa tan numerosa, sus vecinos se desplazaban por todo su término con sus ganados y labores. Unos vecinos con dichas labores se apartaron una legua de Pedroche, otros dos leguas y otros tres y otros más. Como les fuese molesto a dichos labradores así apartados el venir todas las noches a dormir a su patria Pedroche, en dichos sitios de sus labores para su recogimiento, abrigo y defensa de los temporales, edificaron algunas casas a las cuales desde Pedroches les llevaban prevención y alimentos; y desde ellas los días de fiesta de precepto venían a oír misa y recirbir los Santos Sacramentos a Pedroche... Pero como por este tiempo en dichos caseríos hubiese mucha gente de diferentes edades y no fuese posible que todos viniesen a Pedroche dichos días de fiesta, o ya por enfermedad, o ya por lo riguroso de los tiempos, o ya porque no se podían dejar solas aquellas casas llenas de granos, alimentos, trastes y menesteres humanos, determinaron labrar ermitas o iglesias en los sitios de las dichas labores y caseríos; las cuales iglesias, siendo al principio pequeñas, después se hicieron mayores por la mucha gente que fue aumentando en dichos caseríos...
Pero estando ganado a los moros la ciudad de Córdoba y habiendo salido de esta villa mucha gente a dichos caseríos, para entenderse fue preciso ponerles nombre: llamóse pues el un lugar o caserio Torremilano, otro se llamó Pozoblanco, otro se llamó Torrecampo, otro se llamó Añora, otro se llamó Alcaracejos y otros se llamó Villanueva de Córdoba, de manera que de Pedroche salieron dichas seis poblaciones o lugares".
     Al menos en lo que respecta a Añora, Antonio Merino Madrid ha demostrado sin ningún tipo de dudas que fue en principio una aldea (recordemos la diferencia entre "lugar" y "aldea") de Torremilano, que consiguió su independencia como villa en 1553.
     Las dos hipótesis tradicionales (tanto la del origen en la peste como la de la expansión de los habitantes de Pedroche) entran dentro de las conjeturas que no se pueden contrastrar, no se apoyan en ninguna documentación. Y el caso concreto de Añora demuestra que no son válidas las generalizaciones. Así que la observación del señor Nevado Calero sobre la desvinculación de los primeros habitantes de Encina Enana con los de Pedroche es la que más se ajusta a lo que se desprende en las fuentes documentales de la época, en la que no hay nada que vincule el origen de los habitantes de, la entonces, Encina Enana con Pedroche como villa matriz. Simplemente una dependencia administrativa al estar aquélla en el alfoz de ésta.
     (Hay otros elementos que apuntan en esta dirección, como el habla: en Pedroche, Añora, Pozoblanco o Dos Torres es muy característico el yeyeo, completamente ausente en Villanueva de Córdoba. O costumbres particulares de la población ajenas en las otras villas de los Pedroches, como el "agua de San Juan", para la que se emplea una planta, Sedum amplexicaule, que no es de las que recoge Pío Font Quer es su magna obra de plantas medicinales para elaborar tal producto. Tanto el "agua" como la "hierba" de San Juan son, además de en Villanueva de Córdoba, conocidos y empleados en Azuel y Cardeña, aunque hay una explicación muy lógica: cuando desde finales del siglo XVIII migraron para ir haciendo estas nuevas poblaciones, aquellas gentes se llevaron con ellas sus costumbres y tradiciones, como este agua de San Juan. Es cierto que ambas cosas, falta de yeyeo o esta agua "mágica", por sí solas, son irrelevantes, pero toman sentido si se parte de una población diferenciada. La falta de documentación sobre la forma del poblamiento de los Pedroches tras la conquista de Córdoba en 1236 nos impiden conocer los procesos de la formación de las villas de los Pedroches y del origen de sus gentes.)
     Sea como fuere, desde 1499 el nombre de la población fue ese, Villanueva de Córdoba, mas no fue el único con el que se conoció. Al estar dentro de la gran Dehesa de la Jara también se conoció como Villanueva de la Jara, y aunque nunca fuera de forma oficial sí que estuvo muy extendido.
     El cronista de Obejo, E. Ricardo Quintanilla González (2003, 179), trae en este sentido la "Receptoria autorizada por Pedro de Montoya y librada en Córdoba contra el concejo de la villa de Villanueva de la Jara", por cobrar a la baja en el peaje del ganado de la Mesta, fechada el 25 agosto 1487 en Córdoba. Pero en aquel entonces la localidad del norte de Córdoba no era villa aún. Sí lo era una población de la actual provincia de Cuenca, llamada Villanueva de la Jara, que adquirió la categoría de villa en 1476.
     Esta confusión entre ambas localidades ya se la hacía saber a finales del siglo XVIII el sacerdote de Villanueva don Francisco Martínez Moreno al geógrafo Tomás López, en la respuesta al cuestionario que éste le envió: "Esta población es villa llamada Villanueva de Córdoba... Por otro nombre usado también y muy conocido se llama Villanueva de la Jara", insistiendo en que "le advierto que esta villa se llama Villanueva de Córdoba o de los Pedroches de Córdoba, porque por poner de la Jara se pierden muchas cosas equivocándola con la Villanueva de la Jara que dicen está hacia Madrid". Y con ambos nombres, Villanueva de Córdoba y Villanueva de la Jara, la denominó Tomás López en el mapa del Reino de Córdoba que realizó en 1797:

(Fuente. I.G.N.)

    El que tal nombre fuera el oficioso no impidió que con tal apareciera en diversas publicaciones en la época de la Iluestración, como en el Diccionario geográfico universal editado por Antonio de Montpalau en 1783:


     O en el Atlante español  de Bernardo Espinalt, publicado en 1787:

(Fuente: http://www.solienses.com/archivos/biblioteca/)


     Cuando en 1913 el médico de Villanueva de Córdoba, don Alejandro Yun Torralbo, editaba el primer semanario local, Escuela y Despensa, llamaba a la localidad Villacistínea, una traslación culta de Villanueva de la Jara, pues estas plantas pertenecen a la familia de las cistáceas. Y a ellas le debemos nuestro gentilicio: jarotes.
     En definitiva, la encina y la jara (en la fotografía de abajo de un raro ejemplar albino de jara blanca, Cistus albidus) fueron los elementos elegidos para nominar a la población y sus habitantes.

domingo, 19 de abril de 2015

XVII, el siglo horrible (para la población de las Siete Villas de los Pedroches).

