En el dolmen de Las Agulillas

jueves, 20 de octubre de 2016

La Reina Cava de Pedroche. (Pedroche, ¿fundación visigoda?)



     Una de las leyendas más conocidas de Pedroche es la de la Reina Cava. Se trata de una leyenda asociada al fin del Reino de Toledo y la conquista de al-Andalus que ha sido estudiada por numerosos eruditos. Veamos primero lo que se dice de ella en las fuentes locales, para ascender luego a las nacionales.

La tradición local.
     En Pedroche se recogen distintas variantes. En la primera, Pedroche era un castillo construido por el rey godo Teodoredo, donde se reunían los hijos de los nobles para su formación. Entre ellos se encontraba Cava, hija del conde don Julián, de gran belleza y al servicio de la reina Egilona, esposa del rey don Rodrigo. Impresionado por la joven, el rey se apasionó por ella, y ante sus negativas, la violentó por la fuerza. Cava informó a su padre, el conde don Julián, que se encontraba entonces en el norte de África. Julián se hizo el tonto, y convenció al rey del peligro que había por el norte de la península, mandando allí el grueso de sus ejércitos. La circunstancia fue aprovechada por los musulmanes para invadir Hispania, y combatiendo a su lado estuvo el conde don Julián.

     Según otra versión, Florinda era la hija del conde don Julián, gobernador del norte de África, que había sido enviada a la corte toledana para adquirir la educación de una noble. El rey Rodrigo se enamoró de su belleza, y aunque la joven se resistió el rey acabó violándola. A partir de entonces fue conocida como Cava, que en árabe significa prostituta. Una criada la convenció para que le contara a su padre lo que había ocurrido, haciéndole llegar una carta. Don Julián disimuló no conocer nada, pero en secretó tramó su venganza, entrando en contacto con los musulmanes y facilitándoles su entrada en la península. En el año 711 los musulmanes cruzaron el estrecho, y el rey Rodrigo salió a su encuentro. Julián y los hijos del anterior rey, Witiza, al principio estaban entre los combatientes de Rodrigo, pero apenas iniciado el combate se pasaron al enemigo, causando la derrota y muerte de Rodrigo.

     Tras la conquista, Cava se refugió en el castillo de Pedroche, construido por Teodoredo, donde, según recoge el Cronista Francisco Sicilia Regalón, “llevó una vida llena de penitencia y virtudes, puesto que durante toda su vida ella consideró que había sido la causa indirecta de la pérdida de España. Antes de morir arrojó sus tesoros al fondo de un pozo, que desde entonces lleva el nombre de Fuente de la Cava, el mismo al que solía acudir para llorar la muerte de su hijo y maldecir su destino y al que ella misma se arrojó”. Tras su muerte, fantasmas de una mujer y un hombre armado aparecían en el torreón del castillo, hasta que un ermitaño bendijo la Fuente de la Cava, acabando con el fantasma de Florinda la Cava.


La leyenda de la pérdida de Hispania

     La leyenda de Florinda o de la Cava, como se la ha venido a conocer, se encuadra dentro de un grupo de leyendas surgidas tras la conquista de al-Andalus.

     La derrota de Rodrigo ante los invasores musulmanes fue rápida y contundente, tras la batalla de Guadalete los peninsulares no presentaron un frente unido; aunque hubiera algún foco de resistencia, muchos de los aristócratas indígenas trabaron pactos con los recién llegados que les permitían seguir manteniendo el poder en sus territorios.

     Tras los hechos, aparecieron relatos que describían los primeros momentos de la conquista musulmana a través de los personajes más relevantes: Don Rodrigo, los hijos del anterior rey Witiza y el conde Don Julián por un lado; y Tariq y Muza por el otro. Como expone Julia Hernández Juberías (autora a la que seguiremos en este epígrafe), los autores musulmanes no sólo tenían intención de dar cuenta de la conquista, sino que “a medida que avanzan los relatos, se puede observar cómo la opinión del lector está siendo dirigida con un objetivo concreto: justificar la actuación de los principales protagonistas y el desarrollo que tomaron los acontecimientos” (Julia Hernández, 1996, 163). Junto a las crónicas musulmanes existieron tradiciones propias de los mozárabes (cristianos que vivían en al-Andalus) y de los cristianos del norte, que irán añadiendo a sus versiones elementos de las crónicas árabes.