     La Historia puede asemejarse a una enorme operación de adición, en la que el resultado final está en función de los sumandos. Quiere decirse que si aparecen nuevos datos, o se reinterpretan los ya conocidos, el resultado que se obtenga será diferente al de otros estudios realizados anteriormente. No quiere decir esto que esos estudios estén mal, al contrario, en su momento fueronválidos y valiosos. Y, la verdad, es que esos trabajos anteriores son los que permiten avanzar. Para nuestro estudio aportamos datos inéditos, como la población de las Siete Villas en 1657, y otros que, aunque publicados, no han sido empleados demográficamente. Otra diferencia es que en nuestro análisis hemos deshechado dos censos muy empleados anteriormente, el de los obispos de 1587 y el de Tomás González de 1591.
     La primera entrada sobre la población de las Siete Villas de los Pedroches la dedicamos al primer siglo de existencia de las siete villas como tales, pues fue en 1553 cuando definitivamente se conformaron al constituirse como tales Villanueva de Córdoba y Añora. Entre 1561-1657 las dos localidades que perdieron efectivos humanos fueron Pedroche y, en menor medida, Torrecampo. Alcaracejos y Torremilano tuvieron un crecimiento muy pequeño, y más acentuado en Añora. Pero fueron Pozoblanco y, sobre todo, Villanueva de Córdoba, las que tuvieron un gran crecimiento en este periodo, del orden, respectivamente, de 9,2 por mil y 15,4 por mil anual.
     Nos proponemos seguir avanzando en el estudio demográfico de las Siete Villas en un periodo posterior, el siglo XVII. El principal problema, como ya se vio en la entrada citada, es determinar si los datos censales de la época pueden ser válidos para un análisis demográficos. O no, y, simplemente, deben rechazarse. No fueron realizados con el fin de dar a conocer el volumen exacto de una población, sino con otros fines, por lo que se debe contrastar si pueden sernos útiles para el estudio histórico de la población.
     La manera usual de hacerlo es elaborar unas tasas de natalidad a partir de los registros parroquiales de bautismos. Con ello no se persigue averiguar la población exacta, sino comprobar la verosimilitud de los censos. Empleamos los datos del archivo parroquial de Villanueva de Córdoba en la segunda mitad del siglo XVI, dado que el libro de bautismos correspondiente a los años 1621-1648 no se conserva.
     Comencemos exponiendo los nacimientos. En el gráfico de abajo se muestran los nacimientos de la segunda mitad del siglo XVII y comienzos del XVIII, pues uno de los censos a valorar es de 1713.
    

     La tendencia lineal (línea roja) de estos setenta años es de una muy leve subida. El polígono de frecuencias de nacimientos (línea azul) tiene unos dientes de sierra muy acusados, con niveles mínimos en 1679 y 1685 (con epidemias de paludismo y tifus, y una serie de malas cosechas que quedaron nítidamente marcadas en la secuencia de nacimientos). La media móvil para cinco años (línea de color verde) nos muestras las tendencias del periodo. Es casi de estancamiento demográfico hasta la primera mitad de la década de 1680. Quiere elevarse en el segundo quinquenio del decenio, para volver a mostrar un claro descenso en los últimos años del XVII y primeros del XVIII.
     En cuando a los censos, la verdad es que no disponemos de ellos en la misma cantidad que para la segunda mitad del XVI (algo que debemos a un rey burócrata, Felipe II). Como punto de partida tomaremos los indicados en las averiguaciones de alcábalas de 1590-1595, pues contrastando sus cifras con las series de bautismos dan tasas de natalidad muy factibles. Por esta misma razón rechazamos el de los obispos de 1587 o el conocido como de Tomás González de 1591, por obtenerse tasas muy poco factibles y porque contrastan demasiado con los de las alcábalas.

* Vecindario en el repartimiento de frutos de la Dehesa de la Jara, 1657. Ya lo vimos en la primera entrada de la materia. Ese año los distintos concejos aportaron el número de vecinos de cada villa para proceder al reparto de los beneficios generados por la comunal Dehesa de la Jara. Parece bastante fiable, pues cada vecindario debía ser aprobado por las otras villas. Ya indiqué también que este vecindario se siguió utilizando en años posteriores, y así la misma relación de vecinos que aparece en el Libro de Actas de Juntas de la Dehesa de la Jara de 1657 se empleó en un repartimiento en Pozoblanco en 1690 (García y Carpio, 1993, 297).

* Vecindario para la leva de 1694 (J. Calvo, 1983, 32-33). Se realizó para el reclutamiento de soldados, a razón de un dos por ciento en 1694 y un uno por ciento en 1695.

* Vecindario General de España de 1713.

     Tras convertir los vecinos en habitantes (empleamos dos coeficientes, 3,5 y 4,5 personas/vecino), calculamos las tasas de natalidad para Villanueva de Córdoba a partir del registro de nacimientos. Valores entre 35-45 por mil (para un coeficiente de 4,5) son admisibles para la época. 
      En vez de los datos del año en que se realiza el censo es mejor emplear la media de once, tomando como central el censal, para evitar las distorsiones que pueda tener un año concreto:

      Los resultados obtenidos, con valores entre 42 y 35 por mil (para 4,5 personas por vecino), son completamente admisibles para este época, por lo que (al menos para Villanueva de Córdoba en concreto), estos censos pueden ser considerados válidos demográficamente.
     Los resultados en datos absolutos del vecindario de estos cuatro censos, aunque como digo sobrepasan los límites del siglo XVII, son éstos:


     Y así se ven de forma gráfica:

     Se puede constatar que aunque las siete localidades formaran una unidad homogénea (lugares de realengo frente a los señoríos del occidente de los Pedroches); teniendo unos componentes humanos idénticos en cuanto a origen, cualificación, formación o cultura; y tuvieran una fuente de ingresos que gestionaban en común, la Dehesa de la Jara, su comportamiento demográfico es muy diferente. También se observa que éste es distinto en cada mitad del siglo. Es muy significativa esta disparidad en el comportamiento de la población, dentro de un grupo de municipios que, también, presentaba una gran homogeneidad.
     Podemos valorar el proceso a partir de los datos relativos, tomando como 100 la población incial de 1594:


     Durante la primera mitad del siglo XVII el conjunto de la población de los Pedroches se incrementa muy ligeramente, pero dos localidades, Pedroche y Torrecampo, pierden la tercera y la cuarta parte de sus vecinos, respectivamente. Alcaracejos y Torremilano prácticamente se mantienen, mientras que Añora sube ligeramente. Pozoblanco y Villanueva de Córdoba, sin embargo, tienen un crecimiento sostenido del 144% y 142% cada una.
     En la segunda mitad del XVII estos dos municipios serán los únicos que aumenten su población respecto a la de 1594. Los otros cincos pierden componentes, sobre todo Pedroche, que sólo conserva el 40,4% del vecindario de un siglo atrás. También es muy pronunciado el descenso de habitantes en Alcaracejos y Torrecampo.
     Para poder ver con más detalle esta evolución en el censo de 1694, hagamos otra relación, esta vez tomando como nivel 100 la población de 1657. El balance de estos 37 años es demoledor:


     Sólo Villanueva de Córdoba puede sostener su población, todas las demás pierden gente, sobre todo Alcaracejos y Añora.
    Si ampliamos la perspectiva hasta los años iniciales del siglo XVIII, el declive es completo para el conjunto de las Siete Villas de los Pedroches, aunque despues del desastre pasado Pedroche y Torrecampo comienzan a repuntar. La última década del siglo XVII y las dos primeras del siguiente fueron una auténtica calamidad para la población de las históricas Siete Villas de los Pedroches.

     Extendiendo un tanto los márgenes del siglo que nos propusimos estudiar (más que nada porque hemos de ajustarnos a los años de los que disponemos de datos censales), estas son las conclusiones entre 1594-1713:
     Quienes más se resintieron el paso del tiempo fueron Pedroche y Torremilano, que se dejaron más de la mitad de sus vecinos, y algo menos Alcaracejos. También perdieron entre el 30-40% Añora y Torrecampo.
     El saldo positivo en este tiempo, curiosamente casi similar, con un 118% y 119%, estuvo en Pozoblanco y Villanueva de Córdoba. Aunque ambas tuvieran en 1713 menos vecinos que en 1697 (sobre todo Villanueva), en el saldo total de 120 años salieron ganando.
     La "cuenta de resultados del vecindario" de este siglo largo fue negativa para el conjunto de la demografía de los Pedroches: de los 4.025 vecinos de 1594 se descendió a 3.363 en 1694, y a 3.033 en 1713. El siglo XVII se llevó por delante a la cuarta parte de la población inicial. Pero, insisto, no se puede generalizar, este balance global hay que desglosarlo pueblo a pueblo, pues el resultado fue muy desigual.
     Se ha considerado que el espectacular crecimiento demográfico de Villanueva de Córdoba y Pozoblanco se debió a dos factores: primero, porque por su posición pudieron realizar un aprovechamiento mayor y más eficaz de los bienes comunales que el resto de las villas; segundo, una pujante actividad pañera en ambas localidades. Pero no me parece una interpretación correcta y ajustada a los datos disponibles.
     En cuanto al primero, en 1586 la renta agrícola de Pozoblanco era inferior a la de Torrecampo, Torremilano, Villanueva de Córdoba y Pedroche. A mediados del XVII la mayoría de las Siete Villas decidió que los productos de las dehesas comunales (hierba y bellota) se vendieran al mejor postor, fuera cual fuese su origen: el que quisiera meter ganado allí, tenía que pagar. El rendimiento se dividía entre las villas en proporción a su vecindario. Por lo tanto, un vecino de Alcaracejos y otro de Villanueva de Córdoba recibían lo mismo de la Dehesa de la Jara.
     Sobre el segundo, es cierto que en los siglos XVI y XVII se desarrolló en Pozoblanco una vigorosa industria textil, y que ésta, junto al comercio, eran la principal fuente de ingresos de sus habitantes. Pero en Villanueva de Córdoba la industria pañera fue muy pequeña, a mucha distancia de la desarrollada en el resto de las Siete Villas.
     Particularmente, considero que es evidente que las diferencias en la evolución demográfica de cada villa no se debieron a que hubiera diferencias entre las gentes, igual de válido era un gachero (natural de Pedroche) o noriego (de Añora) que un tarugo (de Pozoblanco) o un jarote (de Villanueva de Córdoba). Pero sí había diferencias en cuanto a la, simple, localización de cada localidad respecto al conjunto de las Siete Villas, y su "vecindario" (con el agobiante señorío de Santa Eufemia al norte y poniente en el siglo XV, por ejemplo). Determinada por estas cuestiones, y por el entorno general de la Castilla de los "Austrias Menores", la estrategia de adaptación al medio (tanto ecológico como social) de cada villa tuvo que ser distinta.
     Fue como una partida en la que el azar repartió sus cartas, y a las dos villas dos que les tocaron las mejores supieron hacerlas valer. Este es un análisis que ya entra dentro de lo que es la economía, y a ella dedicaremos las próximas entradas de esta sección, comenzando con la industria pañera de las Siete Villas de los Pedroches en los siglos XVI-XVII.

martes, 14 de abril de 2015

La torre de San Miguel NO se construyó con una rampa

     Cuentan que el último rey portugués, Manuel II, era muy melindroso, al que ciertas palabras o expresiones le causaban una gran desazón. Cierto día tenía que recibir al nuevo embajador de un país hispanoamericano, pero su ayuda de cámara no se atrevía a darle su nombre. "Majestad, no sé si debo...". Ante la insistencia real, se lo dijo: Don Fulano de Porras y Porras. Parece ser que el rey, mirando al infinito, dijo aquello de "lo que molesta es la insistencia".
     Estos días festivos pasados un amigo que reside en Madrid me preguntó que cómo se levantó la torre de la iglesia de San Miguel, si fue con una rampa. Creo que es la cuarta vez este año que me preguntan la misma cosa. Lo de la rampa. Y esto es en verdad lo molesto: la insistencia.


     La actual iglesia de San Miguel es el resultado de varias intervenciones. Cuando la localidad adquirió la condición de villa, en 1553, se construyó una iglesia de cuarenta varas de longitud por veinticinco de anchura (aproximadamente, 33,5 x 20,9 m), pero el tiempo y el terremoto de Lisboa de 1755 amenazaron con convertirla en una ruina. Hubo de levantarse una nueva en el mismo lugar a mediados del XVIII. De aquella primera etapa sólo se conservan las dos puertas laterales, con el característico alfiz que orla a las puertas con arcos de medio punto compuestos con grandes dovelas. El alfiz es un elemento característico del gótico tardío cordobés, aunque se construyera a mediados del siglo XVI:



     Lo que se hizo para la nueva obra fue conservar los muros laterales perimetrales y ampliar la cabecera, sobre la que se levantó una bóveda. En 1773 se construyó la nueva sacristía, a continuación del nuevo presbiterio. Aunque se hubiesen tardado bastantes años, el resultado iba quedando bien, pero en esto que la torre de la primitiva iglesia, construida a finales del XVI, amenazó con venirse abajo y con arrastrar consigo toda la obra nueva.
     El dictamen de los prácticos fue que se moliese para proteger la iglesia recién hecha y, de ser posible, aprovechar los mampuestos de la antigua construcción para levantar una nueva torre. En 1777 comenzaron los trabajos de demolición, cavándose la zanja para los cimientos en el verano del año siguiente. Hay que destacar la aportación del pueblo, tanto en dinero como en trabajo, para levantar el nuevo edificio parroquial. En junio de 1780 quedaba rematada la nueva torre, que destacaba, airosa, con sus 36 metros de altura, convirtiéndose en el icono por excelencia de la villa.
      La portada de la puerta principal, con su característico frontón triangular, es hija de los tiempos neoclásicos en los que nació:

 
      La respuesta a la segunda parte de la pregunta de mi amigo fue que NO hizo falta ninguna rampa para levantarla, por dos razones: la primera, por estar suficientemente documentado cómo se hizo; la segunda, porque la idea de la rampa es algo tan absurdo que queda fuera de cualquier tipo de lógica.
     Si esa mole se erigió con una rampa, que tuviere una pendiente practicable de un 6%, para la altura total del edificio habría hecho falta excavar una zanja de 600 metros de longitud, 18 de ancho y 6 de profundidad: unos 65.000 metros cúbicos, equivalentes a unos 20.000-25.000 de los contenedores actuales para escombros o transporte de materiales. Considerando que entonces no había camiones, sino carros con bueyes, y que la tecnología más avanzada eran el pico, la pala y el azadón, con un combustible, orgánico, a base de garbanzos con tocino o cebada, cavar y transportar ese volumen habría sido una tarea similar a la construcción de la catedral de Burgos o de un buen tramo de la Gran Muralla china. Por lo menos. Y más si se tiene en cuenta que una vez hecha la torre habría que haber vuelto a transportar los áridos y tapar la zanja. No sé a quién se le ocurrió esta genialidad de la rampa, pero parece que al mismo que se puso a asar manteca al sol. A un peón de albañil de la época, que sabía lo que amor cuesta, segurísimo que no.
     Además de tener manuales de construcción desde época romana, la documentación conservada en la parroquia dice claramente el modo de construir la torre. Hay referencias documentales de dónde se hicieron los ladrillos (los Barreros), o de la cantera (en el Calvario), o del lugar del que se traía la madera para aparejos menores (la dehesa de Navaluenga); de cómo personas particulares (por una "manda" que habían hecho), llevaban con sus carros las piedras desde la cantera a la obra; pero nada sobre la gigantesca zanja para hacer una rampa.
     El carpintero Tomás García Buenestado presentó una factura por hacer un torno para subir las piedras, cimbras para los arcos y otras obras menores. Francisco Saavedra recibió 38 reales por traer y devolver trócolas y maromas desde Añora: en esta localidad cercana se había construido poco antes su iglesia y se amortizaron parte de los gastos alquilando el material para la construcción de la torre de Villanueva.
     También hubo que pagar más de mil cuatrocientos reales para obtener los permisos necesarios (ante el Gobernador de las reales fábricas y minas de Almadén) para talar y transportar desde la sierra de Fuencaliente (Ciudad Real) "veintisiete robles para los andamios de la torre". Podemos hacernos una idea de lo que significó este desembolso comparándolo con los salarios de los operarios: el peón cobraba cuatro reales de jornal, los días que trabajase, claro; el maestro de obras, cordobés, doce reales los días de trabajo, y tres los festivos.
     Hay otro motivo, además de estar en las catorce leguas de influencia de las minas de Almadén, para explicar el alto coste de los andamios de roble. En aquella época la madera de los árboles centenarios eran "materia prima estratégica" pues la construcción de un buque de línea de guerra, de unos cien cañones, suponía talar unos cuantos miles de árboles de gran tamaño, árboles que habían necesitado siglos para alcanzar su porte; y en cuestión de minutos un almirante zoquete, como Villeneuve en Trafalgar, te mandaba unos cuantos bosques al fondo del mar. Para un país como la España de aquel tiempo, con grandes extensiones ultramarinas, el mantenimiento de los grandes bosques imprescindibles para la construcción de la flota era algo primordial; si era necesario emplear algunos árboles para erigir algo también necesario, como la torre de una iglesia, había que pagarlo muy bien, para que se pensase antes de hacerlo. Cortar y traer estos robles para hacer los andamios equivalieron al salario de un peón durante catorce meses.