     Parece ser que tras la muerte del rey Witiza su sucesión se vio llena de polémicas. Sus hijos se consideraban sus legítimos herederos, pero la tradición germana, sancionada en el IV Concilio de Toledo, mandaba que el proceso de sucesión fuera electivo entre la elite de la aristocracia goda (los hispanorromanos quedaban relegados de poder acceder al trono. La elección de Rodrigo no fue del agrado de los hijos de Witiza, pero no era ese el único problema. En el NE, en las provincias Tarraconense, Cartaginense marítima y Narbonense gobernó otro rey, Agila, entre 710-713, que acuñó su propia moneda. “La zona catalana sólo llega a tener noticias de la existencia y reinado de Rodrigo en el 1266, cuando se traduce la obra del obispo toledano Ximénez de Rada” (J. Hernández, 1996, 168-169).
La visión de cada tradición sobre la sucesión de Don Rodrigo es muy diferente: “Las crónicas cristianas afirman casi con unanimidad que Rodrigo llegó legítimamente al poder mientras que para las fuentes musulmanas Rodrigo usurpó el trono a los descendientes de Witiza. Entre ambas posiciones se encuentran las versiones de la Crónica mozárabe de 754, un pasaje de la Crónica del moro Rasis recogido en la Crónica Sarracina y el texto que ofrece Ajbar maymu’a, en los que se defiende el acceso legítimo de Rodrigo al trono pero que, asimismo, dejan constancia de que este hecho vino acompañado de serios desórdenes internos.
Es lógico pensar que, dado el curso de los acontecimientos, éstos dieran lugar en ambas culturas al nacimiento de relatos con los que se intentó explicar el rápido y concluyente cambio de poder. Desde época temprana queda constancia de que la versión de la leyenda de la pérdida de Hispania que circulaba entre mozárabes y cristianos del Norte fue atribuida, en la misma medida aunque con ciertas diferentas, a la figura del rey Witiza hasta que esta leyenda cristiana acaba por fundirse con la versión musulmana. Entre los relatos defendidos por la tradición cristiana del Norte y musulmanes, encontramos un puente intermedio: las versiones mozárabes que utilizan y transforman a su gusto elementos pertenecientes a ambas y, ya posteriormente, aquellas versiones cristianas que, conocedoras asimismo de la tradición musulmana, refunden los dos relatos en un mismo texto hasta que la leyenda atribuida a Rodrigo termina por absorber a la protagonizada por Witiza” (Julia Hernández, 1996, 173-174).

Oliba, la hija del conde Don Julián, luego conocida como Cava o Florinda.

     “El ciclo de la conquista de Hispania da comienzo en las fuentes árabes con el fragmento que hace alusión a la violación de la hija del conde Don Julián por el rey Rodrigo. El interés que ha suscitado este episodio se ha dirigido unánimemente hacia el origen de este modelo presente, asimismo, en otras literaturas. Se ha venido defendiendo procedencias germánica, mozárabe y musulmana, todas ellas apoyadas en la existencia de tradiciones semejantes que comparten el mismo desarrollo argumental aunque en ellas se hace recaer mayoritariamente el papel femenino en la esposa y no la hija del consejero… Entre los siglos V-VII este modelo será utilizado por dos literaturas ajenas: la denomina por Menéndez Pidal ‘novela general europea’ y la musulmana que lo reproduce al menos en dos episodios recogidos por Marcos Marín: la seducción de Abriza por el rey al-Nu’man y la batalla del valle de Yarmuk…
     La primera versión cristiana del relato [de la conquista de Hispania], recogida en la Crónica de Moissac (siglo IX), no hace una referencia explícita a este episodio [de la violación de la hija del conde Don Julián]. La primera ocasión en que se encuentra, no ya simplemente mencionado sino recreado literariamente, es en una obra nacida en un entorno musulmán. La Crónica Pseudo-Isidoriana [de hacia el año 1000 d.C] es la primera obra mozárabe en la que se halla incluida la historia de Oliba, hija de Julián, conde de la Tintigana, versión cuyo desarrollo argumental es semejante al de las fuentes árabes. [El nombre en ella es Oliba]; la tradición cristiana posterior olvida este nombre para denominarla en el siglo XIV Alacaba, Alataba o la Taba, y ya en el siglo XV, Cava. La oscilación en los nombres recibidos queda patente en el fragmento recogido en la Crónica de 1344… A partir del siglo XV se intenta buscar la etimología de este nombre en el que se quiere ver una deformación del nombre hebreo de Eva. Posteriormente, el nombre se convierte en epíteto, haciéndolo proceder del término árabe cava (ramera) por lo cual se necesitaba buscar otro nombre para la hija del conde, que pasa a llamarse Florinda…