(J. P. Adam, La construcción romana. Materiales y técnicas, León 1996)

     Continuando con la manera en que se construyó la torre, arriba se muestra el dibujo de un manual de arquitectura romana, pues hasta la aparición de las cómodas estructuras metálicas actuales ("burras", en el argot), se mantuvo el mismo método, llamado por los albañiles de esta tierra "haciendo puentes".
     Cuando la altura de la construcción superaba la de los operarios se hacía un andamiaje junto a la obra. Los andamios independientes estaban formados por piezas de madera verticales, que bien se encajaban en el suelo, bien se calzaban con mortero para asegurar su estabilidad; a cierta altura se disponían otras piezas, de forma paralela al muro o perpendiculares a él, que soportaban el entarimado sobre el que trabajaban los operarios. Para subir los sillares y demás elementos de construcción se empleaba el torno, la trócola y las maromas.
     Los andamios empotrados en el muro aumentaban la estabilidad. Al construir los muros se dejaban una serie de huecos (mechinales) en los que se introducían unas piezas transversales (almojayas), que se apoyaban en el otro extremo de las pertigas. Las almojayas podían atravesar el muro y sostener otro entarimado apoyado sobre el paramento mediante una zanca vertical que se reforzaba con otra formando un triángulo. (En las construcciones antiguas, sobre todo en los cortijos, es frecuente ver estas cavidades, los mechinales, que en ocasiones no se rellenaban tras la construcción, sino que se dejaban tal cual por ser unas prácticas alacenas empotradas. En la fotografía de abajo, de una construcción del siglo XIX, se observa cómo se dejaron los mechinales en el muro para alojar el andamiaje:)


      Algo que facilitó la construcción de la torre es que, a la par que se iban levantando sus cuatro muros, se construía por dentro la escalera de caracol para subir a ella:


     Está formada por unos escalones de la misma forma (triangulares con un pequeño círculo en uno de sus vértices), lo que facilitaba su construcción. Se fueron disponiendo de forma helicoidal, con el círculo de piedra formando el eje central.
     No hizo falta ninguna rampa para levantar la torre. Se hizo mediante un andamiaje de gruesos maderos de roble, sobre el que se sustentaban los materiales izados con tornos y trócolas. La construcción de la escalera facilitaba que el trabajo se fuera rematando, a la vez, por dentro y por fuera. El resultado fue bueno, muy bueno. Y ahí sigue.



lunes, 6 de abril de 2015

Al empuñar la alabarba (Hermandad de la Virgen de Luna de Villanueva de Córdoba).

Si hay un día al año que pueda considerarse como el de la propia celebración comunitaria de Villanueva de Córdoba, es el Lunes de Pentecostés (cincuenta días después del Domingo de Resurección). Es una fecha variable, pues depende de la luna llena del equinoccio primaveral. Ese día, que este año corresponde al 25 de mayo, es la romería de la Virgen de Luna de Villanueva de Córdoba, cuando se trae su imagen desde el santuario de la Jara hasta la iglesia de San Miguel de la localidad, donde permanece hasta se el segundo domingo de octubre, en que vuelve a ser trasladada a su ermita.

 

       Don Julio Caro Baroja, uno de los grandes intelectuales españoles del siglo XX, escribía en la revista Cuadernos Hispanoamericanos 49, de enero de 1954, lo siguiente:
"Hoy en día, con los cerca de treinta millones de españoles, puede hacerse la gran clasificación que se sigue:
1º. Existen, en primer término, los que se consideran tradicionalistas en sus ideas y en sus costumbres.
2º. En segundo, aquellos que, considerándose también tradicionalistas en esencia, en sus ideas, son reformistas en gran parte de lo que se refiere a costumbres, a hábitos y usos que pueden estar vinculados con la técnica moderna.
3º. En tercero, los que no teniendo simpatía por gran parte de las ideas tradicionales (o consideradas tales), y siendo amigos de novedades en el campo de la especulación, aman las costumbres viejas más que las nuevas.
4º. Y en cuarto, los que son antitradicionalistas, ideológica y prácticamente.
     La primera categoría comprende a muchas gentes de diversas clases sociales y de regiones distintas. Pero hay que reconocer que las personas que más influye en la vida del país, ahora, perteceden a la segunda. En la tercera entramos un grupo tan insignificante de visioanrios sin remedio, que apenas tiene importancia, y en la cuarta, una masa de caracteres ambiguos, poco fácil de estudiar y controlar".
     Me uno al tercer grupo, con don Julio o don Antonio Machado, quien en su Saeta reconocía el respeto que le merecía la fe de mis mayores. Estoy convencido de que algunas "ideas nuevas" (por lo menos, no estaban consideradas en tiempos del maestro Caro Baroja) son acertadas y justas, como que hay que respetar el medio ambiente porque las siguientes generaciones tienen el mismo derecho que las actuales a vivir y disfrutar de él ("una herencia de nuestros abuelos que recibimos en préstamo de nuestros nietos", dicen acertadamente); o que no puede haber ningún tipo de diferencias o desigualdades en función del sexo. En cuanto a las tradiciones de mi tierra, me gustan y las quiero.
     En 2012 me correspondió, por el escalafón, ser Hermano Mayor de la Hermandad de la Virgen de Luna de Villanueva de Córdoba. En la revista de la Hermandad de ese mismo año publiqué un artículo en el que recordaba cuál era el origen de las hermandades en general y de ésta en particular. Dado que ya hemos entrado en el periodo de Pentecostés, y que el próximo 25 de mayo la imagen de la Virgen de Luna llegará a Villanueva, recuerdo y amplío ese artículo.

     Fue en el curso de 1970-1971, cuando cursaba 3º de EGB. Una mañana me acerqué a mi maestro, don José Palomino Cobo, que era miembro de la Directiva de la Hermandad de la Virgen de Luna, y le comenté que mi madre me había dicho que me iba a apuntar a ella, y que yo quería ser “hermano de la Virgen”. Don José me miró como valorando mi petición, y debió de verme convencido pues a reglón seguido pasaba a tomar nota de mis datos para incluirme en la Hermandad, formando parte de la misma a partir de ese momento.

(Mi madre le tenía una gran devoción a la Virgen de Luna, y por eso cuando se realizó una gran reforma en la casa hace veintidós años quería tener una imagen suya. Las hay de muchos tipos, pero no le gustaba una simple fotografía, vidriada. Un amigo de la familia se puso en contacto con un buen artista, Alfonso Carlos Orce Villar, miembro de una reconocida saga de artistas sevillanos. Elaboró una auténtica obra de arte, un retablo cerámico de la Virgen de Luna con manto azul claro: los bordados de uno antiguo se pasaron a dos nuevos, entre ellos éste, que se estrenaba por aquellos años. -En Villanueva de Córdoba, tengo entendido, sólo hay dos retablos de Alfonso C. Orce, éste y otro en la cooperativa olivarera que tiene el nombre de la patrona local.-
El lugar elegido para situarlo, en la pared frontera a la entrada del patio, es el mismo en que los romanos situaban su lararium (altar doméstico) en el atrium (patio) de la domus (casa). Confieso que eso lo descubrí después.)
 

     Cuando ingresé en la Hermandad era entonces un niño de siete u ocho años y no podía siquiera vislumbrar la gran carga histórica que significa formar parte de la Hermandad de la Virgen de Luna de Villanueva de Córdoba; eso es algo que, gracias a mi afición a la historia, he ido conociendo con el tiempo y que me ha hecho sentirme más complacido, si es que fuere posible, de pertenecer a ella.
     La primera referencia documentada de la relación entre Villanueva de Córdoba y la Virgen de Luna data de 1589, a tenor del "pleito entre los Concejos de Pozoblanco y Villanueva de Córdoba, por oponerse el primero a que se trajese a esta villa la imagen de Nuestra Señora la Virgen de Luna", como exponía don Juan Ocaña Prados en 1911 en su obra Historia de la Villa de Villanueva de Córdoba. Siendo de esa fecha el pleito es evidente que tenía que basarse en hechos bastante anteriores.
     En el libro Villanueva de Córdoba. Apuntes históricos de su hijo, don Juan Ocaña Torrejón, consta que en la Visita Pastoral de representantes del Obispado de Córdoba a la Parroquia de San Miguel Arcángel de esta localidad en 1590 figuraban las cuentas de la ermita de Nª Sª de Luna. La primera referencia expresa, que conozca, a nuestra Hermandad es en esa misma obra, durante la Visita Pastoral de 1604, en la que figuran las cuentas de la Hermandad de Nª Sª de Luna con Bartolomé García Pozuelo.
     En otra obra de don Juan Ocaña Torrejón, La Virgen de Luna (bosquejo histórico), editada en 1963, se recogían las “Obligaciones de la Hermandad y Compañía de Soldados de Nuestra Señora de Luna que sirve en esta villa de Villanueva de Córdoba”, las constituciones o estatutos por los que se regía la Hermandad, para el periodo de 1763-1783, aunque en ella se hiciera mención a otras anteriores de 1705 y 1715. En ellas se decía que “el número de soldados de dicha Compañía y hermanos no ha de exceder de noventa en que se han de incluir los Oficiales”.
     En el primer libro sobre nuestra historia local, ya citado, Historia de la Villa de Villanueva de Córdoba, D. Juan Ocaña Prados nos describe el uniforme decimonónico de la Hermandad, ya en desuso en 1911: “Calzón corto, media negra, zapato antiguo y una especie de frac, cruzada a la bandolera por unos cordones de seda, de los cuales pendían los frascos de pólvora y un espadín”. En la fotografía de una romería de la Virgen de Luna de comienzos del siglo XX puede observarse a los hermanos con su escopetas de pistón, con las que, dice Ocaña Prados, “hacen salvas en honor de su excelsa patrona”. En el libro de Ocaña Torrejón sobre la Virgen de Luna reseñado arriba se nos aclara que esta costumbre de hacer salvas en honor de la Virgen de Luna “Villanueva la observó hasta el año 1918, en que las autoridades locales, teniendo en cuenta que las pasiones políticas de aquellos días estaban muy excitadas, revolvieron prohibir, como medida de prudencia, estas salvas y así ha continuado hasta la fecha”.

 (Romería en el santuario de la Virgen de Luna de hacia 1900. Obsérvese que los hermanos van armados con escopetas. Se diferencian de los guardias civiles, que también acompañan la imagen, en que éstos llevan puesta la bayoneta.)

Hermandades: milicias urbanas.
     La clara mención de las Obligaciones de 1763 a su carácter militar (“Compañía de Soldados”) nos indica que su origen fue más Hermandad que Cofradía, pues entre ambas hay diferencias.
     Las cofradías nacen en la Edad Media, y eran asociaciones con unos rasgos característicos, como la condición de seglares de sus miembros, el carácter voluntario de su incorporación y su estrecha relación con el ámbito de lo religioso. En el territorio hispano las cofradías más antiguas datan del siglo XI, correspondiendo al ámbito de Cataluña. Los fines de las cofradías eran benéfico-religiosos, sobre todo si sus cofrades contraían una enfermedad o morían.
     El origen de las hermandades es distinto. Con este término se hace referencia a las asociaciones de municipios que se formaron en la Edad Media, en los reinos de Castilla y León, con el objetivo de defender el orden público en el medio rural, y a la vez para intentar poner coto a los continuos abusos por parte de los poderosos. En los tiempos convulsos de finales del siglo XIII, con una monarquía débil y unos nobles prepotentes que intentaban imponer su única ley, la del más fuerte, las hermandades surgieron como milicias armadas de los concejos, que defendían derechos de las ciudades frente a los intereses de la alta nobleza, desempeñando un importante papel. Por ejemplo, a la muerte de Sancho IV de Castilla y León en 1295, su heredero, Fernando IV sólo contaba con nueve años, quedando bajo la regencia de su madre, María de Molina. Algunos grandes nobles intentaron aprovechar la coyuntura para desmembrar el reino y hacerse cada uno de ellos con una parte de él, pero María de Molina, mujer de gran valía, autorizó la creación de hermandades, se apoyó en ellas y en los concejos urbanos para hacer frente a la presión de la alta nobleza, y logró evitar la disgregación del reino y conservar el trono para su hijo.
     En 1476 los Reyes Católicos crearon la Santa Hermandad, una institución de carácter efímero, pero muy efectiva, como una especie de policía local del medio rural. Basándose en las hermandades de un par de siglos antes, ante la tremenda conflictividad y violencia social existente en sus reinos, y con el fin de restablecer y mantener el orden, los Reyes Católicos restauraron esa vieja institución armada en las cortes de Madrigal de 1476, con el nombre de Santa Hermandad. En dichas cortes se estableció que la mayor parte de la financiación correspondería a los concejos locales, contando con una Junta General o Consejo de la Hermandad encargado de dirigir y controlar su funcionamiento. Entre las diversas competencias de la Santa Hermandad se encontraban la capacidad para dictar y ejecutar justicia en los casos de robo, asesinato o incendio. Sus componentes, conocidos como “cuadrilleros”, se hicieron famosos por su justicia rápida y expedita.
     Con estos precedentes de hermandad como milicia armada de un concejo es cuando, parece ser que a finales del siglo XVI o comienzos del XVII, se fundó en Villanueva de Córdoba la Hermandad y Compañía de Soldados de Nuestra Señora de Luna. Las insignias que hoy ostentan los Hermanos Mayores, bastón, bandera y alabarda, corresponden a los tres mandos de la antigua compañía de soldados: Capitán, Alférez y Sargento. (Por cierto, que el modo de elección de esos oficiales en el siglo XVIII era el siguiente: el día de la procesión en que se llevaba a la Virgen a la ermita, los oficiales de la compañía habían elegido a seis hermanos que les parecieran más a propósito, y sus nombres se introducían en un jarro; el capellán, o un niño menor de edad, sacaban tres de las papeletas, que correspondían, tal y como fueron saliendo, a los cargos de Capitán, Alférez y Sargento.)
     En la actual procesión local del Corpus Christi, cuando salen todas las agrupaciones religiosas de Villanueva de Córdoba con sus insignias, podemos reconocer por ellas su origen como cofradía o hermandad: estandarte para las primeras, bandera para las segundas (en Villanueva sólo las dos hermandades de San Sebastián y Nuestra Señora de Luna).
     Hoy en día son ocho los designados como Hermanos Mayores anualmente, por orden de antigüedad, que portan las antiguas insignias: bastón, bandera y, el resto, alabardas.