     El relato que recoge la Crónica Pseudo-Isidoriana ofrece elementos que se hallaban ya presentes en la ‘novela general europea’ de la que Menéndez Pidal ofrece dos ejemplos: la obra de Procopio de Cesárea (m. hacia s. VI d.C.) y la narración recogida por Fredegario (s. VII d.C.) protagonizada por el emperador Avito y la mujer del senador Lucio, siendo los francos el pueblo invasor… La influencia de la versión musulmana de la conquista puede explicar por qué el episodio de la violación está presente en la versión mozárabe mientras que se halla ausente de la crónicas cristianas anteriores y contemporáneas a ella…

     La tradición cristiana del Norte debió conocer igualmente este elemento de la ‘novela general europea’ pero los textos consultados ponen de manifiesto que en las versiones cristianas tempranas este episodio se halla ausente o bien alterado ya que la violación es transformada en deshonra al incumplir el rey la promesa de matrimonio dada a la muchacha que termina convertida en concubina. Las distintas versiones cristianas a las que hemos tenido acceso muestran claramente que, aun cuando termine por introducirse en ellas el motivo de la violación o deshonra de la hija del conde, este episodio carece del significado que le otorga la tradición musulmana ya que la pérdida de Hispania sigue recayendo, sin vacilación, en los diversos pecados del rey Witiza y, en igual medida, en la traición de los hijos de Witiza y de sus concejeros más cercanos, Julián, conde de la Tangitana. La transformación del episodio de la violación en deshonra ha querido explicarse por el hecho de que la mayor parte de los redactores de las versiones cristianas y mozárabes eran monjes, a los que este elemento no agradaría. Esta teoría no explicaría, sin embargo, la relativa o escasa importancia que este relato guarda en estas versiones cuyo objetivo, en nuestra opinión, es el de no desviar la atención de un hecho que todas ellas recogen: la participación de los hijos de Witiza en la entrada de los musulmanes y la función de intermediario entre ambos grupos que desempeñó Julián. Esta intención queda patente en algunas de las versiones, según las cuales la participación de Julián (recordemos que se le describe como uno de los consejeros más cercanos de Witiza), estuvo motivada en primer lugar por el deseo de ayudar a los hijos de Witiza a recuperar el trono. Una vez que Julián accede a participar en la trama estas versiones añaden que, además, le movían razones personales al haber deshonrado Rodrigo a su hija…

     El episodio de la violación de la hija del conde Don Julián desempaña una función primordial en la versión musulmana al ser el factor que desencadena la entrada en la península del ejército musulmán. Las versiones de este relato que hemos encontrado coinciden en el desarrollo de la trama: la hija de Julián, siguiendo las costumbres de los nobles de la época, es enviada al Palacio Real de Toledo para completar su educción, añadiendo algunas fuentes que al mismo tiempo se concertaban matrimonios entre los hijos de los notables, enlaces que eran favorecidos por el rey… La versión de Ibn Abd al-Hakam… podría formar parte de una tradición oral cuyo origen es difícil de establecer: ‘Julián había enviado a una de sus hijas a Rodrigo, señor de al-Andalus, para que éste la educara y enseñara y Rodrigo la violó. Este hecho llegó a conocimiento de Julián, que dijo: “No veo más castigo ni más retribución que enviar a los árabes contra él”. Julián envió un mensaje a Tariq que decía así: “Yo te hare entrar en al-Andalus”…’.La versión ofrecida por Ibn Abd al-Hakam recoge los elementos principales del relato que serán reproducidos más tarde por otros autores…
     La influencia musulmana en las versiones mozárabes y cristianas tardías ha sido ya mencionada; sin embargo, esta influencia debió de darse, asimismo, en el otro sentido. Es curioso observar el diferente marco en el que la tradición árabe y la primer versión mozárabe, recogida en la Crónica Pseudo-Isidoriana, localiza la acción. Mientras que para ésta última el rey, informado de la extraordinaria belleza de la hija del conde, la hace acudir a su palacio de Sevilla, las fuentes árabes, ya desde la primera versión conservada, sitúan la acción en Toledo y bajo unas circunstancias diferentes: la muchacha había sido enviada al Palacio Real para completar su educación. El hecho de que este relato conociera esta costumbre, cuya existencia está confirmada y que se mantuvo en la corte de los reyes de León y Castilla, herederos de la tradición institucional y cortesana hispano-gótica, indica la presencia en el relato de información que debió de proceder de fuentes o informadores cristianos al tanto de las prácticas de la corte visigoda” (Julia Hernández, 1996, 177-183).

     En definitiva, la leyenda de la Cava, hija del conde Don Julián, pertenece a una tradición literaria conocida en el mediterráneo en los siglos VI y VII, tanto en ámbitos cristianos como árabes. La primera vez que aparece la historia de Oliba en la literatura mozárabe es el año 1000, en la Crónica Pseudo-Isidoriana, por lo que intentar relacionar a la leyenda de la Cava con los eddas islandeses no parece posible, éstos se escribieron dos siglos más tarde que la crónica mozárabe.

El castillo de Pedroche.

     Toda leyenda surge de algún hecho real. En la de la cava de Pedroche hemos de desdeñar que la presunta hija del conde Don Julián residiera en el castillo de Pedroche; quizá ese hecho histórico es que durante la etapa visigoda hubiese una fortificación en Pedroche, como recogen las variantes de la tradición de Pedroche.

     En ambas se dice que fue mandado construir por Teodoredo. Hubo dos monarcas con tal nombre, más conocido como Teodorico. Ambos gobernaron el reino de Tolosa, al norte de los Pirineos, y sus relaciones con Hispania fueron escasas. Teodorico II vino a combatir a los suevos, a los que derrotó en la batalla del río Órbigo, cerca de Astorga, regresando a la Galia tras cumplir su cometido.

     En absoluto se puede considerar que la mayor parte de la península estuviese en sus tiempos, primera mitad del siglo V, bajo control visigodo, pues nominalmente pertenecía al Imperio romano, aunque éste careciera de medios para imponerse. Es en este tiempo también cuando, ante el vacío de poder, las aristocracias locales asumen el mando en algunas ciudades y regiones, pasando a ser prácticamente autónomas, como Córdoba. Por lo tanto, parece bastante improbable que ninguno de los dos reyes Teodorico construyese castillo alguno en Pedroche; lo cual no quita que otro monarca pudiera haberlo hecho levantar.

     El lugar, como recoge la tradición local, se encontraba en un camino hacia el centro de la península, en una antigua vía romana, que dejó de usarse en la Plena Edad Media al habilitarse otros caminos pero que tomó nueva fuerza rehabilitándose con la Mesta, y pasando a formar parte de la Cañada Real Soriana.

Fash al-Ballut.

     En cuanto a las crónicas cristianas de los siglos V al VIII ningún texto que haya llegado hasta nosotros ofrece información alguna de los sucesos producidos en el norte de Córdoba durante le época visigoda. Juan de Biclaro hace referencia a la rebelión de la ciudad de Córdoba frente al emperador Agila, al que derrotaron, mataron a su hijo y se apoderaron del tesoro real; de cómo la ciudad continuó insumisa ante el nuevo rey Atanagildo, resistiendo sus ataques, y cómo, finalmente, Leovigildo la conquistaba a sangre y fuego en 572. Pero de lo que hoy son los Pedroches, repito, no hay nada escrito en esa época. Gracias a la arqueología, la epigrafía o la numismática, sabemos que el norte cordobés tuvo un nutrido poblamiento durante el tiempo del Reino de Toledo, pero nada en absoluto de su articulación territorial, administración o fiscalidad, por ejemplo. Podemos irnos a la documentación posterior, de al-Andalus, por si pudiéramos inferir alguna información de tiempos anteriores.
     Como es sabido, el norte de la actual provincia cordobesa perteneció a una cora (provincia) denominada Fash al-Ballut (a la que también se incluían comarcas colindantes de las actuales Ciudad Real y Badajoz). Hay un par de elementos que avalan que la cora como tal estaba perfectamente definida a finales del siglo VIII.