La alabarda, un arma de circunstancias.
      Como a mí me correspondió una, me interesé por ella. Aunque algunas bandas de romanos la porten, ningún legionario de Julio César o Trajano usó o conoció siquiera una alabarda, pues apareció a finales del siglo XIII (v. el artículo de Fernando Quesada Sanz sobre ella en la revista La Aventura de la Historia 113, marzo 2008).
     En la Plena Edad Media la dueña indiscutible de los campos de batalla era la caballería pesada aristocrática. Frente a ella nada podían hacer unos infantes mal equipados y peor entrenados, y sólo podía causarle algún daño su igual o las compañías de mercenarios armados con ballestas y arcos largos.
     Por esta época también las ciudades van adquiriendo más entidad, y en muchos lugares de Europa aparecieron milicias urbanas bien equipadas y organizadas, capaces de batirse de igual a igual con los caballeros acorazados.
     La base era densas formaciones cerradas de infantes armados con largas picas (cuatro metros o más), apoyados por compañías de ballesteros (y cada vez más con armas de fuego) y soldados más móviles que portaban unas armas de asta que tenían su origen en herramientas, como la alabarda.
     No es el arma de un guerrero profesional, como podría ser una espada, sino una auténtica arma popular, de circunstancias podría decirse, compuesta por elementos que podía tener un campesino o un artesano en su casa. Sobre un astil de madera  de unos dos metros se insertaban hachas, picos, podaderas, hoces y martillos que formaron una gran panoplia, entre ellas nuestra alabarda, con una característica común: eran capaces de enganchar la armadura de los caballeros y derribarlos al suelo, y allí dejarlos fuera de combate e incluso traspasar la armadura con ella.
     La alabarda consta de un astil, protegido en su cabeza con pletinas de hierro para evitar que fuera desmochada por un golpe de espada. Su fuerza residía en la "cabeza de armas", que en su tipo clásico tiene tres elementos: una pica o punta de lanza en el extremo del astil, un hacha a un lado y un gancho o pico curvo en el otro. Estos elementos le daban una triple función al arma: taladrar, cortar y enganchar. En las manos de un hombre fuerte y bien entrenado, era un arma temible tanto contra caballeros como contra infantes: en las formaciones compactas, pero de muy poca movilidad, de piqueros, los alabarderos podían introducirse entre las filas de piqueros enemigos causando estragos.
     Su forma fue cambiando con el tiempo. Los ejemplares más antiguos tenían un hacha de filo recto, paralelo al astil. A lo largo del siglo XVI el hacha aumentó su tamaño, tomando forma de media luna y con un gran desarrollo de la punta inferior. Es el tipo de las alabardas de la Hermandad de la Virgen de Luna de Villanueva de Córdoba, similar a la que podrían haber empleado los primeros componentes de ella hace más de cuatro siglos.
     Los mercenarios suizos y alemanes extendieron el uso de la alabarda por Europa en los siglos XIV y XV, aunque el desarrollo de las armas de fuego las hizo relegar a ser la divisa de los sargentos de muchos ejércitos europeos. Es un recuerdo del carácter militar que tuvo en su origen la Hermandad.

Y tocó empuñar la alabarda.
     Con tal bagaje de historia acudí el domingo 9 de octubre de 2011 al santuario de la Jara para recoger tras la misa la Alabarda que me correspondía custodiar hasta el 7 de octubre de 2012, al  ser uno de los Hermanos Mayores de ese año. Pero una cosa es el conocimiento, es saber cuál es el origen de las hermandades o cuándo se fundó la nuestra, y otra el sentimiento.
     Cuando así el astil de la alabarda me di cuenta de que aquello no era un simple trozo de madera, sentí que esta cogiendo más de cuatro siglos de historia, que yo era un eslabón más de una cadena de más de cuatrocientos años. Quiero ser estoico, dominar las sensaciones y sentimientos, pero por esta vez dejé que fueran ellos quienes se impusiesen al notar ese especie de energía que surgía de la alabarda. Quizá sea porque nuestra gran ventaja evolutiva fue que lo hicimos en grupos, y ese arma, hoy un símbolo, me hacía ser plenamente consciente de a cuál pertenezco. Fue una sensación de completa satisfacción con un gran valor, pues no se le puede poner precio. Afortunadamente, es de esas cosas que no se puede comprar con dinero.


Romería del 28 mayo 2012

     Decía don Juan Ocaña que en la Edad Moderna “el pertenecer a la Hermandad de Nuestra Señora de Luna era considerado por el vecindario de este pueblo como una distinción, como un honor dentro de los demás vecinos”. Ahora no hay una limitación de número, ni es algo exclusivamente masculino. Sin perder la esencia de la tradición se han ido incorporando a la Hermandad nuevas ideas, como decía don Julio Caro Baroja. En su origen como milicia ciudadana las hermandades estaban compuestas (como cualquier ejército de la época) por varones jóvenes cuya pérdida no era irremisible. Las mujeres no participaban porque eran imprescincibles para perpetuar la especie. Hoy, en que esos supuestos han cambiado, parece acertado que la Hermandad esté abierta a todos, sin distinguir en que unos tengan cromosomas XY y otras XX. Hoy somos 1.322 los que formamos parte de ella, siendo la mayor agrupación ciudadana de un municipio que al 01-01-2014 contaba con 9.226 habitantes.
     Se debe significar que a comienzos de la década de 1970, cuando se produjo el gran éxodo, en Barcelona y Madrid, los lugares donde había más número de personas naturales de Villanueva de Córdoba, surgieron hermandades y romerías de la Virgen de Luna que, para todas aquellas personas, fueron el vínculo con la tierra que los vio nacer. En estos sitios muchos emigrantes pasaron a formar parte de hermandades de la Virgen del Rocío para hacer constar que sus orígenes estaban en un lugar distinto al que residían. A la gente de Villanueva de Córdoba no les er necesario, tenían, teníamos, la nuestra. ¿Para qué nos hace falta más?
     Hoy no es la mano inocente de un niño, sino la antigüedad en el escalafón la que marca quiénes serán los Hermanos Mayores de cada año, pero coincido con don Juan Ocaña en que me siento sumamente honrado como jarote, es más, hasta lleno de orgullo y satisfacción, en haber sidor uno de los Hermanos Mayores de la Hermandad de Nuestra Señora de Luna. Como hijo de Villanueva de Córdoba no hay condecoración o distinción que pueda superar a la que tuve: empuñar la alabarda de la Hermandad de la Virgen de Luna de Villanueva de Córdoba.