     Uno es el testimonio del cadí (juez) Sulayman b. Aswad, quien estando próximo a cumplir cien años (lunares) les mostro a sus amigos una carta que le había enviado el emir Hisam I a su padre, Aswad b. Sulayman, juez de la parte norte de Andalucía, del Llano de las Bellotas y comarcas vecinas, en el que se le ordenaba recaudar y distribuir ciertas contribuciones que se detallaban en el documento, y al dorso del cual estaba anotada la fecha de nacimiento de Sulayman b. Aswad. Hisam I gobernó entre los años 788-796, periodo en el que nació el famoso cadí Sulayman b. Aswar.
     El otro es la nisba de dos personas nacidas en la cora. La nisba es la parte del nombre árabe que indica el lugar de origen, la filiación tribal o ascendencia de una persona. Si algún andalusí tenía al final de su nombre la nisba “al-Ballutí” es porque había nacido en la provincia de Fash al-Ballut.
     Hubo bastantes personajes que portaron esa nisba, pero voy a destacar a dos de ellos. El primero, Abu Hafs Umar ibn Su’ayb Aliz al-Balluti, participó en el famoso motín del arrabal de Saqunda del año 818. Tras la expulsión de los amotinados encabezó a varios miles de ellos, que desde Alejandría conquistaron la isla de Creta en el año 825.
     El segundo fue Ayyub al-Abid al Balluti, del que cuenta Rafael Pinilla (1990, 176): “Asceta y hombre pío. Fue considerado en vida como un santón, y se le atribuían facultades milagrosas contra calamidades de la Naturaleza. Ibn Hayyan narra una anécdota suya, a propósito de una rogativa contra cierta plaga de langostas que sembró el hambre en todo al-Andalus, durante el reino de Abd al-Rhamán II (año 207 H. / 822 d.C.) e Ibn Sa’id cita otra en la que hizo llover después de una prolongada sequía”.
     Por las fechas en que se produjeron los hechos protagonizados por estos personajes, años 825 y 822, se infiere que debieron nacer en las décadas finales del siglo VIII, en un lugar plenamente conformado y nominado, Fash al-Ballut, que le dio su nombre, Ballutí.Resulta evidente que la provincia de Fash al-Ballut existía a finales del siglo VIII.
      Fash al-Ballut no tiene nada que ver con la administración territorial romana. Con Roma el norte de Córdoba estaba integrado en el convento jurídico cordobés, mientras que con los omeyas éste aparece desvinculado de la antigua Colonia Patricia.

     Conocemos relativamente bien la administración territorial de la comarca durante este tiempo, gracias al trifinio de Villanueva de Córdoba. Hacia donde está actualmente esta población confluían los territorios de tres ciudades. Dos de ellas, Epora (Montoro) y Sacili (Alcurrucén, Pedro Abad) estaban al sur, junto al rio Guadalquivir, mientras que la tercera, Solia (Virgen de las Cruces, El Guijo) se hallaba al norte del trifinio. Esto quiere decir que la jurisdicción territorial de Epora y Sacili llegaba en tiempos romanos hasta Villanueva, siendo quizá la frontera entre estas dos ciudades y su vecina Solia la divisoria de cuencas entre el Guadiana o Guadalquivir, o algún otro hito como una calzada que discurriera en dirección W-E. Como sabemos que en época almorávide la linde meridional de la cora de al-Balatita estaba situada muy al sur de Villanueva, se desprende que los límites por el sur de Fash al-Ballut no dependieron de la administración territorial romana.

Comentaba en otra entrada que no encuentro razones para que la administración musulmana tuviera interés alguno de comportase de modo distinto de la romana, y dejara de tener a los actuales Pedroches dentro de la órbita de la capital cordobesa, pues por esa tierra transitaban los caminos que unían a la capital de al-Andalus con Toledo y el centro peninsular. Recuerdo haber leído la opinión de que esta vinculación surgió durante la guerra civil de finales de la República romana, estableciéndose la comarca a modo de glacis defensivo que protegiera a Córdoba de posibles ataques de Sertorio. Hay que entender que al tener la categoría de kura, provincia, contaba con un gobernador propio (que atendía a cuestiones fiscales, administrativas y militares) y un cadí, juez, que entendía de cuestiones jurídicas y religiosas.
     La cuestión es si la administración territorial andalusí se creó de nuevas o es heredera de otras anteriores. Historiadores actuales consideran que eso último pudo ser así, e igual expuso el historiador de la etapa omeya Ahamad al-Razi, que los musulmanes mantuvieron la división provincial que se encontraron a su llegada. Esto explicaría que la cora Fash al-Ballut estuviese plenamente conformada a finales del siglo VIII. Pues si esta provincia en absoluto tiene relación con la administración territorial romana lo único que nos queda es que fuera una herencia de la etapa visigoda o una fundación de los emires de al-Andalus que, como digo, no encuentro lógica.

Pedroche, ¿fundación visigoda?

     Las fuentes documentales contemporáneas a la etapa visigoda son escasas y no dan mucha información, como se comentaba no hay nada ninguna referencia a Pedroche en particular o el norte de la provincia de Córdoba en general. Sobre fundación de ciudades los textos cristianos hablan de la creación por Leovigildo de dos ciudades, Recópolis y Victoriaco. Pero el historiador musulmán al-Himyari (autor del siglo XV que estudió la historia de al-Andalus basándose en narraciones anteriores), escribe sobre Montoro: "Esta ciudad fue construida por Recaredo, hijo de Leovigildo, rey de los godos; fue este rey quien unificó las sectas cismáticas del país, puso fin a las herejías, suprimió las controversias religiosas y creó ochenta diócesis con otros tantos obispos. Fijó su residencia en Toledo. Edifició grandes iglesias en diversas regiones de al-Andalus y también fue el que reconoció el dogma de la Trinidad".

     Epora era el nombre de la actual Montoro en tiempos romanos, una de las escasas federadas con Roma. Acaso con la crisis del Imperio del siglo V desapareciera como urbe, al haber perdido su funcionalidad de centro administrativo. Pero su posición era muy estratégica, en la antigua Via Herculea que comunicaba la Bética con Roma por el litoral mediterráneo, y, además, a caballo entre Sierra Morena y la campiña cordobesa. La rehabilitación urbana de la antigua Epora era beneficiosa para Recaredo, que contaba con un punto fuerte para marcar a la tradicionalmente levantisca ciudad de Córdoba, controlando uno de los principales caminos que la comunicaban con el centro peninsular. Creo que con Pedroche ocurrió algo similar.
     Los textos de historiadores musulmanes que hagan referencia a Pedroche son bastante tardías, el primero es al-Idrisi, a mediados del siglo XII, en una cita muy conocida pero que merece la pena recordar: "Desde Córdoba a Ritraws (Pedroche) hay cuarenta millas. El castillo de Pedroche está bien construido, bien poblado y dotado de altas fortificaciones. Sus habitantes son valientes y emprendedores cuando se trata de rechazar al enemigo. La región, tanto en la montaña como en el llano, está cubierta de encinas, cuyas bellotas superan en calidad a todas las del mundo. Los habitantes se esfuerzan por conservarlas y cuidarlas, pues sus frutos les proporcionan una buena cosecha y son de gran utilidad en años de hambre".

     En cuanto a las fuentes arqueológicas, un par de lápidas del siglo XI revelan que había un cementerio musulmán en donde debía de estar en una ciudad andalusí, fuera del perímetro urbano e inmediato a un camino. Pero si existía una cora debía de haber necesariamente una ciudad en la que residiese el gobernador y el cadí dictase justicia. Las dos únicas ciudades que conocemos en la zona de Fash al-Ballut correspondiente a la actual provincia de Córdoba eran Bitraws (Pedroche) y Gafiq (Belalcázar).
     No hay, repito, ninguna cita literaria o documento arqueológico o epigráfico que relacionen la fundación de Pedroche con la monarquía visigoda, pero si fuera solo por los documentos cristianos no sabríamos de la habilitación urbana de Montoro por parte de Recaredo. Pues a este rey sí que le interesaba que el norte de Córdoba dejara de depender directamente de Córdoba capital.
     Ya hemos comentado el largo tiempo que la ciudad tuvo un gobierno autónomo, sin reconocer a la monarquía goda, combatiéndola incluso por las armas. A Recaredo, o su padre Leovigildo, sí que le interesaba controlar los actuales Pedroches, dado que por la comarca transitaban los caminos más cortos y prácticos que unían el valle del Guadalquivir con el centro de la Meseta. A tenor de los restos romanos conocidos, no parece que estuviese muy habitada, lo que facilitaba que pudiesen llegar a la comarca nuevos habitantes, pues había otro grave problema al sur: los bizantinos.

     Tras llegar a mediados del siglo VI, los imperiales ocuparon buena parte de la franja meridional peninsular, e incluso si se confirma que la basílica de Coracho (Lucena, Córdoba) se rehabilitó para adaptar la estructura anterior a la liturgia bizantina, significaría que los imperiales se asomaban a la campiña cordobesa. Ante el peligro que suponían esas tropas en zonas tan ricas, con los precedentes insumisos de los cordobeses, en los Pedroches se podría conformar una segunda línea ante ambos problemas; la capacidad ganadera de la comarca (patente hoy en día) favorecería la entrada de nuevas gentes, pues el registro arqueológico de ese tiempo muestra una auténtica explosión demográfica que surge ex novo, sin relación de continuidad con tiempos anteriores.
     Por estas razones pudo, quizá Recaredo, ordenar erigir Pedroche, como capital de una nueva provincia acorde a sus intereses, circunstancia que posteriormente mantuvieron los musulmanes con la cora de Fash al-Balut.

lunes, 10 de octubre de 2016

Evocando los buenos viejos tiempos germanos (broche tipo “Cástulo” del Museo de Villanueva de Córdoba).