viernes, 3 de abril de 2015

Población de las Siete Villas de los Pedroches: 1557-1657

     Hace ciento cuatro años que Juan Ocaña Torrejón publicaba su Historia de la Villa de Villanueva de Córdoba, y con total propiedad se le puede considerar como el Heródoto jarote, el Padre de la Historia local. Recuerdo que en cierta parte de su obra, al mostrar los impuestos y arbitrios pagados en el siglo XVIII, el pobre se disculpaba por parecer prolijo y ofrecer tantos datos. Y es que en aquellos tiempos, a comienzos del siglo XX, las cuestiones que primaban en los estudios históricos eran de orden político o institucional; lo importante era saber la lista de reyes godos (en su defecto, la de alcaldes). Esta perspectiva varió con la aparición de nuevas disciplinas como la Arqueología o la Prehistoria, y, sobre todo, con el establecimiento de nuevos postulados teóricos, entre los que destaca la escuela de los Annales.
     Con esta nueva tendencia historiográfica se valoraron y analizaron otros aspectos relacionados con la economía, con la sociedad, con los distintos estamentos sociales, etc. Se buscaba, en fin, una historia total. Y en esto Juan Ocaña Torrejón fue un auténtico adelantado a us tiempos, anticipando en su obra lo que décadas después aparecería en Europa como la nueva manera de entender la historia.
     Entre la abundante documentación del siglo XVIII que aporta Ocaña Torrejón hay numerosos datos sobre la población local. En esta entrada vamos a tratar de esta misma materia pero a nivel comarcal, sobre la evolución del poblamiento de las Siete Villas de los Pedroches, y en un periodo anterior al que aportó Ocaña, desde mediados del siglo XVI a mediados del XVII. (Si no se indica lo contrario, los datos de la población se han extraído de la obra de José I. Fortea Pérez Córdoba en el siglo XVI: las bases demográficas y económicas de una expansión urbana, Córdoba, 1980. Los cálculos, tablas, gráficos y análisis son de cosecha propia.)

Consideraciones previas: esto no es una ciencia exacta.

     Cualquiera que se haya acercado al estudio de la población durante la Edad Moderna sabe que hay una serie de cuestiones que son dificílmente manejables.
     En primer lugar, en los censos de la época no se reflejaban los habitantes, "las almas", sino los "vecinos", personas que vivían en una localidad y contribuían en sus gastos. Podría considerarse a "un vecino" como "una unidad familiar", pues en Aragón la palabra utilizada era "hogar". Para convertir estos vecinos en personas hay que emplear un coeficiente multiplicador, materia que ha generado un gran debate sin alcanzar un consenso generalizado, pero que oscila, según cada estudioso, entre 3,5 y 4,5 personas por cada vecino.
     En el análisis de la evolución de la población nos valen los simples datos de los vecindarios, pero si queremos intentar elaborar unas tasas (en las que es imprescindible conocer el número de habitantes), sí hay que tener en cuenta este coeficiente, pues según se aplique una cifra u otra las variaciones pueden ser del 20%.
     En segundo lugar, estos datos no fueron consignados por un organismo equivalente a nuestro Instituto Nacional de Estadística con el fin de dar a conocer el número de habitantes, sino por personas y organismos diferentes con muy distintos motivos, siendo el principal el fiscal.
     Pero el tercer problema, y mucho más trascendental, es la misma fiabilidad de los censos, pues a veces se encuentran datos y cifras completamente inexplicables: para el caso de Villanueva de Córdoba en el censo de 1591 (publicado en 1829 por don Tomás González, y muy empleado tradicionalmente por los historiadores) la localidad contaba con 452 vecinos. Sin embargo, el año siguiente, 1592, se procedió al repartimiento de las alcábalas que había que satisfacer, y en él hay 574 vecinos. Una variación del 27% de un año para otro no tiene una explicación fácil; quizá en el censo de 1591 se hubiesen mantenido las cifras de años anteriores, mientras que en el repartimiento de alcábalas, como era algo que había pagar, se hubiese actualizado por completo. Es una hipótesis.
     "Más que su empleo [de los censos], lo que hay que rechazar es la falta de crítica y prudencia en sacar conclusiones a partir de documentos tan imperfectos sin un previo contraste de su posible fiabilidad, que obligará en ocasiones a rechazar algunas de estas fuentes" (Eiras, 1975, 361). Para salvar este escollo se cuenta con una poderosa herramienta, los registros parroquiales. Como escribía un pionero de la demografía española, Jordi Nadal, "las actas de bautismos, entierros y matrimonios reflejan, en efecto, el pulso diario de una población".

     Los bautismos registrados en Villanueva de Córdoba para el periodo 1575-1620 se muestran abajo:



      Se comprueba que la tendencia lineal de este tiempo es de un claro incremento de los nacimientos; la media móvil para cinco años (línea roja) refleja algunos momentos de estancamiento o incluso recesión, como en la primera mitad de las décadas de 1580, 1590 y 1600. A partir de 1605, y durante una década, vuelve la tendencia a la subida, para cambiar a un franco descenso en el último quinquenio del periodo.
     El método usualmente empleado para comprobar la verosimilitud de los censos es establecer las tasas de natalidad, partiendo de las series de bautismos parroquiales. Magnitudes del orden del 35 a 45 por mil son perfectamente factibles; e incluso algo superiores, si se observa que la serie de nacimientos se presenta en franco ascenso. (En los Pedroches se pueden realizar este tipo de tasas en Villanueva de Córdoba o Pedroche, que cuentan con los archivos parroquiales, pero no así en Pozoblanco o Dos Torres, antigua Torremilano de las Siete Villas, al haberse destruido durante la guerra civil.)
     Para intentar evitar las variaciones interanuales, que tan claramente se aprecian en la gráfica, la tasa de natalidad se establece a partir de la media de nacimientos de once años, teniendo como central el año censal. Hay también que transformar los vecinos en habitantes, y como las distintas autoridades emplean distintos coeficientes de conversión (y todas ofrecen buenos argumentos), he empleado dos multiplicadores, 3,5 y 4,5 habitantes por vecino.
     Para el decenio de 1584-1594 contamos con seis fuentes censales de Villanueva de Córdoba, con cifras, como apuntábamos, muy diferentes de unos pocos años a otros.


     Las tasas de natalidad que resultan a partir de esos datos de nacimientos y población son las que nos pueden indicar cuáles de los censos son más fiables: las de 1584 (44-34 por mil) y 1592 (48-37 por mil, según el coeficiente aplicado) son perfectamente acordes a las que se esperarían para este tiempo. Ambas proceden de las averiguaciones de alcábalas.
     Otras, como las de 1587 (52-40 por mil) y 1594 (53-42 por mil) no son desorbitadas, podrían ser posibles; pero la primera contrasta demasiado con el censo de 1584, mientras que las cifras del segundo no son tan discordantes con las del de 1594.
     Hay otro grupo que ofrecen unas tasas de natalidad difícilmente creíbles, como el censo de Tomás González de 1591: 61-47 por mil no son cifras admisibles, además de tremenda disparidad con el del año siguiente, cuyas tasas de natalidad sí tienen niveles admisibles. En el informe de los concejos sobre la producción de paños de 1588 los vecindarios de todas las villas están sospechosamente redondeados con cifras que acaban en cien o cincuenta.
     Mostramos con diferentes colores estas tasas: verde para las probables, violeta las posibles y rojo para las poco creíbles. Puede observarse que los censos que ofrecen poblaciones que mejor se ajustan a las series de nacimientos son las procedentes de las averiguaciones de alcábalas.
(Un apunte antes de continuar. Las alcábalas fueron una de las principales fuentes de financiación de la Corona de Castilla. Teóricamente consistían en un porcentaje sobre las ventas, pero la dificultad del cobro hizo que durante el tiempo que estudiamos se procediese al encabezamiento: se estipulaba una cifra que había de satisfacer cada ciudad y pueblo, para lo cual era necesario realizar un repartimiento entre las personas obligadas a hacerlo.)