     El museo de Historia de Villanueva de Córdoba cuenta con una interesante vitrina de la etapa “hispanogoda”. No se trata de grandes piezas arquitectónicas, sino de pequeños objetos de la vida doméstica o del mundo funerario. Son en concreto una quincena de piezas cerámicas (jarros sobre todo, pero también ollas y platos); collares; platos de vidrio, tan peculiares de los Pedroches; el fragmento de una inscripción en mármol del siglo VII; y numerosos pequeños bronces, en su mayoría pertenecientes a broches de cinturón. No son objetos tan espectaculares como canceles o placas decoradas, pero su estudio puede permitirnos conocer datos de la economía, de la producción, del comercio de las personas que los usaron, y hasta de sus rituales y sus modas.

     Valga como ejemplo un broche de cinturón conservado en el museo, con número de inventario 1765. Es de pequeño tamaño, 6,2 cm de longitud por 3,5 cm de anchura máxima, y un peso de 39 gramos. Se trata de un broche rígido, en el que la placa y la hebilla están fundidas en una sola pieza. La hebilla tiene forma oval, mientras que la placa es rectangular, con un espacio para un cabujón central, y decoración biselada que surge desde el mismo hacia los vértices y laterales. Cuenta con dos escotaduras en la parte de la hebilla que se une a la placa; en el centro de la misma cuenta con un orificio circular para insertar el hebijón, hoy perdido. La parte posterior tiene cuatro pequeñas arandelas para asirlo al cuero.

 
       Los broches de este tipo han sido estudiados por Joan Pinar en sus tesis, a los que denomina “Broches de placa rígida rectangular con decoración biselada: tipo Cástulo”. Además del broche de Cástulo que da nombre al tipo, este autor cita otros nueve ejemplares similares, que unidos al del Museo de Villanueva suponen once para el total de la península. De ellos siete proceden de Soria, Segovia y Salamanca. Solo dos, el prototipo de Cástulo y el depositado en el Museo de Villanueva de Córdoba, se encuentran en la antigua Bética.


[Broche tipo “Cástulo” procedente de Estebanvela, Segovia, datada en las dos últimas décadas del siglo VI.]


(Fotografía de José María Espallargas Herrera en http://ceres.mcu.es/)


     Sobre este tipo “Cástulo” escribe el especialista Joan Pinar (p. 156 de su tesis): “La morfología general de este grupo de broches puede ponerse en relación con el contexto formal marcado por las piezas de tipo Sucidava y sus variantes, originarias del Mediterráneo oriental y que circularan y serán imitadas por todo el espacio mediterráneo a mediados y durante la segunda mitad del siglo VI. Al mismo tiempo, su forma rectangular y su decoración indican vínculos estrechos con los grandes broches articulados con decoración biselada de mediados del siglo VI hallados en Hispania y la Galia meridional”.

     Los broches tipo Sucidava son broches de cinturón en bronce de origen bizantino. Están hechos en una sola pieza, con hebilla rectangular y placa perforada:


(Fotografía de Katalin Escher, Plaques-boucles byzantines et apparentées de la période VIe-VIIe siècle trouvées en France, https://rae.revues.org/8164?lang=en )


     Como se puede observar en la fotografía de arriba, ambos tipos (las bizantinas Sucidava y las hispanas Cástulo) comparten el ser rígidas, formar la hebilla y la placa un único cuerpo, y tener la hebilla cuadrada. También, como observa J. Pinar, el tipo Cástulo está relacionado con grandes broches con decoración biselada de mediados del siglo VI, pero que no son rígidos, sino articulados (la hebilla y la placa son partes independientes que se articulan con un pasador), como este procedente de Uxama, Soria:

(Zeiss, 1935, lámina I.)

     El broche de Cástulo que da nombre al tipo es el único que ha aparecido contextualizado, y de cuyo estudio se pueden inferir algunos datos. Apareció en una tumba de la necrópolis de la Puerta Norte, y se data en el último tercio del siglo VI:

(Fotografía: Bautista Ceprián del Castillo en http://ceres.mcu.es/)

     Como el de Villanueva es de tipo rígido, pero se diferencia de él en su modo de unirse al correaje, con cuatro clavitos que mantenían sujeta una plaquita de hierro en su superficie inferior. Este es un modo de sujeción más antiguo (como se puede observar en el broche articulado de Uxama) que el de las arandelas del broche de Villanueva, que es el modo usado en los broches de tipo liriforme; quizá esto indique que el broche del Museo de Villanueva sea algo más reciente que el de Cástulo, aunque no demasiado, datándose quizá ambos en el mismo tiempo, las tres últimas décadas del siglo VI. Como me comentaba amablemente Joan Pinar, este tipo de broches como el de Villanueva son “una especie de ‘fusión’ de rasgos de los broches articulados con decoración incisa y los broches de placa rígida”.

    La hebilla del broche de Villanueva también se aparta del estándar del tipo, pues no es cuadrado (derivado del tipo bizantino Sucidava), sino ovalado, al estilo de los broches de cinturón articulados “germanos”.

     Lo interesante de este broche es el tiempo en que se fabrica. Es en la época en que Leovigildo y su hijo Recaredo están intentando imponer su autoridad, creando un estado central fuerte con capital en Toledo, una monarquía que toma como modelo la del Imperio bizantino y en la que no caben diferencias étnicas o religiosas que puedan suponer disensiones y enfrentamientos al poder real. Es por eso que Recaredo ordenó que los godos abandonaran su tradición arriana en el III Concilio de Toledo (año 589), convirtiéndose en masa al catolicismo: la corona buscaba una alianza con la jerarquía eclesiástica para afianzar su poder. Pero no todos los godos lo aceptaron con alegría, y alguna parte de la aristocracia reaccionó en contra.

     La primera rebelión estuvo encabezada en 587 por el obispo Suna de Mérida y un noble llamado Segga, siendo ambos derrotados y exiliados. En Toledo fueron la reina madre Goswinta (madrastra de Recaredo) y el obispo arriano Uldila quienes se rebelaron; el obispo fue exiliado y la Goswinta murió sin conocerse las causas. Tampoco tuvo suerte la encabezada por Argimundo, dux de la Cartaginense, que fue descalvado y encerrado de por vida en un monasterio. En el noreste, en la Narbonense, los protagonistas fueron el obispo Araloco y los condes Granista y Wilgiderno los que encabezaron una guerra civil que provocó numerosas bajas, siendo sometidos por el dux Claudio. Los rebeldes le pidieron ayuda a los francos, y, curiosamente, éstos se la prestaron, a pesar de que eran católicos como quería serlo Recaredo: o sea, católicos apoyando a herejes arrianos en contra de otro rey católico. (Ya se lo dijo Lobo Lobate a Cabrín Cabrate: ante la necesitate, no hay pecate…)

     Como ya postuló Zeiss en 1935, el cambio de las modas de vestuario que se producen a finales del siglo VI (se abandona la tradición germana de broches cuadrados y articulados, para imponerse los de origen bizantino, como los rígidos y los liriformes y sus derivaciones) puede deberse al cambio de mentalidad que se produce tras el III Concilio de Toledo. Para la monarquía ya no hay godos arrianos e hispanorromanos católicos, sino súbditos con igualdad de deberes para con ella.

     Las fuentes literarias muestran una cierta oposición a la conversión por una parte, quizá pequeña, de la nobleza y elite religiosa (la mayor parte de obispos arrianos se pasó con armas y cartucheras al catolicismo, manteniendo su rango). No sabemos qué ocurrió entre la mayoría de descendientes de “germanos” pertenecientes a clases inferiores. Su poder de oposición no debía de ser mucho, pero acaso algunos lo demostraran de otro modo. Frente a los nuevos cinturones que tenían sus precedentes en el Mediterráneo oriental, el del Museo de Villanueva parece una “reacción” ante ellos, manteniendo el diseño clásico germano articulado (placa cuadrada y hebilla oval), aunque con las “innovaciones tecnológicas” propias de los últimos años del siglo VI: rígida y con pequeñas arandelas que sustituyen a los remaches en las esquinas para asirlo al cuero. Un cinturón, en definitiva, con el que alguien pretendiera mostrar orgulloso su origen “germano” en esos convulsos tiempos de cambio y de disolución de etnicidades. Es solo una hipótesis.

     (Mi agradecimiento para Gabriel Duque, Concejal de Cultura de Villanueva de Córdoba, y David Rey y Eva Vacas, voluntarios que están trabajando en el Museo de Villanueva de Córdoba. Y mi reconocimiento expreso para Joan Pinar y Fernando Pérez Rodríguez-Aragón por su amabilidad y compartir sus conocimientos.)