Población de las Siete Villas de los Pedroches, 1557-1657.

     En 1553 Villanueva de Córdoba y Añora adquieren la condición de villa. Hasta entonces los componentes demográficos de Villanueva, por ejemplo, habían estado incluidos dentro de los de su villa matriz, Pedroche.
     De las distintas fuentes demográficas que se conocen para este periodo hemos seleccionado las que me parecen más ajustadas a la realidad: las declaraciones de alcábalas de 1557-1561; las averiguaciones de alcábalas de 1590-1595 (rechazamos el censo de Tomás González de 1591, o el ofrecido por los concejos en 1588 por las razones expuestas arriba); y la declaración de vecindad de cada villa de 1657 para el repartimiento de los frutos de la Dehesa de la Jara. (Dos pequeños apuntes sobre este censo: primero, dada la finalidad del mismo la población de cada villa debía ser aprobada por el resto, lo que le confiere gran credibilidad. Segundo, creía que cíclicamente cada padrón municipal se iría renovando, pero no fue así. Los datos de 1657 se siguieron empleando en Villanueva de Córdoba en 1685 o en Pozoblanco en 1690. El análisis del Libro de Actas de Juntas de la Dehesa de la Jara revela que fue en la sesión de 10 noviembre 1657 donde se dieron por primera vez esos datos de población.)
    Desde 1561 hasta 1657 la población conjunta de las Siete Villas de los Pedroches aumento en un 121,68%, a un ritmo de 2,26 por mil anual:
 


     En el balance de este siglo dos municipios lo tuvieron negativo en cuanto a demografía: Torrecampo (con una pérdida del 1,6 por mil anual) y, sobre todo, Pedroche, que a mitad del XVII contaba sólo con la mitad de vecinos que cien años antes. De significar el 25% en el cómputo total comarcal en 1561 pasó al 10% en 1657, perdiendo vecinos con una cadencia del 5,3 por mil cada año.
     Añora tiene un crecimiento moderado, de casi el cinco por mil anual, mientras que Alcaracejos y Torremilano aumentan muy levemente, entre el 1 y el 2,7 por mil anual.
      En el otro platillo de la balanza se encuentran Pozoblanco y Villanueva de Córdoba. La primera se había convertido en la localidad más poblada de los Pedroches, con la cuarta parte de los efectivos comarcales, creciendo a un ritmo de 9,2 por mil anual. Sin embargo, el mayor incremento de orden cualitativo lo tuvo Villanueva de Córdoba, que durante este siglo (y con algún altibajo como comentamos antes) creció con la espectacular cifra de un 15,4 por mil cada año.





      Lo dicho es válido para el siglo de estudio 1561-1657, aunque si analizamos cada municipio empleando el censo intermedio de 1590-1595, se comprueba que esta evolución fue muy dispar.


     La población de Alcaracejos creció muy moderadamente durante la segunda mitad del XVI, manteniéndose casi estática durante la mitad del siguiente. La de Añora creció con más vigor también en estos mismos tiempos.
     Pedroche muestra un declive en todos los interestadios, siendo más acusado también en la segunda mitad del XVI. Pozoblanco, en cambio, se muestra al alza durante todo el siglo, igualmente con mayor porcentaje entre 1561-1592.
     Torrecampo es la única que muestra un comportamiento diferente en cada periodo: hasta finales del XVI aumenta su población, pero desciende a un ritmo del cuatro por mil anual desde entonces.
     La de Torremilano siguió incrementándose en 1561-1592, aunque durante la primera etapa del XVII se mantiene casi estacionaria.
     Villanueva de Córdoba presenta dos etapas que también contrastan dentro de lo que es un decidido incremento: la primera tiene un crecimiento que puede calificarse de prodigioso: veinte por mil cada año; entre 1592-1657 su aumento se reduce al ocho por mil que, de todas formas, se convierte en el más elevado de las siete villas durante la primera mitad del siglo XVII.
     En la capital cordobesa el crecimiento de su población se mantuvo durante el siglo XVI hasta 1570-1580, cuando comienza a declinar para estancarse durante el siglo XVII. Este modelo no es válido para la totalidad de las Siete Villas de los Pedroches, cuyas cifras reflejas procesos muy distintos entre ellas. Alcaracejos, Añora, Torremilano y en cierta medida Torrecampo sí se adecúan al proceso de la capital cordobesa (aunque no coincidan las fechas): crecimiento hasta finales del XVI, y estancamiento en el XVII. Pedroche pierde población desde mediados del siglo XVI, y Pozoblanco y Villanueva continúan creciendo durante todo el siglo estudiado, y a un fuerte ritmo.
     Esto es algo muy interesante para analizar, pues la población de las Siete Villas era muy homogénea y tenían una fuente de recursos que debían gestionar todas ellas en común, la Dehesa de la Jara. Así que esas diferencias entre la evolución de la población de cada localidad quizá haya que buscarlas en la conjunción de varios factores que interactúan entre sí:
     * La dispersión del poblamiento, con seis villas agrupadas en el sector occidental y sólo una, Villanueva de Córdoba, en la mitad oriental (Conquista nace tras una provisión de Felipe II de 07-08-1579, con unos componentes demográficos escasos; Cardeña, con Azuel y Venta del Charco, se independiza de Montoro en 1930, aunque su población era mayoritariamente natural de Villanueva de Córdoba).
     * Los "vecinos", los señoríos de Belalcázar y Santa Eufemia que constriñen por el oeste a la mayoría de las villas, las seis occidentales; hacia saliente, sin embargo, estaba la extensísima mitad norte del término de Montoro, deshabitada, y con la que pronto se hicieron mancomunidades para su aprovechamiento de las gentes de los Pedroches (especialmente por las de Villanueva de Córdoba, que eran las más cercanas).
     * De las dos anteriores se deriva la potencialidad productiva del territorio, tanto propio como circundante, que es mucho mayor en el este de los Pedroches.
     * Las diferentes estrategias de adaptación al medio empleadas por cada villa, entendiendo esta adaptación no sólo desde la perspectiva ecológica, sino también económica y social.
     Sólo así se explica que en la aridez demográfica del XVII Pozoblanco y Villanueva de Córdoba siguieran creciendo durante su primera mitad a un ritmo, alegremente moderado, del siete y ocho por mil, respectivamente. Creo que los habitantes de estos dos lugares supieron hacer valer algo dependiente del azar y tan sencillo como su situación (respecto a las otras villas y al territorio en general, incluidos los "vecinos"), y que emplearon dos estrategias distintas, pero ambas acertadas, como reflejan los datos de su población. Esto merece tratarse de forma aparte en otra entrada.